Miguel Alvarado

Toluca, México; 26 de junio de 2020. La historia familiar de Omar García ha estado ligada a la seguridad de México, pero más que a eso, a masacres y genocidios. Su abuelo, Marcelino García Barragán era un militar de la Revolución que fue gobernador de Jalisco y terminó su carrera ordenando el operativo militar de estudiantes en Tlatelolco, en 1968. Su padre, Javier García Paniagua, fue director de la siniestra Dirección Federal de Seguridad, el órgano represor del gobierno de México en cuyos sótanos se torturó y desapareció a guerrilleros y contrarios al régimen. Este fue el periodo de la Guerra Sucia, cuya cifra más conservadora es de 500 muertos y mil 500 desaparecidos.

El nieto, Omar García, ha desarrollado una carrera vertiginosa en la policía, pero al mismo tiempo se vio involucrado con narcotraficantes de Guerreros Unidos que guardaban su nombre en una libreta, como parte de sus contactos. Hoy convalece con tres heridas de bala después del atentado que sufrió esta mañana y desde su recuperación, lo primero que hizo fue culpar al Cártel de Jalisco Nueva Generación y a nadie más. La jefa de Gobierno de la Ciudad de México remarcó también que el fuego al que se vio sometido el funcionario se debe su “excelente labor” en el combate a la delincuencia. Esas versiones funcionan en lo inmediato, pero después ya no, cuando se voltea hacia atrás.

*

“Los hicimos polvo y los echamos al agua”, le dijo Gildardo López Astudillo “El Gil” a Sidronio Casarrubias, uno de los líderes del cártel de los Guerreros Unidos poco después de que los 43 normalistas de Ayotzinapa fueran levantados en Iguala, Guerrero, el 27 de septiembre de 2014.

A Sidronio lo capturaron en la carretera México-Toluca, unos veinte días después, cuando se detuvo a comer en el Fogón do Brasil, en el kilómetro 40, uno de los restoranes a pie de autopista. Iba con otra persona y no se fijaron que una patrulla de federales vigilaba el lugar. Lo vieron abordar la Tacoma roja en la que iba pero también vieron que de sus ropas asomaba la cacha de una .38 Súper. Sin saber quién era —otro sospechoso golpe de suerte—, los oficiales preguntaron al individuo, quien se identificó como Santiago Jaurer Cadena, pero casi de inmediato supieron de quién se trataba. A Sidronio se le cayeron los sueños de poner un autolavado y un restorán en el rumbo de Asunción, en Metepec.

Después vendrían averiguaciones y procesos, los cuales se estrellaron en la ineptitud de la PGR. Se estrellaron tanto que Sidronio estaba a punto de obtener su libertad el año pasado, aunque ya había declarado que el ex gobernador de Guerrero, Ángel Heladio Aguirre, era amante de María de los Ángeles Pineda Villa -esposa del alcalde de Iguala, José Luis Abarca-; que los narcos patrocinaron la campaña de Aguirre y que El Pescado, Jhonny Hurtado Olascoaga, jefe de la Familia Michoacana en el Edoméx, sacaba uranio de las minas de Campo Morado en Arcelia.

Pero si Casarrubias dijo lo que dijo, su libreta de contactos fue todavía más indiscreta porque en sus hojas estaba el nombre de Omar Hamid García Harfuch, hijo de la actriz de Televisa María Sorté, de Javier García Paniagua, ex gobernador de Jalisco y que estuvo a punto de ser presidente de México.


No, Omar García no es un héroe, como parecen perfilarlo después del atentado que sufrió, y su trabajo como director de Seguridad no es lo impecable o duro que refiere Sheimbaun, quien acudió pálida a la conferencia de prensa de la mañana, en la que nada más dijo que no sabía nada.

A Omar García, quien en 2014 trabajaba en la policía federal de Guerrero, los padres de los 43 levantados de Ayotzinapa le preguntaron qué hacía su nombre en la libreta de un narco, cuando fue nombrado director de Seguridad en la Ciudad de México, el 4 de octubre de 2019, pero nunca recibieron respuesta. La jefa de Gobierno justificó su contratación diciendo que “sabe cómo hemos venido trabajando la necesidad muy importante de análisis, de revisión, de inteligencia, para poder garantizar la seguridad a la ciudadanía”. Omar García ha encabezado operativos contra los cárteles de la Unión Tepito, Fuerza Anti-Unión y el CJNG. Incluso ha testificado en contra de Joaquín “Chapo” Guzmán.

El de Ayotzinapa es un tema sensible para la carrera de García, un policía de carrera que todavía no es como su padre o su abuelo. Marcelino García Barragán fue un soldado revolucionario que fue brincando de bando en bando hasta que pudo alinearse con los ganadores y subió en el escalafón militar incluso después de apoyar a un candidato fallido a la presidencia del país, Miguel Henríquez Guzmán, que abandonó el PRI junto con su grupo y formó el Partido Auténtico de la Revolución Democrática. A Marcelino todavía le alcanzó para que el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo nombrara secretario de la Defensa Nacional, y con eso encarara las protestas estudiantiles de 1968 y la masacre de Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968.

Un día después, García Barragán dio una conferencia de prensa y asumía la responsabilidad del operativo. “Se ordenó un dispositivo para evitar que los estudiantes fueran del mitin de Tlatelolco al Casco de Santo Tomás, el Ejército intervino en Tlatelolco a petición de la policía y para sofocar un tiroteo entre dos grupos de estudiantes […] el comandante responsable soy yo. No se decretará el Estado de Sitio. México es un país donde la libertad impera y seguirá imperando”.

Poco después renunció y su carrera política terminó con eso.

El padre de Omar García se llamaba Javier García Paniagua y fue uno de los constructores de la Dirección Federal de Seguridad, el organismo encargado de reprimir protestas, levantamientos y guerrilla entre 1968 y 1980. Allí, en los sótanos del edificio en la calle de Morelia número 8, en la capital de México, el padre de Omar encarceló, interrogó, torturó y desapareció a los enemigos del régimen priista. La Guerra Sucia fue uno de los periodos más oscuros del México moderno, y no todas las ejecuciones y desapariciones que la DFS realizó han podido ser aclaradas. Una Comisión de la Verdad de Guerrero investigó este periodo y describió los Vuelos de la Muerte que se realizaban en Acapulco, coordinados por el general Mario Arturo Acosta Chaparro. Un avión despegaba de Pie de la Cuesta llevando a guerrilleros capturados en aquella entidad para tirarlos en altamar. Así murieron cientos de combatientes y de personas que ayudaron a los movimientos insurgentes de Lucio Cabañas Barrientos y de Genaro Vázquez Rojas.

Javier García Paniagua tenía un hijo, medio hermano de Omar, que se llamaba Javier García Morales, a quien ejecutaron el 6 de septiembre de 2011 en Guadalajara. Estaba acusado de tener relaciones con el cártel de Juárez, con Amado Carrillo Fuentes y con Juan José Esparragoza Moreno, El Azul, pero ninguno de los expedientes abiertos en su contra prosperó. Mejor las balas lo señalaron como culpable de algo que la ley no podrá probar nunca. Junto con Miguel Nassar, el gran torturador del priismo, el hermano muerto de Omar se dedicó por un tiempo al contrabando de autos y motos de lujo desde Estados Unidos, donde las adquirían robadas y las ingresaban al país para venderlas.

A García Morales no lo perdonaron y dos pistoleros le arrebataron la vida cuando salía de un restorán en la colonia Providencia, en la capital de Jalisco. Tenía 58 años y una carrera política mediana, pues fue secretario general adjunto del PRI nacional en 2004.

Por eso, que Omar García haya sido elegido por el gobierno de la Ciudad de México como el responsable de la seguridad se sigue cuestionando. Apenas el 11 de junio, el gabinete de López Obrador supo, por una grabación, que habría un atentado en contra de un funcionario de alto rango por parte del CJNG. Esto, según el columnista Raúl Rodríguez Cortés, que el 17 de junio apuntaba que la DEA había autenticado ese mensaje y adelantaba, como un vaticinio, el nombre de cuatro posibles blancos: el secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard; el director de la Unidad de Inteligencia Financiera, Santiago Nieto; el secretario federal de Seguridad, Alfonso Durazo, y Omar García. El columnista no erró.

El atentado de hoy, en la esquina de Monte Blanco y Paseo de la Reforma termina de afirmar que el gobierno federal no tiene un plan de verdad contra el crimen organizado en México, y que éste se encuentra fuera de control, muy por encima de los tres ejércitos con los que cuenta la Federación para cuidar la seguridad pública y combatir a los cárteles. Después de la balacera, los civiles que conforman el Consejo Nacional de Seguridad Pública, al mismo tiempo, exigieron a las autoridades que fortalezcan la implementación de estrategias de inteligencia penitenciaria, que se elaboren carpetas de investigación, así como estrategias de apoyo para adolescentes y niños. Quienes firman, Jorge Contreras Fornelli, Saskia Niño de Rivera; Alejandro Martí García, Juan Manuel Hernández Niebla, James Tobin Cunningham, Jacqueline García Vázquez y Marcos Fastlicht Sakler tienen apellidos que merecen, cada uno, su propia carpeta de investigación.

Deja un comentario