Miguel Alvarado

Iguala, Guerrero; 2 de marzo de 2021.

No es buena idea meterse aquí creyendo que no pasará nada sólo porque las calles están repletas. Durante el día se camina despacio y se atisba en las tiendas con calma, buscando más un descanso que algo para comprar. Incluso ahora, que hay coronavirus y diez balaceras diarias, hay miles deteniéndose en las vitrinas para mirar las joyas labradas con el oro de la mina de aquí cerca. Un mar de motocicletas golpea las calles y por eso es mejor pararse en el Zócalo para buscar lo fresco, como la sombra que da la iglesia de San Francisco. Uno puede ver a quienes pasan desde ahí, los autos, los polis, cómo arrancan las motos.

Ya se sabe que los que están parados van echando ojo y es mejor no mirarlos de frente porque entonces se animan y se acercan. A esos les dicen aves o halcones y se visten de una forma determinada, muy parecida siempre: con bermudas, gorra, celular pequeño que quepa bien en la mano para que se pueda soplar bien.

Cuando te agarran en Iguala ni modo que te eches a correr.

Mejor que vengan y pregunten lo que quieran saber.

II

El coordinador de zona de la policía ministerial del estado de Guerrero, Fidel Rosas Sereno, se puso las pilas y recorrió Iguala para ver si podía capturar a alguien que le pudiera decir lo que había pasado con los 43 normalistas de Ayotzinapa.

En compañía de los agentes Rodolfo Peralta Millán y de Alfonso Casarreal Morales, de policías federales y de un montón de soldados, se dedicó a recorrer las calles confiando en su olfato, haciendo caso de su instinto, aunque también atendiendo algunas delaciones y al oficio de investigación FGJE/DGCAP/4035/2014, levantado en contra de quien resultara responsable por los delitos de homicidio en perjuicio de los agraviados por los hechos del 26 de septiembre de 2014.

El gobierno de Guerrero ya sabía lo que había pasado y se preparaba para construir una versión que dejara toda la responsabilidad del lado de los narcos. Era el 3 de octubre y Fidel Rosas Sereno y su equipo no sabían cómo iban a hacerle, pero de alguna forma tenían que comenzar. Salieron de Chilpancingo con rumbo a la que se consideraba una de las ciudades más peligrosas del país. Los agentes seguían corazonadas. No tenían pistas ni nombres, y llegar desde lejos para dar vueltas era el mejor plan que se les había ocurrido. Por lo menos es lo que se desprende del informe que rindieron después, y que no refleja la masacre que había sucedió en Iguala el 26 de septiembre de aquel año.

Comenzaron dando vueltas hasta que a la altura de la calle de Bandera Nacional, por donde está la terminal de los Estrella de Oro, vieron a un hombre muy nervioso que trataba de hablar por su celular y cuando se bajaron para basculearlo, como se dice allá en Guerrero cuando los policías revisan lo que uno lleva, se puso todavía más tenso.

Que se pusiera así tantas veces les pareció extraño a los policías. Así que ese fue el pretexto para detenerlo y, ya en eso, le encontraron una bolsa beige de plástico con el logotipo del Oxxo. Pero lo más extraño era que dentro de la bolsa había ocho envoltorios de hierba verde, al parecer mariguana porque olía a mariguana y hasta sabía a mariguana. Además los envoltorios estaban forrados de plástico transparente, lo cual reforzaba los indicios.

Entonces los policías le preguntaron al detenido cómo se llamaba.

-¿Cómo te llamas?- le espetaron los agentes. Y él respondió que le decían El Patachín.

Que le así le decían, pero que se llamaba Honorio Antúnez Osorio, que tenía 52 años, que era policía municipal y que había sido soldado del sanguinario 27 Batallón de Infantería, en el que estuvo seis años e hizo escuela, su centro de perfeccionamiento. Dijo todo eso porque a lo mejor sus captores se apiadaban de él y lo soltaban, como lo hacían a veces con algunos que les llegaban al precio, al corazón o al miedo.

En 2014 El Patachín había cumplido dos año en la policía municipal, y en ese tiempo se había hecho de amistades. Hasta tenía cuates en los Guerreros Unidos, porque cuando le tocaba estar en los retenes, los halcones y los sicarios se le acercaban. Solitos, sin que nadie los llamara.

Al policía le gustaba andar en El Tomatal, en El Naranjo y en la Loma de Coyote. Primero conoció a los policías encargados de estos puntos y el trato diario le fue revelando ese submundo. Por ahí andaba el Alfonso Reyes Pascual, a quien le decían El Wanchope. También se daba el rol el Marco Antonio Pascual, que se había ganado el apodo de La Mula. Otro que hacía presencia era El Cone, Alejandro Rosas, y con él estaba el Édgar Magdaleno Navarro, a quien también le decían El Patachín; luego se apersonaban Santiago Socorro Maza Cedillo; el Carlos Delgado, bautizado como el Toxicólogo; Alejandro Mejía Meza, el Granito de Oro; el Uribel Cuevas, el Julio Salgado, el Alejandro Mota y Christian, El Mataviejitas. Y lo mismo iban el Pan Crudo que el Cabañitas y el Quijadas. No eran todos pero con esos bastaban.

El Héctor Aguilar, a quien le decían el Chombo, era el comandante de ese grupo y andaba trepado en las patrullas 024, 026 y 027, mismas que estaban a cargo del Humer, que se desempeñaba como escolta particular del secretario de Seguridad de la ciudad, Felipe Flores Velázquez. Ya encarrerado, el policía Honorio dijo que ese último controlaba al grupo de los Bélicos, los cuales eran policías de élite que hacían trabajos muy especiales para el alcalde José Luis Abarca. Eran asesinos a su servicio, pues.

Y trató de nombrarlos, pero sólo recordó a dos: al Chombo y al Leodan Pineda Fuentes. Después en su declaración afinó los recuerdos, pero tampoco se arriesgó demasiado. Sabía que los ministerios públicos lo iban a abrumar con preguntas. El 4 de octubre ya estaba sentado ante la mesa casi desnuda del agente, que leía desde un papel unas preguntas. Honorio Osorio Antúnez abrió los ojos más que la boca y respondió a lo que le preguntaban con un ademán de contradicción. Un sí, pero también un no, y a veces, al mismo tiempo, un quién sabe rotundo al que no había por qué no creer.

Que cómo se llama su madre. Qué su padre. Que la edad, que dónde nació, que dónde vive, que no bebe, que no le hace a la mota, que estuvo en la Guardia Militar y que hasta se jubiló ahí. Pero como estaba joven, en Iguala la hizo de velador en una bodega por tres meses hasta que alguien le dio el norte de que la policía municipal podía aceptarlo. Por eso fue a pedir trabajo, en enero de 2006 y unos meses más tarde ya estaba chambeando formalmente. Explicó que les habían ordenado que le dieran siempre vía libre a una camioneta de Protección Civil porque ahí llevaban coca y a veces a uno que otro secuestrado. Un día se animó a preguntarle a Alfonso Reyes, el Wanchope, que por qué le daban chance a esa unidad.

-¡Te vale madres!- le respondió, pero era un secreto a voces lo que la camioneta llevaba. Según Honorio, a quienes participaban abriendo paso a la camioneta de PC, los Guerreros Unidos les daban 2 mil pesos mensuales. Eso dijo, y también que el director de la policía, Felipe Flores Velázquez, tenía hasta un lugar de castigo para quienes la regaban deteniendo o decomisando lo que no debían. Ese lugar se llamaba La Bloquera y estaba en los patios del taller mecánico donde reparaban las patrullas. Ahí se llevaba Flores Velázquez a los negligentes y los mismos Bélicos les aplicaban algunos correctivos: con una tabla de 15 centímetros de espesor golpeaban a los oficiales hasta lastimarlos. “Quiéreme mucho y dame un beso”, estaba escrito sobre ese instrumento de enseñanza.

Honorio contó que el 26 de septiembre había ido a un curso, y que por eso no sabía nada de lo que había pasado ese día. Sus compañeros le dijeron después que en la balacera desatada habían estado policías hasta de Teloloapan. Dijo que a los alumnos detenidos y llevados a la comisaría de Iguala los entregó a los sicarios de Cocula y a los de Protección Civil el encargado de barandillas, Ulises Bernabé García, a quien le decían el Gay.

Honorio también declaró que el verdadero asesino Arturo Hernández Cardona, líder de la Unión Popular de Iguala (UPI), había sido Orbelín Pineda, uno de los jefes de la banda de Los Peques y no el alcalde José Luis Abarca, pero aunque lo dijo muy seguro, no se ha comprobado nada o por lo menos no se ha hecho público.

– Él mismo me lo dijo, que lo había hecho por órdenes del alcalde José Luis en 2013- dijo en ese entonces.

Antes de que terminara el interrogatorio, identificó a los Bélicos, los cuales eran los policías Miguel Ángel Hernández Morales, José Vicencio Flores, Antonio Lara, Édgar Vieyra, Juan Carlos Delgado, Julián Aceves Popoca, Alejandro Mota Román, Mario Cervantes Contreras, Arturo Calvario Villava, Eleazar Ávila Quintana, Hugo Salgado Wences, Víctor Pizaña Contreras, Reynaldo Leonardo Fuentes, Antonio Pérez Rosas, Armando Hurtado, Blas Mendoza, Álvaro Ramírez Vázquez, Emilio Torres Quezada, Alejandro Andrade de la Cruz, José Ulises Bernabé, Zulaid Marino Rodríguez, Wrink Ernesto Castro, Luis Francisco Martínez Díaz, José Jorge Soto, Eliezer Ávila Toribio, Alejandro Mejía Meza, Ezequiel Nava Germán, Santiago Socorro Mazón Cedillo y Christian Rafael Guerrero.


La verdad es que Honorio Antúnez Osorio no era brillante pero sí muy trabajador. Tenía que velar por sus intereses y así lo pensó cuando ofreció a sus captores señalar a quienes le vendían la droga esperando a cambio, tal vez, un indulto.

Eso creyó mientras se iba por la ciudad en compañía de los policías, buscando la calle de Puebla en la colonia Rufo Figueroa y cuando la encontraron se metieron un rato a recorrerla y de pura casualidad vieron a uno de sus proveedores de droga. Bastó un dedo para señalar e irse contra él. Y pues sí, llevaba una bolsa negra de plástico y dentro de ella empaques de mota. El sujeto también portaba la famosa basculita de plástico de la marca Volke que usan los dealers callejeros y una Colt .45 con ocho cartuchos para lo que se fuera ofreciendo. En una bolsita negra con cierre llevaba una cartera, y en ella había 70 pesos y su credencial de elector. Al revisarla, los policías supieron que estaban tratando con Martín Alejandro Macedo Barrera, dueño de tres celulares y de unos cuantos tiros útiles para su arma. Ese compa dijo tener 32 años y que su ocupación era vender mota, que no tenía ninguna otra. Los policías lo aseguraron y así continuaron la cacería por la ciudad. Entonces se metieron a la calle Ensenada de la colonia Unidos por Guerrero y ahí Honorio les señaló a otro que iba nervioso y cargando una gran bolsa blanca de plástico. Lo mismo: le marcaron el alto y lo revisaron para encontrarle mariguana. Su nombre era Marco Antonio Ríos Berber y en ese tiempo tenía apenas 20 años. Y quién sabe por qué pero luego, luego les dijo que trabajaba como halcón para los Guerreros Unidos y que sus jefes eran David Cruz, El Chino, y el temible sicario a quien apodaban el Chuky. Los ministeriales se regresaron a Chilpancingo con todos ellos y con esos golpes de suerte arrancaban las investigaciones en torno a las desapariciones de los 43 normalistas de Ayotzinapa.

III

Al primero que interrogaron fue al Martín Alejandro Macedo Barrera, quien hasta dijo que había nacido un 25 de septiembre, que era católico y cargador en la Central de Abastos, pero que realmente se dedicaba a ejecutar y halconear para los Guerreros Unidos. Para ese entonces ya había matado a dos personas con armas que sus jefes le acercaban y su paga estaba muy por encima de lo que ganaban los demás porque cobraba 15 mil pesos mensuales, hiciera lo que hiciera, pero eso le alcanzaba para consumir mota y a veces venderla. Ya había sido detenido anteriormente y se había pasado cuatro meses de su vida en el Cereso de Iguala. Luego, dijo que había entrado al cártel como halcón pero necesitaba dinero y por eso se había acercado al Chuky, para decirle que se sentía bastante capaz de ser asesino. Le dijeron que sí de inmediato y eso también le dio oportunidad de conocer a Orbelín Pineda, a quien le decían El Peque y era dueño, o uno de los dueños, del autolavado Los Peques. También conoció al Abuelo, un tipo de 72 años que andaba en Ciudad Altamirano y se codeaba con los jefes. El Abuelo era uno de los capos de los Guerreros Unidos aunque se vestía como pordiosero para disimular. Se movía en un vocho blanco y siempre llevaba los pantalones rotos, porque decía que así nadie lo molestaba.

La declaración de Macedo Barrera ayudó también a formar una idea de cómo era el Chuky; de 1:50 metros de estatura, moreno, pelón, muy borracho y muy coco. Además tenía un auto negro de dos puertas y se movía por la colonia Rufo Figueroa armado de una .380. La esposa del Chuky se encargaba de darles de comer a quienes cuidaban a los cautivos secuestrados por los Guerreros Unidos. Era un negocio para todos, aunque solamente los jefes ganaban bien y se arriesgaban poco.

Macedo Barrera dijo que los policías de Iguala tenían la obligación de informarles las direcciones de los retenes de los soldados y de ayudarles a pasarlos. También dijo que los policías los dejaban acercarse a los retenes municipales y echar ojo por si hubiera algo que les interesara. Macedo pertenecía a un grupo de diez sicarios y cuidadores y dijo que a algunos se los llevaban a una casa de seguridad ubicada en Loma de Coyote. Ahí guardaban una excavadora, una Dodge Ram 250 y una Lobo negra que usaban en lo que llamó los operativos, que no eran otra cosa que secuestros y balaceras. En el primer secuestro en el que participó levantó a una maestra en la cafetería la Vaca Negra. A ella la tuvieron retenida un mes hasta que el esposo pudo conseguir los 100 mil pesos que pedían por su vida. Cuando los pagaron, Macedo cobró 10 mil. Y es que era fácil. A él no le tocaba levantar gente, sino dar protección durante el escape. Narró que después secuestraron a un licenciado o diputado -no recuerda bien- por el que pidieron 50 mil pesos. Así se la llevaba y mientras le hiciera caso al Chuky todo iría bien. Él ponía a las víctimas y también le enseñó a extorsionar, lo cual era lo más fácil porque lo hacía con comerciantes muy menores. Un carnicero, el verdulero, el vendedor de aguas y todos ellos tenían que pagar hasta mil 500 pesos semanales. En eso andaba hasta que se le atravesó Ayotzinapa.

Macedo Barrera dice que detectaron a los normalistas cuando los halcones los reportaron llegando a Iguala. Que supieron luego, luego, que iban en dos camiones y que al salir de la terminal ya iban muy violentos. Macedo prefigura un escenario en el que los normalistas llevan armas cortas y disparan mientras tratan de cruzar la ciudad y se enfrentan a quienes se les ponen enfrente. Los halcones los siguieron en una Ram blanca junto con el Moles, el Tíner, el Amarguras y el propio Macedo, que vieron cómo “los ayozinapos” aventaban piedras a los que estaban en la plaza bailando con la música del grupo de la Luz Roja de San Marcos. Ahí las pedradas hirieron a algunos y por eso la instrucción que recibió el Macedo de alguien que le marcó al celular fue de dispararles. Él llevaba una .380.

También dijo que otro grupo que siguió a los “ayozinapos” era dirigido por el Chuky -que lideraba a un grupo de 15 sicarios- y que estuvieron siguiendo un camión por el Periférico. “Por lo que supe, el Choky sí alcanzó a chingar varios ayozinapos, ya que se estaban poniendo muy locos, una vez que se comienzan a bajar los estudiantes, comienzan a correr y logramos asegurar a 17, los cuales subimos a nuestras camionetas y los llevamos a la casa de seguridad de la loma, donde los matamos inmediatamente, ya que no se querían someter y como eran más que nosotros Choky dio la instrucción de que les diéramos piso, cuando detuvimos a los ayozinapos no logramos asegurar ninguna arma pero yo claramente vi cómo iban armados, como ocho en total, yo vi cuatro en los camiones que seguíamos y mis compañeros dijeron que igual número iban en los otros camiones, a algunos los mataron con tiro de gracia en la cabeza y a otros a golpes ya que se pusieron muy violentos cuando estaban secuestrados y para que no estuvieran chingando se decidió matarlos, creo que utilizaron la excavadora para enterrarlos en el mismo rancho que tenemos a siete de estos muchachos los quemamos por instrucción del Choky, quiero señalar que una vez que me pusieron a la vista unas fotografías de las personas que se dicen desaparecidas no reconozco a ninguno, ya que inmediatamente que los subimos a las camionetas la instrucción fue cubrirlos para que nadie los viera, yo participé matando a dos ayozinapos dándoles un balazo en la cabeza, y no son de los que quemamos, están enteritos, la forma de matarlos fue ancados y les disparamos por un lado de la cabeza”.

Después, ya sin aliento, dijo que no tenía cuentas bancarias ni coche propio, y que vendía bolsas de mariguana en 50 pesos, las cuales alcanzan para unos 10 cigarros. Que el arma que le quitaron se la había comprado en 4 mil pesos.

Al final, Macedo hizo bien en decir lo que dijo porque el 4 de junio de 2018 le dictaron auto de libertad, porque según las autoridades las declaraciones preliminares carecieron de fundamentos. Y así, aunque sin pisar la calle, Macedo, a quien sus amigos le dicen el Becerro, ya libró al menos una de las acusaciones que pesan en su contra.

De lo único de que se quejó el Martín Alejandro Macedo Barrera cuando lo atraparon fue de que no le habían dado de comer, y que estaba consiente del alcance que tenía su declaración.

– ¡Porque la dije, bah!- balbuceó casi molesto, antes de que se lo llevaran a su celda.

IV

Marco Antonio Ríos Berber tenía diecinueve años, un salario de 7 mil pesos mensuales como halcón y la secundaria escrupulosamente cumplida. Es otro de los que insiste en que “los ayozinapos” se bajaron de un camión y de una Urvan en el centro de Iguala y se jalaron contra la gente, a la que asustaron con disparos al aire. Y por eso David Cruz, el Chino, que era el jefe de halcones de los Guerreros Unidos, lo convocó a ese lugar. Le dijo, vente, ándale. Y a Ríos Berber, a quien le decían La Pompi, no le quedó de otra que obedecer. Él dice que estaba afuera de la iglesia de San Francisco y por eso vio. Los que dicen que hubo una batalla en la ciudad porque los Rojos entraron dos veces ese día para intentar matar a los hermanos Benítez Palacios, jefes de los Peques, no tenían cómo saber que el fiscal general Alejandro Gertz afirmaría en 2020 que esa noche habría más de 80 ejecutados. La única manera de saber qué había pasado era considerando esas declaraciones, porque aunque fuera a trozos, narraban desde las antiguas indagaciones de la Fiscalía de Guerrero los pasos de los Rojos en Iguala. En eso, la historia que balbuceó la PGR parece no equivocarse, aunque sigan sin cuadrar las horas, los pasos, los nombres, algunas circunstancias.

Para este sicario, algunos “ayozinapos” eran Rojos e iban mezclados entre los verdaderos estudiantes. Esos a los que se refiere Ríos Berber eran unos 50 narcos y se fueron en contra de los que bailaban desde las calles de Bandera y Guerrero. Al escuchar los tiros, la gente corrió a refugiarse hacia todos lados mientras los Rojos robaban autos para moverse mejor.

-Recuerdo una CRV negra y varios taxis, otros corrieron para el autobús, otros para el mercado y otros para la Estrella de Oro- recuerda Ríos Berber, quien recibió la orden de perseguirlos, lo cual hizo hasta un negocio llamado Hielos Laurita, en las calles de Juan N. Álvarez y Periférico Norte. Ahí también llegaron las patrullas 532, 38, 03, 05, 220, 020 y la 010, que les cerraron el paso. Ríos Berber dice ahora que esos “ayozinapos” a los que les cerraron el paso y les ordenaron pararse iban en una Urvan blanca y dos taxis. Pero, claro, no se detuvieron.

La narración de Ríos Berber es también la historia de lo que él quiso creer. Para él, los normalistas eran Rojos tratando de escapar después de una incursión insensata. Los policías bajaron a unas 20 personas de los camiones y las treparon a las camionetas, que se arrancaron a la comisaría. Luego, el jefe de halcones de los Guerreros Unidos, El Chino, le confirmaría que efectivamente los estudiantes detenidos habían llegado a ese lugar.

Parte de las obligaciones de Ríos Berber era conseguir diésel para quemar a tres “ayozinapos” que el Chuky había capturado, y que tenía cautivos en Pueblo Viejo. Había sido ayudado por otro halcón, El Gaby, y juntos le habían dado para el cerro, llevándose a los prisioneros. En esas estaba Ríos Berber cuando le avisaron que habían decidido ejecutar de un tiro a los cautivos. El Gaby mató a dos y el Chuky a otro. El Chuky hizo un hoyo y los lanzaron ahí. Y para finalizar rociaron los cuerpos con combustible y les prendieron fuego.

Ese combustible le costó 200 pesos.

Y pues así.

V

El Chino era jefe de espías de los Guerreros Unidos en Iguala y esa noche estuvo en todos los sucesos importantes, halconeando a sus halcones y recibiendo órdenes de los jefes. Finalmente se concentró con el Chuky, porque él y su grupo habían matado a tres y estaban recibiendo otro cargamento con 10 personas, a las que había que eliminar. Los llevaba El Gaby en una Tacoma blanca y, cuando los bajaron, ejecutaron de inmediato a seis.

Ríos Berber dijo que había matado a dos de un tiro en la cabeza. El Gaby mató a otros dos y Chuky y La Vero mataron a uno cada uno. Los cuatro que quedaron vivos fueron golpeados hasta hacerles perder el conocimiento y los dejaron atados.

Ya eran las tres de la mañana. Ya era el 27 de septiembre y los asesinos estaban exhaustos. Habían participado en una batalla disparando y matando toda la noche, persiguiendo y atrapando a quienes sus jefes les habían señalado como parte del cártel de los Rojos.

A los seis muertos los echaron al agujero que habían abierto poco antes y con el diésel los pusieron a arder. El sicario Ríos Berber dice que se calcinaron hasta los huesos y cuando todo se consumió los mandaron a descansar. El Chuky mataría más tarde a los otros cuatro estudiantes y después de “darles piso” también se iría a dormir. El sábado 27 no pasó nada y quienes tuvieron franco el día prefirieron desconectarse, alejarse de las malas noticias, pero la magnitud de los que habían hecho los alcanzaría, sin fallas.

Y es que desconectarse no serviría de nada. La batalla contra los Rojos, si es que la hubo, y los levantones y asesinatos en contra de los normalistas no dejarían en paz a sicarios como Miguel Ángel Ríos Sánchez, a quien le decían el Pozoles, y quien en su declaración ante la PGR sólo aceptó ser mandadero de los Guerreros Unidos. Pero en esa declaración, realizada el 8 de octubre de 2014, proporcionó un mapa en el que señalaba a dónde se habían llevado a los normalistas.

“Me encontré al sujeto apodado El Mente, quien me dijo que él, junto con el Chuky y sus sicarios habían disparado en contra de los jugadores (del equipo de futbol de los Avispones), asimismo me dijo que se habían llevado el 29 de septiembre a unos estudiantes de ayotzinapan, siendo que tuve el conocimiento de que los habían secuestrado a estos de ayotzinapan porque iban gente del cártel de los Rojos de manera infiltrada y sé que los trasladaron al cerro, rumbo a la localidad de pueblo viejo y la entrada principal es la avenida Guadalupe, y están dos calles en y griega, una da para el pueblo viejo y otra va para loma del zapatero, cerca de la principal hay una escuela, y se logra apreciar un árbol y este árbol es conocido como la Parota; asimismo el Mente me dijo que le llevara agua y droga en ese sitio […] Ahora bien, retomando lo de los estudiantes de ayotzinapan, el único que pudo haber dicho que en esos camiones iban gente infiltrados de los Rojos fue El Gil […]”.

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