30 abril, 2026

Las imágenes censuradas de la muerte

Miguel Alvarado

Toluca, México; 22 de agosto de 2021.

El huracán llegó a Toluca y sobre la ciudad descargó su ira de agua y viento desde las tres de la mañana. La verdad es que el viento y la lluvia llegaron después, cuando ya había amanecido y el día estaba gris. Luego, sí, llovió a ráfagas y muy fuerte pero no fue nada que no hubiera pasado antes en un lugar tan al centro de México. La alerta de huracanes para Toluca resulta tan increíble como un político honesto. No, no los hay en ningún lado, pero huracanes sí, aunque son de otro tipo. Al mediodía, en Veracruz había 22 municipios bajo el agua pero Grace ya no era lo que prometía y muy pronto se diluyó en la sombra de una tormenta tropical. Gilberto, en 1988, empezó como eso, como una tormenta tropical y rápidamente alcanzó Categoría 5. Con su fuerza, que se traduce por donde pasa en casas desgarradas, calles erizadas de postes y árboles, en autos volcados, personas mirando como idas mientras el viento las despeina y las derrumba; con su fuerza, decíamos,

¿Qué tiene Toluca que no haya en otra ciudad? Su frío, quizá, cortante como la daga en el cuerpo de quienes alcanza. Pero hay otras cosas que lastiman y que matan, que arrancan de cuajo, como se dice, la vida que cada quién tiene o conoce.

El huracán llega aquí todos los días y deja su furia sobre uno como si se tratara de una canasta de frutas, como la pregunta que alguien dirige: “¿tienen la descripción del muerto, del que acaban de matar?”. Hombre, de unos 35 años, que murió por un disparo en la cabeza. No se sabe más, no se sabe cómo es y no habrá fotografía para que alguien pueda identificarlo porque una ley prohíbe ahora difundir ese tipo de imágenes. Se trata del Decreto 284, que adiciona el artículo 227 bis al Código Penal mexiquense. Ese artículo queda como sigue, dirá lo siguiente: “al que por cualquier medio y fuera de los supuestos autorizados por la Ley, audiograbe, comercialice, comparta, difunda, distribuya, comparta, entregue, exponga, envíe, filme, fotografíe, intercambie, oferte, publique, remita, reproduzca, revele, trasmita o videograbe imágenes, audios, videos o documentos de cadáveres o parte de ellos o de las lesiones que éstos presentan, se le impondrán de tres a seis años de prisión y multa por un importe equivalente de cincuenta a cien veces el valor diario de la unidad de medida y actualización. Tratándose de imágenes, audios o videos de cadáveres de mujeres, niñas, o adolescentes, de las circunstancias de su muerte, de las lesiones o estados de salud, las penas previstas en este artículo se incrementarán hasta en una mitad.


“Cuando el delito sea cometido por persona servidora pública integrante de cualquier institución de seguridad pública integrante de cualquier institución de seguridad pública o de impartición o procuración de justicia, las penas previstas se incrementarán hasta en una tercera parte”.

Se entiende que esta ley trata de proteger, entre otras tantas situaciones, a los familiares de las víctimas, que hasta hace poco tenían que ver una y otra vez los cuerpos de sus parientes, incrustados para siempre en las redes sociales, cuyo contenido más abundante se centra, en México, en tres ejes: los muertos, el futbol y los semidesnudos de mujeres, sobre todo. Eso, el lucro de la muerte en el país de los muertos, que seguirá siendo lo que es con audios, fotos, filmaciones o sin ellos.

Mientras, esa furia que se le atribuye al huracán y que ha provocado hasta pronunciamientos imposibles de alerta de municipios como Toluca o Ecatepec, esa furia, decimos, ha dejado la desaparición de dos niñas, Carolina Bahena Valdés y Sara Julieta Bahena Valdés. La primera tiene 15 años y la segunda once. Y la escueta información acerca de ellas señala que desaparecieron en la colonia Tejocote de San Pablo Autopan, al norte de Toluca, “cuando iban a comprar una plantita”.

II

La ejecución, el crimen de lesa humanidad cometido en contra de Julio César Mondragón Fontes fue conocido pocas horas después de sucedido. Él, un joven mexiquense originario del pueblo de Tecomatlán en el Estado de México, estudiaba el 26 de septiembre de 2014 en la normal rural de Ayotzinapa, en el estado de Guerrero. Ese día los habían enviado a Iguala a secuestrar camiones, pero todo lo que podía salir mal salió peor. Mondragón corrió como todos lo hicieron cuando los pistoleros de la policía de Iguala y de los Guerreros los acribillaron en la esquina de Juan N. Álvarez y Periférico Norte. Así que, como todos los que estaban ahí, corrió calle abajo, muy duro, por la Juan N. Álvarez. Luego dio la vuelta, siempre a la izquierda y su escapada lo llevó a un callejón, donde estaban algunos sicarios de los Guerreros Unidos, subidos en una camioneta de Protección Civil, a la espera de que la balacera terminara. Esa noche murieron más de 90 personas en una guerra que dejó las calles de Iguala bañadas en la sangre de todos. Ahí se ejecutó un crimen de Estado porque en esas muertes participaron fuerzas de seguridad pública y elementos de las fuerzas armadas.

Pero Julio sólo podía adivinar eso porque había atravesado Iguala entre las balaceras de los polis y los sicarios, y había llegado a ese punto con vida, milagrosamente. A Julio los sicarios que estaban en la camioneta de Protección Civil lo levantaron, lo golpearon y le rompieron la mitad de todos sus huesos. Después lo llevaron a un lugar llamado Camino del Andariego y allí lo desollaron cuando aún estaba vivo. Desollar significar separar la piel del rostro de una persona. Entonces dejaron el cuerpo de Julio en ese lugar.

Era la una de la mañana. O las dos, aproximadamente.

Se llevaron su teléfono celular y quien lo robó lo siguió usando los siguientes siete meses, de acuerdo a la sábana de llamadas de ese número. Cerca de las seis, el cuerpo fue hallado y el 27 Batallón de Infantería volvió a movilizarse, dizque para resguardar el lugar y buscar a los presuntos culpables. Ese lugar estaba a unos 400 metros del C4 de aquella ciudad, cuyas cámaras miraron esa noche las calladas estrellas de la ciudad.

Esa mañana, en las redes sociales como facebook la foto de Julio, del rostro de Julio, fue difundido sin más y así esa imagen se quedó para siempre conmigo, con su familia, con sus amigos, sus compañeros y le dio la vuelta al país. El mexiquense Julio César Mondragón representa el profundo dolor de la normal de Ayotzinapa y su rostro la crueldad que los soldados, los policías y los sicarios ejecutaron contra los normalistas.

Esa y otras fotos de Julio César se ocuparon después para determinar las causas de su muerte. Comenzaron a hacerse públicas, pero también a estudiarse por especialistas como el doctor Ricardo Loewe, quien desde Austria pudo emitir un dictamen sobre la ejecución del joven. En cambio, y a pesar de estas fotos, la Comisión Nacional de Derechos Humanos y otras instancias dijeron que a Julio los animales del lugar le habían devorado el rostro. Eso significaba que habían sido tan meticulosos que no habían dejado mancha de sangre en las ropas del joven, que habían practicado, con el puro mordisco, un corte en forma de gota, de bordes regulares, para levantar la piel del rostro con técnicas quirúrgicas. Y eso sólo se pudo desmentir porque las fotos del chico ejecutado se hicieron virales en un país como éste, el país de los muertos, que seguirá siendo lo que es con audios, fotos, filmaciones o sin ellos.

A la fecha, la muerte de Julio ni siquiera está dictaminada como tortura de manera oficial.

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