Fernando Guzmán Aguilar/ Gaceta UNAM

La lucha libre es más que máscara contra cabellera. Es –a más de tres caídas y sin límite de tiempo– historia y tradición, negocio y atractivo turístico, deporte y rito, arte e inventiva, técnica y rudeza, habilidad y resistencia, personajes que son leyendas, símbolos del bien y mal, dolor y alegría.

Por eso y más, la lucha libre es patrimonio intangible, popular y cultural de la Ciudad de México (así declarado en julio pasado por la secretaría de cultura de la CDMX) y, como fenómeno social, objeto de investigación en la UNAM y en otras instituciones.

En 2016, el Senado de México declaró el 21 de septiembre Día Nacional de la Lucha Libre y del Luchador Profesional Mexicano. Ese día pero de 1933 dio inicio la empresa de lucha libre mexicana con la apertura de la Arena Modelo (hoy la México), a manos de Salvador Lutteroth.

El Día del luchador –sostiene José Ángel Garfias Frías, investigador de industrias creativas en la UNAM– solo tiene un carácter emotivo. Que el mundo del pancracio mexicano ya sea reconocido como patrimonio de la CDMX (iniciativa presentada por El Fantasma, comisionado de la Lucha Libre en la Capital), propiciará acciones que beneficien al luchador.

Además del reconocimiento y dignificación de la profesión de luchador en diferentes espacios (por ejemplo, seguridad social y equidad de género: nunca luchadoras han estelarizado una función), se espera que haya más promoción turística de la lucha libre mexicana y se cree un museo que la revalore y ayude a que sea declarada también patrimonio de México e inclusive de la Humanidad, proyecto en el que desde la investigación trabaja Garfias Frías con otros investigadores para darle sustento teórico y evidencias de su valor cultural ante la Unesco.

El origen

Hace 85 años (a principios del siglo XX ya se luchaba en carpas y teatros) Lutteroth fundó el Consejo Mundial –antes Empresa Mexicana– de Lucha Libre (CMLL); hoy este deporte-espectáculo se ha vuelto un atractivo turístico, sobre todo las funciones en las arenas México y Coliseo.

Sin embargo, pese a la larga tradición de la lucha libre, a estar muy arraigada en los mexicanos y ser un gran negocio, el luchador carece de la seguridad y los derechos de otros deportistas profesionales, apunta Garfias Frías, ex luchador enmascarado llamado El Académico.

Pocos son –agrega el investigador de Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS)– los que tienen contrato con alguna empresa o con su promotora. La mayoría está por su cuenta, por pura pasión y amor a la lucha libre. Afortunadamente, la comunidad de luchadores es un gremio solidario. Realiza, por ejemplo, funciones en honor o beneficio cuando fallece un compañero, o queda herido, o retirado por un mal golpe.

Sólo las estrellas tienen un sueldo considerable. El único pago a quien va empezando es la promoción: figurar al inicio de un cartel. Cuando más gana un luchador es en un duelo de máscara contra máscara. El año pasado, Dr. Wagner jr. perdió su máscara ante Psycho Clown. No se reveló la bolsa garantizada, pero seguramente la bolsa garantizada era de millones. Quizá valía unos 10 o más, considera Garfias Frías.

Por su popularidad y hechos históricos en el ring, hay máscaras que no tienen precio en el mundo luchístico, como las de El Hijo del Santo y Blue Demon en su apogeo. No se pudo dar esa lucha porque no había una garantía económica para quien perdiera su máscara, ya que los boletos deberían tener tan alto precio que no aseguraban una entrada para que esa función fuera negocio.

Hoy unas de las máscaras más valiosas son las de L. A. Park, Psycho Clown, Pentagon Black y Carístico (antes El Místico). Menos cotizadas son las cabelleras. Cuando el legendario Perro Aguayo desenmascaró a Máscara Año 2000, inmediatamente su cabellera llegó a costar mucho. Actualmente, la más valiosa quizá es la de Rush, el luchador rudo más importante del CMLL y que en la función del 85 aniversario de la empresa se la va a jugar.

Cada semana, dice quien fuera El Académico, mediante una narrativa se van construyendo rivalidades para un buen enfrentamiento en cuyo desenlace caerá una máscara o una cabellera. El aficionado no desconoce que con ese fin se acomodan combates que resulten atractivos. El público, sin embargo, tiene la última palabra. Si no le gusta alguna rivalidad, se manifiesta en abucheos o en baja entrada.

Como en el box, en la lucha libre no se sabe “si sí o si no” hay corrupción en los combates. Lo que sí hay, reconoce Garfias Frías, es algún tipo de bolsa, que generalmente se la lleva el enmascarado si pierde, porque al perder su incógnita quizá hasta ahí llegue su carrera. “El que gana se lleva menos dinero, pero tiene el triunfo y puede seguir su carrera”.

Necesario, dignificar la profesión

Para Garfias Frías es lamentable que un personaje valioso como el luchador no tenga un trato digno. Hay un sindicato que trata de defender a los luchadores, pero “no creo que haya dado buenos resultados”. Pone algunos ejemplos:

El luchador, ya afamado, no sale bien librando si no registró su personaje. Cuando se va empezando no hay conciencia ni recursos para eso. Cuesta alrededor de 3 mil 500 pesos registrarlo en Derechos de Autor. Además, hay casos en que empresas o promotores registran al personaje. Por eso, cuando hay conflicto, “el luchador se va, pero el personaje se queda y el equipo se lo pone otro luchador”. Es el caso de El Místico, que hoy lucha como Carístico. Si el atuendo lo usa otro luchador, a la gente no se le engaña, y lo repudia o lo acepta sólo si tiene la calidad del original.

En cuestión de géneros, dice que la mujer luchadora padece la misma discriminación que otras mujeres profesionistas en diversos ámbitos laborales. Siempre relegadas, nunca han estelarizado un cartel, y no por falta de calidad. Por ejemplo, Dalys, del CMLL, es una físico-culturista con mejor cuerpo que muchos luchadores y los podría derrotar. A las mujeres se les pone en lucha inicial o segunda, porque así se les paga menos.

En un gremio muy machista como el luchístico, por ego sería impensable para ellos que ellas (Fabia Apache, Amapola, Princesa Sugey….) “estén arriba”. Por eso, aunque en 2017 se propuso a dos mujeres para la estelar del 84 aniversario de la CMLL, la estelarizaron Niebla Roja y Gran Guerrero.

Dos legendarias luchadoras de antaño, rememora, son Marta Villalobos, caracterizada por su tonelaje y agilidad, y La Novia del Santo, como se conoce a Irma González por haber sido edecán de El Enmascarado de Plata.

A medio cartel, generalmente, van los antaño llamados “exóticos”, que son todo un género en la lucha. Así se conocía en los años cincuenta del siglo XX a los luchadores que sin ser gay, eran amanerados. Hoy como antes, que tengan otras preferencias sexuales, no afecta su calidad e incluso, luchadores como Pimpinela Escarlata, son hasta mejores que otros.

Hay también una categoría mini: chaparritos e incluso deformes, son muy aguerridos, aunque no se programan tan seguido. Algunos de ellos son Microman, Gallito, Mije y el Perico Zacarías.

Casi una religión

La lucha libre, uno de los deportes-espectáculos más populares en México, es también una práctica cultural “casi con tintes religiosos, místicos” y por tanto “hecha de mucha fe”.

El aficionado, agrega el investigador universitario, sabe que la lucha es un “deporte de representación”, que cada luchador es un personaje, que rudos, técnicos y “exóticos” representan un papel, simbolizan el mal o el bien. Y que entre ellos hay un código de desafío y no lastimarse, de cierta simulación pero donde hay sangre y “una herida es una herida”.

Hay luchadores aéreos y los que luchan más a ras de lona. Por sus lances arriesgados y vistosos, el público pide más a los aéreos, que para lograr esas suertes requieren mucha preparación, condición y sobre todo, valor. De ahí que el luchador sea un “suicida en potencia”. Un mal golpe o una mala caída pueden ser mortales.

Para El (ex) Académico, el luchador es como un piloto o un torero. Sabe qué hay riesgos mortales en su profesión. Sin embargo, aunque no es una regla, trae una “carga negativa” o historia triste por alguna tragedia que lo vuelve suicida. Por eso, lo dice por experiencia, se la juega en el ring y al bajar valora más la vida.

En esa suerte de suicida en potencia e intérprete de un personaje (“la lucha es un deporte de representación”, reitera), debe ser distinto para agradar al público. Ha habido muertes muy lamentables como las del enmascarado Oro o Sangre India en la Coliseo y más reciente, la del Hijo del Perro Aguayo. También decesos en arenas chicas por la irresponsabilidad de promotor y luchador en duelos bajo los efectos del alcohol y de otras drogas.

Para ser luchador, más que musculatura y saber golpear, se requiere aguante, elasticidad, tumbling, resistencia al dolor, tolerancia a situaciones extremas. “Los mexicanos resistimos mucho el dolor”, subraya Garfias Frías; por eso hay buenos luchadores.

También se requiere licencia para luchar, previa aprobación de un examen profesional de lucha libre. La convocatoria es dos veces al año y se gradúan unos 50 luchadores. Sin embargo, son más los que luchan sin la licencia expedida por la comisión de lucha de cada estado del país. En provincia y en las arenas chicas, basta conocer al promotor para pedirle figurar en un cartel. Que se pueda luchar sin licencia, aunque no se deba, aumenta los riesgos para el luchador.

En México, dice finalmente, las dos empresas más conocidas son el CMLL y Triple A, en algún momento muy ligadas a televisoras. Hoy el CMLL no necesita la televisión abierta para promoverse. Trasmite sus luchas por streaming. Hay también empresas más chicas, que se crean al vapor. En todo el país llegó a haber, en algún momento, entre 300 y 400 empresas de lucha libre.

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