Miguel Alvarado

Ciudad de México; 17 de octubre de 2021.

La casa era brumosa, grande y los árboles se enredaban entre ellos formando una muralla por la que no pasaba el sol pero sí el viento, que buscaba la manera de que sus remolinos llegaran hasta las paredes y las ventanas, y por eso atronaban todo el día. Resistían ese embate como lo habían hecho ante el paso de los años y las intentonas por derribar aquel infierno de pasillos y escaleras, caminos tortuosos que no llevaban a ninguna parte. La casa no se había remodelado desde su primera construcción y de eso ya han pasado quinientos años. Su corazón es de piedra pero el alma que la habita se le ha torcido encerrada en la herrumbre del oro y la hojalata que le dieron forma a la maldición que se oculta ahí como una memoria oxidada.

En esa casa que ahora miramos vivió el conquistador Gerónimo de Aguilar, que descansaba alejado de las atrocidades que él mismo cometió en Tenochtitlán después de la derrota de los guerreros que la defendieron. Ahora que han quitado las estatuas de Colón, que las preparan para devolver a España, me pregunto si no debieran hacer lo mismo con la siniestra casa de Aguilar y con todos los palacios del centro de la Ciudad de México, repletos de sufrimientos convertidos en fantasmas.

Recorro entonces la calle donde este conquistador padeció los últimos años de su vida mirando como si no mirara, escuchando los ruidos que subyacen en la profunda oscuridad que por la noche se acumula en Donceles, en los resquicios de esta vía cuya vocación la ha obligado a convertirse en grimorio tenebroso y por lo mismo fantasmario inverosímil, depositario de antiguas consejas cuyos ecos todavía sobreviven.

Acabamos de pasar la casa de Aguilar que, decimos, habitó quien sobrevivió a la ira de los mayas que lo hicieron prisionero por años, antes de que fuera rescatado por Cortés. A la sombra de la historia que lo ha estudiado, y que ha dicho que Aguilar era diácono, hablante de la lengua de la península yucateca y por eso mismo intérprete de Hernán durante la Conquista, era un soldado al que las sombras de la leyenda lo alcanzaron desde que la muerte lo cazó en su propia alcoba, lo mismo que a su hijo años después, y también que al marqués de Croix, el último de sus descendientes que portaba la sangre maldita. En todos los casos, los sirvientes los hallaron en sus lechos, ya rígidos y con los ojos desorbitadamente abiertos, como escurridos por un espanto ante el cual sólo pudieron gritar y morir no de miedo, sino de terror absoluto.

Pero esta crónica no trata solamente de Gerónimo, que se había casado con Elvira Toznenitzin, una noble de Tlaxcala a quien el tiempo no ha perdonado, ni tampoco del hijo que tuvieron, o de los marqueses que llegaron a habitar la casa 200 años después. Se trata de la historia del infortunado Domingo de Jiménez, que murió en los sótanos de aquel sitio, atrapado en una armadura de oro puro, a la cual habían sujetado de uno de los brazos con ganchos y cadenas indestructibles al muro principal. El otro brazo estaba libre, lo suficiente para que alcanzara a escribir sobre un libro de hojas apergaminadas y manipular un juego de plumas y tintas, las cuales efectivamente usó para explicar por qué estaba ahí.

Esta es la misma historia que los marqueses de Croix contaron antes de que la muerte los alcanzara también a ellos, que habían llegado a México procedentes de Lima, Perú, a mediados del siglo XVIII para habitar la casa, pues eran los últimos herederos de Gerónimo de Aguilar. Y lo que hallaron entre sus muros fue la denuncia espantosa de un hombre de armas al que incluso se le consideraba un héroe y por otro lado se encontraron también con el retrato desconocido de un cobarde que se había encumbrado gracias al arrojo de otros.

“Evitad los desaciertos. No bajéis las escaleras ni penetréis a los muros. No os acerquéis a los muertos”, decía una advertencia que los nuevos habitantes de la casa habían encontrado en un manuscrito, dentro de un vetusto baúl perteneciente al conquistador Aguilar, cuando desempolvaban la oscura mansión.


Después de algunas fáciles pesquisas, el marqués de Croix y sus hijos hallarían un pasadizo que bajaba al inframundo de la casona, a una docena de metros después del suelo y allí vieron, horrorizados y asqueados, la armadura dorada con un esqueleto adentro.

Luego de liberar de un hachazo el brazo atrapado del soldado Domingo de Jiménez, se dispusieron a leer lo que la mano libre del soldado Domínguez había apuntado y que el polvo acumulado por 200 años se empeñaba en ocultar. El soldado Domingo de Jiménez comenzaba por narrar, en el castellano antiguo y masticado de los conquistadores, de sanguinario oropel, que había participado en diversas campañas alrededor del mundo conocido hasta entonces. Estuvo en las nebulosas tierras de Flandes, ondeando la bandera de Castilla y empuñando la espada de sus reyes comodinos; lo enviaron al África a pelar contra soldados europeos que como él buscaban esclavos y oro; además recorrió las Italias para acabar con los enemigos insurrectos de su patria imperial. A su lado, en todas esas aventuras, luchaba el mismo Gerónimo de Aguilar, o eso era lo que creía el soldado, que pensaba que su gran amigo le protegía las espaldas. Sin embargo, no era así. Es el mismo Jiménez quien describe con el puño que le ha quedado libre la vocación de cobarde de Aguilar, mientras espera la consumación por hambre dentro de la armadura a la que lo han sujeto.

“…mas cuando me di cabal, perfecta cuenta de su maldad, de su cobardía, y de su traicionera alma, fue durante la llamada ‘Noche Triste’. Mientras Cortés lloraba, busqué a don Gerónimo. ¿Lo habían matado? ¿Había caído a los canales ahogándose, como tantos otros? No. Antepuso todo para guardar el tesoro que había reunidos de los soldados que lo dejaban caer en su huida […] En 1524 construyó esta casa y me invitó a habitarla en su compañía”, relata con esa mano libre el infortunado Jiménez, quien sobrevivió a todas las guerras, excepto a las que desató la codicia particular de su amigo Gerónimo, quien al terminar de construir su palacio colmó de presentes a su amigo porque era rico, tan rico como los jefes que pelearon con Cortés y Cortés mismo.

Sin embargo, había algo que ni con todo el oro podía comprar Aguilar. Y eso era el honor de poseer un escudo, una heráldica que estampara en sus componentes la valentía, hidalguía y lealtad de los hombres en la guerra. Las gestiones para obtenerlo habían fracasado rotundamente, y para que se le otorgara el susodicho escudo se le exigía al cobarde que hiciera una campaña militar más. Varias había que se venían ya, como la guerra contra los chichimecas y las expediciones a la tierra caliente y misteriosa donde decían que el oro brotaba solo de la tierra, y cuyo solo nombre producía espanto, aunque no el suficiente para evitar que los españoles salieran en su busca. Esa tierra era Yohualcehuatl, que quiere decir “Donde serena la noche” y que no era otro lugar que la sanguinaria Iguala, en el actual estado de Guerrero.

Pero a todos esos destinos Aguilar se había negado a ir.


Como era ya un hombre grande, las autoridades le dieron la opción de que recopilara testimonios en los que se narrara la valentía que había desplegado en campañas. Y precisamente eso fue lo que le propuso a su amigo, el soldado Jiménez, a quien se lo pidió como un favor de amigos, de hermanos de armas y de lances mortales. Sin embargo, Aguilar se equivocaba.

-Os estimo a pesar de todo. Gambusino de oro eres, pero nunca soldado. ¿Cómo testificar si fuisteis medroso, si rehuisteis los combates? No os daré el testimonio que me pedís- fue la respuesta que recibió Aguilar, quien tuvo que tragarse su disgusto y además disimularlo. Nadie sabe por qué necesitaba tanto esa heráldica, su escudo tallado a la entrada de la casona, pero la idea se le había convertido en obsesión. A tal punto lo era, que antes de enojarse con el soldado Jiménez mejor lo invitó a cenar, para demostrarle que seguían siendo amigos. A medio convite, el taimado Aguilar hizo que los sirvientes le llevaran un regalo a su amigo más caro. Cuando tuvo enfrente aquello, Domingo de Jiménez no pudo reprimir un silbido de admiración cundo se dio cuenta de que aquella armadura y sus componentes eran de oro sólido. De ese material estaban hechos la sobrevesta, el casco, el quijote, el guardabrazos, el brazal, el guantelete, incluso la cota de malla y la greba. Una sola de esas piezas daba cuenta de la riqueza de Aguilar, pero también sirvió para probar la templanza de su amigo.

– No aceptaré nada -le dijo Jiménez.

-Entonces solamente probáosla, para que sienta esta piel de oro- le respondió Aguilar mientras daba un sorbo a su vino.

Así lo hizo el soldado Jiménez, quien no desconfió de su amigo y cuando estuvo dentro de aquella parafernalia no pudo negarse a realizar un brindis, que le solicitaba Aguilar a manera de celebración por la amistad que los unía. Entonces Jiménez alzó la copa que le pasaban y vertió el líquido que contenía entre el yelmo abierto de la armadura. Pero nada más paladear aquel sabor, supo que lo habían envenenado y comenzó a desplomarse como lo hacen los muy ebrios o quienes se encuentran a las puertas de la muerte.

-No moriréis, solo dormiréis un poco- le dijo burlón el tramposo Aguilar a su amigo, antes de que perdiera el conocimiento.


Cuando el soldado despertó, ya estaba atado como se ha narrado al principio, y una vez recuperado el juicio, se enteró de lo que Aguilar quería.

– Si escribís que fui yo quien ganó las batallas y no vos, entonces esta armadura será realmente vuestra y podréis regresar a Sevilla cargado de oro.

– No- le respondió Jiménez secamente, sabiendo que con eso su destino estaría sellado y que el oro de esa armadura se convertiría en su tumba, su mortaja y su lápida. Aguilar, entonces, salió de aquella mazmorra y no se presentó sino hasta el otro día.

-No- le volvió a decir Jiménez y su respuesta retumbó en cada uno de los recovecos de aquel sótano descomunal.

No, le dijo una tercera y una cuarta vez. Se lo dijo casi desmayado por quinta ocasión y Aguilar comprendió que nada haría que su amigo escribiera lo que él quería. Entonces optó por hacer lo que alguien como él hizo toda su vida: dejó morir de hambre y de sed a Domingo de Jiménez, a quien ni siquiera despojó de la armadura de oro. Tampoco se molestó en recoger el libro en el cual el soldado ya había comenzado a escribir la historia de su propio asesinato. Ordenó a sus sirvientes sellar el acceso a los sótanos y se olvidó del asunto. Lo pudo hacer porque durante los siguientes siete años se fue quedando solo, enclaustrado, con la ayuda mínima y hablando a una pared sobre batallas imaginarias que se libraban en Flandes o las Italias. Y así lo hizo, bebiendo siempre hasta perder la conciencia, hasta que el Año de Gracia de 1531 lo alcanzó y entonces fue hallado muerto por quien le proveía de suministros. El cuello de Gerónimo de Aguilar estaba destrozado y en su carne aparecieron marcadas como hierros los dedos de dos manazas que más bien parecían los guanteletes de una armadura. Años después, sucedió lo mismo con el hijo del viejo conquistador y desde entonces la casa se pobló de un sordo sonido de cadenas y metales, cuyo origen era imposible ubicar porque la memoria de aquel sótano se había perdido.

Este es el relato que el marqués Croix leyó junto a sus hijos, conocedores ahora del crimen cometido en aquella casona. Todavía la última página redactada por el soldado Jiménez se conservaba intacta y en aquella hoja se alcanzaba a leer lo siguiente:

“¡Aquí mismo, donde me traicionasteis, mi venganza alcanzará a tu sangre, a la sangre de tu sangre, a ti mismo!”.

Quienes leyeron este párrafo final, escrito con el último aliento de vida del prisionero, apenas se estremecieron porque dieron por sentado que dos siglos era demasiado para que una maldición de este calibre prevaleciera. Y como ya habían cortado la cadena que aprisionaba el brazo de aquella armadura, entonces cerraron el capítulo y comenzaron de nuevo a vivir su nueva casa. Eso es lo que todos hubieran querido y lo que todos hacemos cuando alguna cosa que no controlamos se nos atraviesa y decretamos, sumidos de miedo y desconcierto, que no nos afectará si realizamos algún pase significativo. En el caso de los marqueses Croix, cerrar el libro representaba para ellos la liberación. A nadie se le ocurrió pedir perdón al soldado que aún yacía en esa armadura ni mucho menos expresar la idea de darle sepultura. Finalmente, ellos también eran del linaje de los Aguilar.

Entonces, y de acuerdo a la conseja, los marqueses se fueron a dormir.

No tardó mucho en dar las doce, la hora de las brujas desde hace siglos y que en aquel tiempo tenía el efecto de confundir el entendimiento, de mezclarlo con las sombras y los ayes de las casas embrujadas. A las 12 de la noche un arrastrar de cadenas estremeció los muros de la casona, primero, y después los corazones de los habitantes. Fue el viejo marqués Croix el primero en abrir la puerta de su dormitorio, el mismo aposento que ocupara el viejo Gerónimo de Aguilar. Y cuando lo hizo se dio de bruces contra la armadura dorada, que aun a la luz de la vela que portaba el hombre refulgía como si llevara un incendio adentro.

En los pasillos, en las escaleras, en el resto de los dormitorios, se escuchó entonces un grito muy humano y muy terreno, lleno de espanto y desesperanza. Los hijos del marqués se precipitaron hacia la alcoba del viejo y lo encontraron tirado en el piso de aquel cuarto, con los ojos desorbitados, casi derretidos por algo que no era miedo sino algo más profundo e inexplicable. Y junto a él, junto a una de las manos crispadas del muerto, yacía la armadura de oro de Domingo de Jiménez, desarticulada y polvorienta pero brillante como si en sus adentros portara la llama del infierno que Gerónimo de Aguilar había encendido dos siglos atrás.

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