Antonio Reyes Pompeyo

Toluca, México; 19 de febrero de 2021.

Accidentada, caótica, peluda, espontánea y sincera. Así transcurre la entrevista con Lilith Mercado pactada a través del feisbuc a partir su entusiasmo y el mío, de su curiosidad y la mía. Entre la habitual confusión por la calidad del audio y el sonido, habitual desde hace poco, sabemos, se da esta charla con silencios que significan aquí verdaderas pausas dramáticas. Estoy con una actriz apasionada y con una profesora que rezuma sencillez. ¿Qué más aplaude un espectador? ¿Qué más agradece un estudiante?

Esa cabecita, víctima de múltiples experimentos cosméticos, se desenvuelve con mucha franqueza, como si no supiera lo que es la ficción a la cual, como actriz, ha dedicado una buena parte de su vida. Su expresión verbal es ligera y se coloca de inmediato en el protagonismo de la charla.

Le aviento la primera pregunta con ganas de establecer el sitio para empezar a garabatearla: ¿existe una identidad toluqueña? Y ella vacila, se va a la memoria, a las experiencias con el gremio y se enciende, encuentra a sus colegas del teatro jalando a la raza, y de paso mapea una ambigua ruta, un ambiguo programa en el que uno debería caminar por los museos de esta ciudad.

Con el teatro insisto, indago si en su perspectiva nos duele la dejadez y si hay mejores condiciones en otros lugares, ella encuentra todas las veces personas donde yo buscaba sitios. Los padres nos deben, dice ella, sacar del teléfono y dejar que seamos cultivados. En la otra son las personas las que hacen de los sitios el mismo sitio: su gente, la que hace teatro, es en todas partes la misma gente.


¿Será Lilith una ciudad y cada uno de sus entrañables humanos conocidos un habitante suyo?

Pero eso, las tablas, el escenario y el público le dan todavía esperanza y habla de la gente a la que admira, a la que le reconoce el esfuerzo por mantener vigente el espacio de la representación; en su baraja aparecen Las reinas chulas y su proyecto en Zoom, chilangas y todo, ni modo, no dejan de ser referente para pensar en un teatro posible también a distancia; o también, ese sí en Toluca, José Uriel García Solís un dramaturgo que en la visión de Lilith recoloca y mantiene la personalidad del teatro de aquí gracias a su calidad y profesionalismo; un bordado fino, dice ella, del trabajo de Uriel que ya me da una pista de la ruta en este mapa.

“Estamos aburridos”. La ciudad como altavoz.

De las emociones, siempre de ellas, se debe hablar. La de ella es la incertidumbre en una ciudad que no considera suya en lo individual porque no puede pertenecerle un lugar que le quita la seguridad: el miedo en la calle, el miedo en el camión. No soy de ahí, sentencia con una serenidad terrible. La incertidumbre y la inseguridad le son tan cotidianos que le permiten decirlo sin sobresalto. Por eso le pregunto si su trabajo como docente le autoriza a pensar una mejor ciudad y sí, ella sueña con algo distinto, tiene esperanza en que más humanistas y menos cajas registradoras mejoran la perspectiva.

La ciudad es un sitio extraño y confuso, conflictivo. El espacio público puede doler, dice ella, pero entiende que es más importante usarlo para amplificar el mensaje de la ausencia de muchas, y de los feminicidios que no cesan y del dolor que sea también con las cercanas o del abuso y la violencia que le ha tocado. Aunque un edificio sea entrañable nunca será mayor al valor de una vida, sentencia.

¿La ciudad nos pertenece? No. No hay pertenencia en una ciudad donde ella, ellas, se sienten inseguras. Aquí la dejo en sus palabras, no hay mejor forma de entender esa porción de ciudad que es Lilith Mercado: “La pertenencia la hacemos nada más en momentos, en nuestros espacios cuando los trabajamos, después de ahí dejamos de habitarlos y ya no son nuestros, volvemos a nuestra cueva y ahí es el lugar que nos pertenece”.

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