Miguel Alvarado

Toluca, México; 24 de enero de 2021.

La verdad es que Félix era un niño muy malo, como lo eran antes los niños malos en México. No tenía intención de convertirse en político, empresario, dueño de farmacéuticas o vendedor de concentradores de oxígeno, no. Félix era canadiense, vivía en otra década y su maldad apenas despuntaba: encerraba a sus compañeros en los lockers de la escuela o los empujaba en el recreo, lo que significaba actos casi inocentes, de esos que dejan las huellas más profundas.

La verdad es que Félix era también un niño muy bueno que ayudaba a otros, que corría por las calles sin temor, que nadaba y bailaba con sus hermanos o que miraba en silencio la televisión con algún amigo. Y a veces era una cosa neutra sentada en una piedra desde la que veía lo que el aire mueve cuando pasa.

Félix es el personaje central, pero no el más importante, de una película llamada Los Demonios, dirigida por Philippe Lesage, quien descubrió haciendo documentales que quería narrar otro tipo de historias, a lo mejor controlarlas y no padecer tanto como lo hacen los periodistas. Nacido en 1977, Lesage se preocupó en la película por enfatizar la zona oscura o blanca, finalmente inexplorada, del vértigo adolescente. Escogió abrir su narración filmando la clase de gimnasia a la que asisten Félix y sus compañeros, para presentarlos en una suerte de carrusel en el que se van perfilando los actores. En esa danza de huesos recién formados los niños recuerdan lo frágiles que son, lo misteriosos, lo felices que son, lo inacabados que están y lo que no serán cuando crezcan.


Por eso, que la muerte roce a Félix apenas significa algo porque el mundo al que pertenece se conmueve pero no se amedrenta, toda vez que no lucha contra nada sino que se adapta, es flexible y no pierde ni gana sino que se construye y se transforma, a veces indiferente.

Lesage cuida que Félix, de apenas 10 años e interpretado por Édouard Tremblay-Grenier, parezca malo pero no lo sea. Y también al revés, que sea desagradable, deleznable y abusivo.

Lo más interesante en la propuesta del director Lesage es que hay un crimen en el centro de la trama y que en él Félix participe como lo haríamos nosotros si en nuestro entorno sucediera ese asesinato. Alguien empujó un poco por aquí, otro cerró los ojos, uno más dijo algo y los de allá se rieron burlones. Al final nadie resultaría responsable, excepto el que por fin arrebata la vida.

Filmada en 2015, la película es parte de una trilogía realizada por Lasage, que como un inexorable registro va dando cuenta del crecimiento, de la transformación de los actores y los personajes que interpretan.

Alguna vez hemos sido el Félix que tortura a sus amigos, que se enreda en las discusiones de sus padres, que no sabe qué hacer con su cuerpo y que al final pasa de largo ante el cadáver sepultado de su compañero, incapaz de verlo porque en vida no lo hizo.

Como no se puede vivir arrinconado siempre por el coronavirus o por la proximidad de las elecciones más patéticas, es preferible seguirle el rastro a Félix, un niño hermoso como pueden serlo algunos canadienses que han tenido la suerte de no enterarse de los que hace su país en los países del Tercer Mundo con las minas de oro y uranio a cielo abierto.

Félix y sus demonios se parecen a muchos de nosotros, que también bailamos con el diablo un vals muy lento que no molesta a nadie.

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