21 abril, 2026

Muerte adentro: la infección de la calle Fuerza Aérea

Muerte adentro: la infección de la calle Fuerza Aérea

Miguel Alvarado

Toluca, México; 10 de noviembre de 2020.

En calle desierta de Fuerza Aérea de vez en cuando alguien sale a la tienda o camina los casi 2 mil metros de largo que la forman para tomar el camión a Toluca. Quienes lo hacen salen con su cubrebocas y caminan rápidamente. Esta calle nació en el campo y todavía el campo la rodea, dicta las reglas aunque poco a poco las viviendas van ganando terreno. Ahora, lo único que se escucha es la parvada de pájaros negros de pecho amarillo que llegan todos los inviernos para comer el bagazo de las cosechas. Ahí cerca, tres estanques dan refugio a patos, garzas y chachalacas que se adaptan bien a un clima como el de Toluca, a la pobreza generalizada de la zona norte de la capital del Estado de México. La calle de Fuerza Aérea es una larga línea en la que puede verse reflejada la disparidad de México. Por un lado, casas apenas de lámina y a medio terminar y en el otro extremo enormes viviendas de quienes llegaron hace poco, aprovechando la oportunidad de los precios baratos. Los ejidatarios han ido vendiendo sus parcelas de manera sistemática y por eso el campo se acaba y da paso a cosas que parecen fuera de sitio como la Universidad de la Salud, propiedad de Arturo Montiel y sus socios, enclavada ahí como un símbolo de quién sabe qué, asomando su entraña blanca.

Pero la calle de la Fuerza Aérea no es la misma que hace tres semanas.

Y es que en estos 2 mil metros de pavimento y casas desiguales se han registrado seis muertos por coronavirus en los últimos 24 días, los cuales se suman a los 81 que tiene San Pablo Autopan de manera oficial. Autoridades municipales consideran que para mantener un registro más fidedigno, el número de contagiados y muertos ha de multiplicarse por siete. La única fuente verídica para saber el número de muertos, dicen, es el Registro Civil. Ahí están los números reales o por lo menos más aproximados a lo que sucede en calles como la Fuerza Aérea.

Quienes viven aquí no saben de estos números, o no todos, pero lo que sí saben es que la familia Gómez se ha contagiado y durante el tránsito por la infección ya perdieron a seis de sus miembros y tienen enfermos de gravedad a otros tantos. La familia Gómez tenía una tienda muy pequeña a la que todos acudían, pero ahora está cerrada, marcada con el moño negro que en estos tiempos es además señal de advertencia.

A unos metros de esa tienda, el taller mecánico que también era de ellos también ha atrancado sus puertas y lo último que se sabe de su dueño es que ha estado grave. Un segundo listón negro pende de la puerta de otra de las casas aledañas. En total son siete las casas que aún habitan los Gómez.  

Los habitantes de la Fuerza Aérea se dieron cuenta de la gravedad de los contagios cuando el equipo del ayuntamiento que limpia la ciudad llegó a las casas de la familia y quienes los vieron se espantaron porque la certeza de la letalidad les cayó encima. El equipo del ayuntamiento no tuvo problemas para realizar su tarea, como sí los tuvo en abril, cuando intentó rociar las áreas públicas de los pueblos aledaños a Toluca. Lugareños de San Cristóbal Huichochitlán, la comunidad vecina de Autopan, impidieron con amenazas la limpieza de parques públicos, edificios y casas porque dijeron que lo que ese equipo vestido de blanco y cubierto con trajes especiales de pies a cabeza estaba haciendo era todo lo contrario. En lugar de ayudar, esparcía el virus, que llevaban en una mezcla contenida en los tanques portátiles. Así pasó en San Miguel Almoloyan o Zinacantepec, donde el pueblo anunció que lincharía a quienes fumigaran.


La reacia zona norte de Toluca es ahora la que más muertos tiene por coronavirus y no hay nada que hacer con eso, sólo esperar al llamado de urgencia que los vecinos hacen de vez en cuando.

Los Gómez son víctimas de una decena de circunstancias, entre ellas la pobreza y una muestra de eso puede hallarse en el llamado que hicieron para auxiliarlos. Como la familia ya no tiene fuentes de ingreso, tampoco tiene para comer y por eso algunos vecinos han organizado colectas de alimentos, enseres y dinero para ayudarlos un poco. Una mesa callejera en donde puede colocarse esa ayuda ha sido habilitada afuera de una tienda. Ahí, un letrero informa a la familia Gómez: “Es tiempo de ayudar. Estamos con ustedes”.

Pero no todos están con ellos. El temor desempeña un papel determinante a la hora del apoyo y algunos vecinos han exigido a los delegados que los negocios de los enfermos se clausuren en tanto pasa la pandemia. La petición ni siquiera es necesaria, porque ellos no pueden abrir ni trabajar. Mientras, la mesa en donde se puede colocar la ayuda recuerda a esa calle que nadie está libre de contagio. Así, poco a poco, aparecen como una ofrenda las frutas, el huevo, los artículos de limpieza y las verduras. Otras vecinas se han propuesto ayudar y se encargan de prepararles alimentos a veces, de llevarles cubrebocas porque a los enfermos les dijeron que deben cambiárselos tres veces al día. Junto a la mesa de donaciones hay una tienda, y es la única abierta en la calle. Allí compra quien quiere ayudar o deja el dinero que ha donado, que se les entrega a cierta hora del día y con la presencia de dos testigos, para que después no haya dificultades. Los tenderos, sin embargo, ya han palpado el miedo a la infección, pues el día que las cuadrillas del ayuntamiento fueron a limpiar cerraron el local aunque atendieron a los clientes por una puertita lateral. Desde allí vieron, olieron, oyeron.

La muerte de los Gómez es una tragedia y lo que se ve desde la calle palidece con lo que sucede adentro: dos de los muertos por el coronavirus eran esposos. Primero murió él y pocos días después la señora. Lo que dejaron no sólo fue su propia vida sino también a dos adolescentes, testigos de cómo sus padres se consumieron en pocos días. Estos dos jóvenes, no mayores de 15 años, también afrontarán la pérdida de los otros Gómez. Recuperarse no será fácil para quienes sobrevivan, menos para ellos que por ahora lo han perdido todo.

La calle de la Aviación revive a la hora de la comida, entre las 12 y las dos de la tarde, porque llegan los repartidores, que se enteran de a poco de lo que sucede. Está el motociclista que lleva las tortillas casa por casa. También sigue acudiendo el tamalero, a quien los Gómez le compraban para desayunar, afuera del taller mecánico. Otras camionetas entran y salen de prisa porque por ahora algunas cosas no se compran ni se tienen: fierro viejo, pollitos, gallos y gallinas, guajolotes que van en una pick up esta vez nadie los ve.   

En el recuerdo de los vecinos queda la fiesta organizada por uno de los Gómez, hace tres semanas, y que ellos consideran pudo ser el foco principal del contagio. También está presente la despedida que los amigos de los primeros muertos les hicieron. Reunidos en el patio de una de esas casas, cantaron, comieron y bebieron un rato por la mañana, como un homenaje para los que habían partido. Pues sí.

Por ahora la calle de Fuerza Aérea ha sido clasificada como un foco rojo, si es que esa clasificación existe. El paso de los días no ha suavizado nada. Al contrario. Casi todas las mañanas hay malas noticias. La familia Gómez tendrá que recomponerse pero quizá no lo consiga. Hasta ahora depende de la caridad de sus parientes y de los vecinos que cooperan con lo que pueden. Hoy, en la calle de Fuerza Aérea, en la colonia de la Aviación de San Pablo Autopan de Toluca, parecía un día como cualquier otro. Pero no era así.

Cuéntaselo a todos

Noticias relacionadas

Suscríbete a nuestro boletín de noticias