Miguel Alvarado: texto

Ramsés Mercado: información

Brenda Cano: diseño

Temoaya, México; 24 de noviembre de 2021

“Buenos días, mi nombre es María Estela Cruz de la Cruz”, dice ella mientras observa en el telar las creaciones inmensas que realiza junto con sus compañeros y que todos hemos visto alguna vez porque ella se encarga de darle forma a los tapetes de Temoaya, que muy pocos en Toluca imaginan cómo se hacen. Y es que el telar es en realidad una pared vertical en la que se monta el tejido y se va haciendo de arriba hacia abajo. Diez manos expertas van avanzando poco a poco sobre una superficie en la que ya se ha decidido el diseño, pero nadie puede avanzar más rápido que el otro.

Sentados en una fila, los artesanos hilan y se van fijando cómo avanza la estructura final. El taller se llama Chicasqui, que en otomí significa “Color amarillito”, pero también “En nombre de María”. Se trata de un taller familiar y María Estela les ha enseñado a todos, a su esposo y ahora a sus nietas.

Por eso esta nota comienza así, con un buenos días que suena tan extraño en la vorágine de cada uno.

Pero ese telar no es solamente una pared inmensa. Está compuesto por una estructura que, por decirlo de alguna manera, somete contra el piso a una gran extensión de los tapetes gigantescos. Al final, el telar se compone de dos tarimas levantadas, de pie, sostenidas por una trabe de manera que se une en el piso. Una enorme U mayúscula, para que se entienda, y que solo precisa imaginar que los ángulos que le dan forma son rectos. Nada más idear y levantar ese artilugio les tomó una semana y luego otra más para montar las hiladuras.

Pero cada peso que uno paga por un tejido lo vale.


Desde mayo de este año los artesanos pusieron manos a la obra para elaborar un tapete monumental que para septiembre, cinco meses después estaban a la mitad. Se los habían encargado desde febrero.

Por eso, el saludo de María Estela, quien vive en el barrio de Molino Bajo, está lleno de optimismo porque no ha sido fácil abordar un trabajo que mide casi cinco metros de ancho por 12 metros de largo, que implica la hechura de 120 mil nudos por metro cuadrado, algo que no entiende quien no sabe acerca del tema. En este tapete trabajan seis personas al mismo tiempo, por seis horas diarias, aunque en el taller participan 14 personas en distintos proyectos.

Este tapete, que al terminarse irá a algún lugar de Baja California, incluso debió superar el cierre de las fábricas de lana por el coronavirus. Incluso, los artesanos cancelaron en un principio el pedido ante la imposibilidad de obtener la materia prima. Pero seis meses después, ya en 2021, las fábricas reabrieron y ellos pudieron concretar la venta.

El taller de María Estela tiene ya 12 años funcionando, y comenzó a hacer tapetitos de 30 centímetros. En ese lugar se hacen diseños provenientes de todos los diseños que realizan los pueblos originarios de México. Para hacer este tapete gigante debieron ingeniárselas para armar un telar adecuado para que las medidas se cumplieran y se eligieron motivos chiapanecos, los cuales bordan en tanto otros golpean sobre la lana para tratar de cerrar lo más que se pueda la lana, que debe durar poco más de 50 años.

La entrega del enorme tapete está programada para fin de año, a más tardar para enero o febrero de 2022, pero solamente representa un año de ingresos. Mientras unos tejen los hilos, otros martillan, unos más nivelan, otros comprueban que el diseño respete lo planeado. Temoaya es un municipio ubicado a media hora de la capital del Estado de México, en el valle de Toluca y es muy famosa por la calidad de los tapetes que ahí se tejen. Tiene fama mundial y realmente no todos pueden comprar las gigantescas alfombras que salen de ahí, porque, dependiendo de su tamaño, pueden valer más de 100 mil pesos. Como hay de tamaños, se pueden encontrar, además, caminos de mesa y tapetitos para burós en unos 700 pesos.

Fotografía: Ramsés Mercado.

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