17 abril, 2026

Covid: relato de dos muertes

Covid: relato de dos muertes

Miguel Alvarado

Toluca, México; 2 de junio de 2020. Levanta el frasco y lo observa a contraluz antes de agitarlo y que suene sordo o seco como un cascabel. No, no como un metal sino como algo amortiguado, tembloroso. Entonces lo abre con la redondez que son sus dedos y lo sacude contra la mesa pero no sale ninguna pastilla. Es una tabla que le sirve de mostrador donde coloca la balanza, las canastas sucias cubiertas de algo amarillo que podría ser pátina o herrumbre porque la tienda es húmeda y no le da el sol. El aire se agita al paso de las moscas y sus zumbidos recuerdan a una lancha por el agua, el derrumbe de una casa que no ha sido abandonada.

Un matamoscas descansa al lado del frasco de las medicinas.

– Es que me siento mal- dice ella de pronto, como disculpándose con los clientes porque ya no tiene paracetamol, lo único que ha tomado desde que siente que algo le duele. Como si la oyera, en ese momento una mujer entra a la tienda y le entrega un nuevo frasco, que abre entre aterrada y agradecida. De su cuello cuelga un delgado cubrebocas que no alcanza a tapar las marcas en su piel, que tiene la textura de una corteza.

Todos los días ella, junto con su esposo, atendía la verdulería sin fallar nunca, Siempre, hasta que ambos murieron de coronavirus a finales de mayo.

Esta es la colonia Aviación de San Pablo Autopan, que ha crecido silenciosa invadiendo los campos de cultivo vendidos por los campesinos porque es mejor no tener tierras que no comer. Situada a unos 800 metros del mercado de Palmillas, se llega a la colonia por la carretera hacia Ixtlahuaca. Es una colonia perdida donde tienen sus casas la familia del ex secretario de Gobierno del Edoméx, José Manzur, y el ex alcalde de Toluca, Fernando Zamora, fortalezas si se les compara con otras viviendas, apenas cuartos techados con láminas o cartones, casi todas inacabadas. La Aviación está ubicada en la zona norte de Toluca, la más castigada por el coronavirus y la más letal, según las cifras del gobierno municipal, que hacen coincidir la pobreza y la mortandad.

Los dueños de la verdulería tienen más de 75 años, pero es imposible saber su edad. Él ha dicho que viene de Guerrero y que allá lo invitaban a los mangos. Su sombrero de palma y sus ropas las lleva con pulcra suciedad y otros que lo tratan dicen que tiene mal humor porque antes que trabajar prefiere ver su antigua tele, que ha encajado entre los tomates y las naranjas. Como su mujer, se sienta ante la tabla que hace de mesa y que está repleta de cosas, entre ellas los pañuelos con los que se ha sonado en los últimos días y que no tira, y tiene ahí, a la mano y la vista de todos.

La Zona norte de Toluca es, con mucho, la más pobre del municipio y sus pueblos son una sucesión de calles maltratadas cuyo laberinto final da nombre a San Cristóbal Huichochitlán, a San Pablo Autopan y a San Andrés Cuexcontitlán, entre otros tantos lugares, que se ubican en los primeros lugares por muertes relacionadas con coronavirus.

El alcalde de Toluca, el morenista Juan Rodolfo Sánchez Gómez, anunciaba el 28 de mayo por la noche, en un mensaje por redes sociales, que ante el coronavirus el municipio no la tenía fácil. Una hora antes, ese mismo día, la Secretaría de Salud federal apuntaba, en su controvertida página de estadísticas, que había 32 muertos en la capital del Estado de México, que no eran pocos, aunque en comparación con municipios como Neza, que el primero de junio tenía 229 muertos oficiales, no eran demasiados.

Las calles de la capital y sus habitantes perfilan una realidad que se estrella consigo misma. El número de fallecidos en la zona norte de Toluca agitaban el miedo a lo invisible: 23 muertos en Otzacatipan; 16 en Huichochitlán; 14 en San Pedro Totoltepec; 11 en Autopan y 9 en Cuexcontitlán configuraron el trazo de la infección, que superaba con mucho la imposición de los números impuestos por el gobierno federal. Las muertes relacionadas al coronavirus casi llegan a los 200, y aunque son reales, no pude decirse que sean oficiales. Por eso no están es las estadísticas.

En la colonia Aviación de San Pablo Autopan todo está tranquilo y el color de los campos ha ido cambiado conforme avanzan los días. Dejaron de ser cafés para convertirse en el oscuro hollín de la roza y ahora son verdes aunque la temporada de lluvias no ha iniciado. A los costados de la avenida Aviación, una carretera delgada y de doble sentido que después de unos 15 kilómetros desemboca en el corazón del pueblo, se han ido instalando comercios como sucedía con los antiguos caminos reales. La Aviación es el cosmos condensado de la comunidad otomí, a la que se le arrinconó desde que los matlatzincas dominaban la región. Hoy, más que nunca en silencio, se aferran a la avenida, a la brecha del progreso para el que nunca, nadie, está listo.

– Toma- dice Demetrio, un campesino envejecido que ha vendido la mayor parte de su tierra, pero que aún conserva parcelas en las que siembra sobre todo, maíz. “Toma”, dice Demetrio, y entrega un manojo de flores silvestres amarillas, blancas y violetas, arrancadas hace unos minutos.

Las entrega como un presente.

– Son para que te protejan de la infección, con estas no te vas a enfermar- dice, volviendo la vista al campo que le agita la sed, las ganas de una cerveza, de un cartón entero, mejor dicho.

La pollería de la colonia no cerró pero las ventas bajaron hasta la mitad y los empleados de la cremería usan ahora armaduras de plástico para atender a los que se arremolinan en el mostrador. La careta rígida de Andrés, quien atiende los fines de semana, le cubre todo el rostro y parte del cuerpo, y sus ojos apenas pueden verse. Su mayor defensa es el bote de gel que ha colocado a la entrada y el letrero en donde anuncia que los horarios de atención han cambiado. Pero a esa tienda, hasta hoy, no le ha faltado nada. Tampoco a la verdulería de los ancianos, a quienes al paso de los días algo ha separado, porque ahora solamente está el viejo sentado ante la mesa.

– Te pareces un chorro a tu papá -dice un día, mientras sorbe los mocos y le cobra a un cliente, quien parece no notar que el viejo no está bien. El viejo mira una película de María Elena Marqués y Abel Salazar en la tele, y por eso sonríe de tanto en tanto.

– Ya la vi. Se llama “El Marido de mi Novia” y siempre la veo completita cuando la pasan -dice, agarrándose el cubrebocas que se amarra al cuello y que ha ido reparando con cinta canela, para no comprar otro.


– De todas formas yo ni creo eso de la enfermedad- dice el viejo, como justificando algo que solamente él sabe lo que es. Días antes su mujer se había quejado del estómago y ella misma se regañaba porque le había ganado la gula. “No puedo comer chile, pero me gusta mucho, mucho”, decía ella mientras se chupaba los dedos, “y ahora me siento tan mal, tan mal”.

Después su esposo también dejó el mostrador y las moscas y los pañuelos desaparecieron con él. En su lugar una joven se encargó de despachar y atender la venta de los jugos de naranja, donde cada vez había menos frutas. Hace cuatro días la colonia Aviación amaneció con el toque de las campanas de la pequeña iglesia, pintada de azul y blanco, que doblaba por dos muertos. Los esposos habían fallecido por covid, que por decirlo de alguna manera se aparecía a plena luz en la Aviación, que asistió de cerca a la tragedia de los señores de las verduras, que atendieron su local hasta lo último, entre las calles de Escuadrón 201 y Colegio Militar. A los familiares de los ancianos se les ocurrió cerrar el negocio y regalaron la verdura que aún estaba en los estantes y convocaron a la gente para que se las llevara. Y mientras los vecinos escogían lo poco que quedaba, se enteraban del destino de los ancianos. Las campanas doblaron un rato a muerto, como debe hacerse para que nadie se pierda cuando ande caminos que no conoce. Luego, al dar el último repique, el pintor del pueblo trepó a lo alto de la cúpula para terminar de pintarla.

Habían escogido un color que no se mancha, que no confunde a los desaparecidos.

*

En Toluca los hospitales se colmaron de enfermos por coronavirus desde el principio, pero a la mayoría los mandaron a sus casas para convalecer ahí, deseando que no esparcieran el contagio. El mapa interactivo de la Secretaría de Salud federal marcó casi de inmediato el colapso de dos de los cuatro hospitales públicos, en abril, pero los regresó al color amarillo, que significa, en un sentido muy llano, que todavía al hospital le queda la mitad de su capacidad. El dos de junio aparecieron lonas anunciando que no cabía un enfermo más de coronavirus en las rejas del hospital público Adolfo López Mateos y en la de los privados Florencia y Centro México. La Federación insiste que en la ciudad hay 33 muertos y 831 infectados, y aunque no hay razón para regresar a las actividades públicas, la calle ha retomado su ritmo y tiendas y expendios de todo tipo abren sin que nadie les diga nada. Empleados de funerarias de Toluca y Metepec afirman que realizan al mes unos 30 servicios por probable covid o pneumonías severas, que para el caso es lo mismo porque resultan tan letales una como la otra. Es imposible hacer contrapeso a las estadísticas oficiales de la Secretaría de Salud, y a los municipios no les queda de otra que decir que los muertos a los que no se les aplicó alguna prueba sucumbieron a “enfermedades asociadas a la pandemia”.

Las historias se suceden, una tras otra. En el barrio de San Bernardino, a unas cuadras de la Bombonera, el estadio del Toluca, fue clausurado un crematorio clandestino, que según los vecinos que realizaron la denuncia, pertenecía a la funeraria Latinoamérica. Los olores les dieron la pista de que algo pasaba, y lograron grabar, desde sus ventanas, a las carrozas mortuorias que llevaban ahí a los muertos para que los prepararan. Un zaguán blanco abría sus puertas para la llegada de las carrozas grises, que descargaban ahí su contenido sin que las autoridades lo advirtieran. La basura que salía de aquel lugar terminó de armar aquel obvio rompecabezas cuando alguien fotografió gasas y aditamentos funerarios revueltos entre envoltorios de dulces y tickets de compras, en la basura. La Fiscalía Regional de Toluca recibió un oficio de la Secretaría del Ayuntamiento, el 27 de mayo de 2020, el número 201212002-/2115/2020, en el que se informaba del “hallazgo de cadáveres en suspensión de comercio”. Poco después, cuatro grandes sellos amarillos aparecieron pegados al zaguán, a la vista de todos.

Los centros de salud se han convertido en antesalas del infierno, unos más violentos que otros, y es ahí en donde se pulsa la realidad en cuanto al número de contagios y la gravedad de los mismos. México es uno de los países que se encuentran atravesando la denominada primera ola, la cual no ha podido solventar de manera adecuada. La Federación ha advertido de la llegada de un segundo ciclo de infecciones, y culpa a la desobediencia de no guardar cuarentena de la mayor parte de la población. El 2 de junio, una grabación que llegó a redes sociales denunciaba que en la clínica 220 del IMSS habían muerto 20 personas a diario. Un hombre asomado a una ventana, y que explicaba que trabajaba en ese hospital, filmó la llegada de una ambulancia del SEMEFO, dependiente de la Fiscalía del Estado de México. La voz, que la enfoca estacionada junto a las ambulancias del IMSS, dice: “Allá abajo es la sala de refrigeración que habilitaron para tener la capacidad de resguardar los cadáveres hasta que encuentren crematorios para que los puedan incinerar. Pus orita se juntó el mandado, llegaron dos ambulancias al mismo tiempo”.

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