15 abril, 2026

La Banda de Guerra de Ayotzinapa: a seis años de la muerte de Julio César Mondragón

La Banda de Guerra de Ayotzinapa: a seis años de la muerte de Julio César Mondragón

Miguel Alvarado

Tecomatlán, México; primero de octubre de 2020. En un momento se nubló el cielo y se resintió el frío. Ya para finales de septiembre se terminan las lluvias pero aparecen las heladas y algunas vienen con la fuerza de un corazón.

Lenin Mondragón Fontes nunca ha dejado de buscar a su hermano. Desde hace seis años va para acá y para allá impulsado por el dolor y la rabia del crimen contra su hermano, a quien ejecutaron en el Camino del Andariego la madrugada del 27 de septiembre de 2014, cuando cruzaba la trampa en la que se había convertido Iguala para los normalistas de Ayotzinapa, enviados por alguien a quien no se ha podido o querido identificar, y venadeados desde que salieron por el C4 de Chilpancingo y sicarios de los Guerreros Unidos.

El 28 de septiembre siempre será la misa para Julio César, el hermano ejecutado de Lenin y todos los años desde esa fecha se celebra. Esta vez el pequeño pueblo de Tecomatlán, en el Estado de México, se ha volcado a las calles para ver el paso de la Banda de Guerra de la escuela de Ayotzinapa, que ha recorrido cinco horas de carretera para llegar a tiempo. Ellos han esperado afuera de la iglesia del pueblo, que se eleva sobre las casas casi 60 metros y desde ahí se observa incluso el olor al pan y las cosas que no pueden tocarse.

Entonces la Banda de Guerra atiende a su comandante, que le ordena estar lista. Su playera roja, casi como el vino, lleva el escudo de la normal rural de Ayotzinapa, que contrasta con la boina negra y los pantalones negros, la negra pena que sigue embargando a Lenin y a su familia.

En la misa, el sacerdote ha dicho que se mantenga la lucha, que se peleé siempre por el bien común y los Mondragón asienten, cada uno desde su banca aunque siempre seguirán preguntándose por qué la muerte se ensañó con su muchacho, por qué le arrancaron el rostro y por qué hoy, seis años después, su caso no se resuelve.

“¿A qué estamos jugando?”, se preguntaba Lenin días atrás, cuando en Ayutla de los Libres buscaba a su hermano. Hay que decir que lo busca porque aunque sabe dónde está, una parte de él anda perdida y por eso a veces se siente como si fuera de noche siempre. Y por eso se siente como si Julio no estuviera.

“¿Entonces a qué estamos jugando?”, repite Lenin cuando se entera que los infiltrados en Ayotzinapa recibirán trato de víctimas y tendrán toda la ayuda de quienes investigan.

La respuesta para Lenin es el viento en el árbol que le da la sombra, los cantos de alabanza desparramados en el atrio de la iglesia principal de esa Ayutla de los Libres, al pie de la montaña donde hace muchos años pasó la masacre del Charco.

De vuelta en Tecomatlán, la familia de Lenin y él mismo siguen a la Banda de Guerra, que se despeña por las calles de Tecomatlán como si descendieran para encontrar piso firme. El destino de esta caravana, que también está formada por ex alumnos de Ayotzinapa, cruza entonces como una flecha, como algo que rasga y corta la tranquilidad del pueblo donde nació Julio.

Lenin siempre dice que la forma en que murió Julio no puede volver a repetirse y lo dirá de nuevo cuando pida la palabra, parado junto a la tumba de su hermano, con el puño en alto y con Ayotzinapa rodeándole.

“La misma Comisión Nacional de Derechos Humanos en un principio decía que mi hermano había muerto por un golpe en la cabeza, con un objeto contundente. ¡Eso no es cierto! Gracias a la intervención del Equipo Argentino pudo saberse que murió por la brutal tortura. Esta lucha es para las generaciones futuras, no ser agachones, exigir nuestros derechos, levantar la voz”, grita, vestido con la playera en la que el rostro de su hermano fue impreso en los talleres de Ayotzinapa, y aparece de lado, sonriendo, protegido para siempre desde la inmortalidad que conceden los símbolos y la muerte misma.

Es así, las cosas son así hasta hoy. La familia Mondragón tuvo que aprender a gritar, a ganar los espacios, a indignarse y a pelear donde tiene que pelearse. Ellos no pidieron estar así. Tampoco quienes están con ellos, que son muchos pero también contados: el profesor Eduardo Moreno, la señora Berta y el profesor Ismael Vázquez (a quien le dicen Chesman), el amigo de Julio César Mondragón en Ayotzinapa, con quien compartió dormitorio y gran parte de su tiempo.

Hace quince días estaban Chesman y Lenin en la escuela, y era de noche y acababan de cenar. Habían salido del enorme comedor y pasaban por los pasillos cuando de pronto los alumnos de segundo año salieron de sus cuartos y se pusieron en actividad. Eran las ocho de la noche, un poco más, cuando Ayotzinapa fue avisada que la normal de Tiripetío, en Michoacán necesitaba de su ayuda. Entonces los de segundo fueron movilizados, los camiones encendieron sus motores, los choferes alertados. Saldrían en una hora, aunque la noche era cerrada y llovía, porque siempre llueve en septiembre. Así que salieron de sus habitaciones, decíamos, a buscar piedras y palos porque habría un cerco policiaco que romper y porque sus compañeros en Michoacán estaban en peligro. Afuera, a las orillas de Ayotzi, también se movilizaba la policía estatal, que cercaba a la normal, que ya sabía que se iban. ¿Cómo lo supo? ¿Cómo lo supo la policía tan certera, tan exactamente? 

Lenin y Chesman caminaban por los pasillos y los alumnos de Ayotzinapa corrían para todos lados. Uno recuerda, por ejemplo, cómo suenan los camiones cuando encienden y sus luces parecen los ojos de los linces. Los motores le hacen primero como si fuera un tosido, una carraspera y después le hacen de otra forma, como un monstruo despertando cuya piel arroja reflejos metálicos. Así se oyen los camiones que se quedan en Ayotzinapa.

“En este pasillo vi por última vez a tu carnal”, le dice Chesman a Lenin, después de que los dos han visto que los camiones se preparan, “porque venía corriendo de por allá, con su playera roja que le gustaba y su bufanda. Aquí nos cruzamos y me entregó las llaves del cuarto, para yo pudiera entrar, y ya nada más nos despedimos. «¡Ámonos, güey, ámonos, güey!», iba gritando tu carnal. Luego se subió a un camión y se fue con todos para Iguala”.

Chesman le dijo a Lenin hace seis años que él se había quedado porque su madre se encontraba enferma y debía estar al pendiente de ella, que vivía muy cerca de la normal. Y que por eso no había ido a Iguala. Porque sí le tocaba. En vez de eso, se quedó junto con otros veinte pelones de primer año a hacer guardia. Cuando se fue a dormir, Chesman soñó que Julio César llegaba a su dormitorio y entonces le preguntaba: “¿Cómo te fue?”. Y Julio, cubriéndose el rostro, le respondió: “¡Ahora sí se pasaron de verga!”.

Mientras eso decían, Chesman intentaba verle la cara a Julio, pero no pudo porque cuando éste quitaba la manos, alguien golpeó la puerta del cuarto para levantar a todos. Ya la normal sabía lo que estaba pasando en Iguala y Chesman no pudo verle la cara a su amigo.

Pero en ese pasillo fue.


Por eso, hace 15 días y después de que los normalistas se treparon a sus camiones, Lenin dice, muy callado y muy despacio que tiene un mal presentimiento.

Chesman es uno de quienes procuran ir cada año a la conmemoración de la muerte de Julio César y siempre ayuda con lo que puede. Acarrea tierra, lleva agua, carga las flores, grita lo que tiene que gritar, cuelga lonas, amarra, reza, escucha y se acuerda.

Sobre todo eso, se acuerda.

La señora Berta es otra de las que se para a un lado de la tumba de Julio César. Pequeña y morena, de pelo ya cano, no era así hace seis años, cuando todo empezaba. Y ahora, con su dolor que le dura ya 20 mil días porque a ella también le mataron a su hijo en Iguala, cuando iba cruzando la ciudad. Su hijo también se llamaba Julio César, pero se apellidaba Ramírez. Y ella cuenta cómo fue la última vez que lo vio:

“Uno con tal de no ocasionar problemas en la escuela… te vas de volada a la casa y yo me fui sin verlo. Entonces me habló cuando yo ya estaba echando las tortillas en la casa y me dijo que me quería ver y abrazar”.

Su hijo le dijo que no se preocupara, que había más tiempo, al fin que siempre hay más tiempo que vida. La señora Berta está parada junto a la tumba de Julio Mondragón y se cubre sus hombros con un chal de mariposas, que vuelan sobre un fondo blanco. A pesar de que se tapa la boca, sus palabras son claras como el grito que siempre la atraviesa.

“Esta desgracia del maldito 2014”, dice Berta a todos los que están ahí, “me lo arrebató. Porque yo el único día que lo pude abrazar fue ese día, que salió de su semana de prueba. Llegó enlodado, como todos los muchachos salen. Ese fue el último día que pude hablar con mi hijo, cuando me dijo, a las 11:44 de la noche: «Mamá, estamos en Iguala, venimos a apoyar a nuestros compañeros, ya que nos dicen que mataron a uno»”.

Berta le dijo que se cuidara, pues qué otra cosa le podría haber dicho.

“Pero no sucedió así”, recuerda ella “yo le estuve marque y marque. Después de eso pude ir a la escuela hasta los cuatro días, porque ni el Comité de Alumnos de Ayotzinapa ni nadie me informaron que mi hijo estaba en la morgue. ¡Y eso duele! ¡Duele que un Comité haya sido irresponsable, que no haya tomado ni la molestia de ir a tocar mi puerta. ¡Ah, pero para reclamar, ahí sí son buenos, para reclamarme que no iba a ver a mi hijo! ¡Ese Comité era una desgracia! Mi hijo estaba en la Banda de Guerra. Tenía la casaca blanca, el pantalón azul marino y vi a mi niño caminando, iba para la porqueriza”.

Entonces Berta se quiebra, como se ha quebrado siempre cuando acude a estas celebraciones.

La Banda de Guerra de Ayotzinapa atruena en el panteón de Tecomatlán y aunque uno no quiere el corazón se abruma. Hay algunos que ya pueden sonreír, por lo menos no estar siempre serios, pensando en eso todo el tiempo. El profesor Eduardo Moreno, testigo de los sucesos que desencadenaron el levantamiento de los 43 normalistas, porque en ese entonces era estudiante en la normal, ahora sonríe un poco más. Y eso lo notan quienes no lo han visto en mucho tiempo cuando lo observan atender las mesas en donde se sientan los alumnos de Ayotzinapa, invitados por la familia Mondragón a comer. Eduardo lleva los platos y los refrescos, pone la sal, el aguacate, pregunta si alguien quiere más frijoles y entonces se ríe.

Hace seis años no era así. Hace seis años estaba ocupado buscando a sus compañeros.

Él no lo sabe, pero lo que hizo entonces lo convirtió en un héroe. Un héroe de carne y hueso, cuyos actos no le quitaron sus defectos, pero sí pulieron su mejor lado. Él no lo sabe y ahora que sirve las mesas, que procura ir por los vasos, sonríe. Como el joven de 27 años que es ahora, que no puede evitar ser.

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