Influjo
La noche en que el agujero negro apareció en el cielo, la ciudad entera salió a las calles y lo destruyó todo. No tardamos más de una noche. Todas las almas se habían lanzado a las calles, a las carreteras, a los parques, a las azoteas…
El mundo se abocó a su fin con una pericia de miles de años de ensayos. Los hijos de Babel, la raza humana, se habían entregado a campañas de fuego, bronce y protones para destruirse entre sí, arrasando con los templos que se erizaban en la superficie de los mapas terrestres y del pensamiento, marchando con estólida paciencia sobre lenguas suplicantes y rosarios de lágrimas, convirtiendo en polvo los ídolos y los blasones; pero aquellas empresas coloniales no eran el fin del mundo: nuestros genes habían heredado de la guerra, en esencia, la capacidad de romper, horadar y quemar.
El mentado Gran Día que se nos había prometido con insistencia en credos y teorías a lo largo de los siglos llegó con una brisa gris cargada con el olor de un trayecto estelar, semejante a la bocanada perentoria de un enfermo de cáncer. En dicho instante, el ser humano respingó el hocico repentinamente dentro de habitaciones, oficinas, autobuses y criptas, recorrido por las fuerzas del trueno y del fuego y de todas las variedades de horror primigenio que se habían ocultado en lo más recóndito del recto junto con el devenir de cosas y nombres.
Vergüenza. La historia era una sucesión de infamias y exclusiones.
Transcurrieron las horas y los días como la noción de una sombra deslizándose por el rabillo del ojo. Cada bestia humana salió al descampado de su madriguera y se ocupó con inopinado ahorro de violencia de elevar al cielo los pétalos negros de una hoguera individual. Así, cosa a cosa, la memoria de los nombres desapareció con ellas. Cada moneda de fuego era espejo terrestre del agujero negro que, por lo demás, parecía abrirnos dócilmente los brazos, dispuesto a recibir un grito colmado de risas y llantos, blasfemias y oraciones. Había que rendirse ante tal demostración de brutalidad neta con gratitud y solaz.
Procedimos a despedazar e incendiar y, así, todo lo que tenía el don de arder ardió en minutos. Un semblante de obcecación inflamó nuestros rostros, hilera a hilera, corriendo por el territorio con la estrepitosa fugacidad de la pólvora. Sudorosos, derritiéndonos a litros sobre el suelo, nos fuimos haciendo enjutos y livianos como el papel.
Al cabo de tres días las hogueras cayeron de sueño. Las efigies de esta raza que había sobrevivido a la inmolación de la materia emergieron de entre los escombros sin mayor transformación que su desnudez, visiblemente decepcionadas por la transitoriedad de los objetos y la indolencia del fuego.
El restallido de las llamas era demasiado monótono. La lumbre se repetía a sí misma después de un rato como el absurdo tremolar de una bandera sin bando; su voracidad era omnívora y, por ende, poco selectiva. Todo ardía en el fuego, y el fuego ha sido la más perfecta de las democracias.
A todo esto, el agujero negro, como un iris de petróleo, nos observaba con placidez felina o quizá con la frialdad científica de un ángel. Por primera vez fue evidente que alguien nos examinaba desde allá arriba, pero no era Dios. Era una fuerza sin nombre, un beso demoledor sin doctrina, exento de las propias leyes de los dioses pretéritos y rebelde dentro de las leyes de la física.
Julio César Ortega López (Toluca, 1991). Es egresado de Comunicación (UAEM) e integrante del taller de narrativa de grafógrafxs. Ha publicado en Tierra Adentro.



