Mariana Oliver/ Periódico de Poesía

Ciudad de México; 23 de enero de 2021.

La literata Mariana Oliver toma el libro de poesía de Arturo Loera, titulado Nada notable y que editó y publicó Cuadrivio en la ciudad de México en el 2018 y logra transformarlo en otra poesía, una poesía disfrazada de prosa que sirve como presentación para la obra de Loera, lo cual también es una llave de plata para quien quiera leerla. Oliver consigue hacer de su presentación un poema con el que uno puede quedarse si no encuentra lo que ha escrito Loera. Lo mejor es leerlos a los dos.

I.

Una negación y un adjetivo.

Sobre notable, dice el diccionario de etimologías que se trata de una palabra formada con raíces latinas y significa “que se puede señalar”, y se compone del término “nota” y del sufijo -able para indicar algo que se puede hacer. Nota se refiere a una marca o a un signo que sirve para recordar o reconocer algo posteriormente. Es un señuelo futuro. Aquello notable pertenece necesariamente a otro tiempo; sería entonces un rastro, un código secreto, un anclaje para la memoria, un lenguaje propio, la historia misma de esas marcas.

   nada notable

   nada notable

Repiten los versos del peruano José Watanabe que sirven de epígrafe. Quizá el título de este libro alude a la dimensión. Lo notable que se asume reservado a los grandes acontecimientos, al estruendo o a los fuegos artificiales que colorean el cielo no se encuentra en estos poemas. En cambio, hay un despliegue de los días cualesquiera, de recortes extraídos de lo cotidiano, de composiciones en apariencia triviales, como las cuatro piedras halladas en un lote baldío que sostienen una cancha de futbol imaginaria: “cuatro piedras que se convertirán/ en postes, el viento de una red infinita”, o como un juego infantil que transcurre “entre las bicicletas, los carritos;/ los calcetines, regalo de la tía más vieja”.

II.

En la comunidad nasa de Colombia, se cree que el futuro es lo que está detrás y el pasado lo que está adelante. En la primera parte de Nada notable, mirando al pasado de frente, Loera lanza una piedra, que bien podría ser una canica o una pelota, para trazar el recorrido de este libro. ¿Dónde colocar la mirada durante ese trayecto? ¿En las ausencias que proyectan una sombra amplificada?, ¿en los juegos de la calle donde una persona aprende a nombrarse en plural?, ¿en las advertencias de mamá, en las voces de las tías o en la visita mensual de la mujer que acude a cobrar la renta?, ¿frente al espejo donde nunca hubo clases de rasurar?

En todos esos lugares, parece decir este libro.

III.

No recordaba que se había hecho una colecta de llaves para hacer una estatua en honor a Juan Pablo II. “2007 fue el año y el día de las madres/ otra vez/ enmarcaba la fecha de una nueva fiesta”. Leo este poema y recuerdo de repente las imágenes en la televisión. Un hombre viejo vestido de blanco. Una multitud. Una voz de fondo, verborrea grandilocuente que no se cansa. Pero nada de lo que recuerdo me conmueve. Vuelvo a leer el poema. “Se convocó a la gente/ para que donara sus llaves/ inservibles/ y ser parte, en llave y alma,/ del absurdo monumento./ Mi madre, trabajadora de bienes/ raíces/ contenta con la noticia/ donó un par de cajas con llaves/ de casas que ahora no existen.”

Y pienso en ese montón de llaves insignificantes que ya no abren puerta alguna, acumuladas al lado de una cancha de béisbol.

IV.

“Tarde es la palabra exacta del fracaso.”

VI.

La otra parte del libro se llama “Las golondrinas”. Desde luego, los poemas están vinculados por variaciones sobre la muerte. En esta sección las citas son profusas, y los escenarios, diversos; ya no se constriñen a la memoria personal, sino a lecturas del imaginario compartido: un cementerio donde una chica baila y que alude a Allan Kaprow, el Empire State, la tortuga gigante que sostiene al mundo sobre su caparazón, una clase de guitarra para aprender una sola canción. “Dile que voy a aprender/ a tocar las golondrinas para eventos tristes./ Los eventos tristes lo vuelven a uno millonario.”

Al final el libro vuelve a explorar la oposición de lo cotidiano frente a lo que pensamos monumental, extraordinario. ¿Cómo conviven esas dos miradas en el tejido de los relatos que nos contamos? ¿Cuál es el borde que las separa?

«Nada notable» es una pregunta sobre esa frontera.

Mariana Oliver / Ciudad de México, 1986. Es germanista y maestra en Literatura Comparada por la UNAM. Fue becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo. En 2016 ganó el Premio Nacional de Ensayo Joven José Vasconcelos con el libro Aves migratorias.

Este texto se publicó originalmente en www.periodicodepoesia.unam.mx el 2 de noviembre de 2020.

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