Stella Cuéllar

Toluca, México; 2 de mayo de 2020. Hace unos días mi queridísima amiga Dalila Franco me invitó a participar en uno de esos retos que abundan en Facebook. Se trataba de decir cuál era mi autor y libro favoritos, compartir qué género es el que más amo, y recomendar algún libro para estos tiempos de encierro. De momento no supe si quería participar, pero sin duda me hizo pensar. Porque en realidad yo no tengo un autor o libro favoritos, ya que este lugar de privilegio en mi gusto lector lo han ocupado muchos a lo largo de mi vida.

Por ejemplo, cuando comencé a leer, siendo aún una chiquilla como de 11 años, Louisa May Alcott me atrapó con Mujercitas. Por supuesto que Jo se convirtió en un modelo a seguir, porque la percibía rebelde, fuerte, rompiendo patrones. Pero poco después, leí Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, y la pasión de Catherine la sentí mía. Amé su arrogancia, su fuerza, su ímpetu incansable, su belleza; incluso amé sus arranques, su voracidad y lloré cuando al final tiene que asumir las consecuencias de sus errores.

Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, también robó mi corazón. Fue un libro que devoré, y me seguí con Veinte años después, que no provocó el mismo impacto que el primero. Y cómo olvidar lo que causó en mis emociones el fantástico libro Rojo y negro de Stendhal. Cada página me llevó a acompañar al joven seminarista, despreciado por su ruda familia, rebasado por sus sueños y ambiciones, al que le cambiará la vida, a partir de la lectura de un libro.  La extraordinaria narrativa de Stendahl, prodigio del realismo francés, me sumergió en un ambiente que lo tiene todo: misterio, amor, crimen. Cuando lo leí, creí que jamás volvería a leer algo tan perfecto, y no creí que pudiera llegar a admirar a otro escritor como lo admiré a él.

Pero la vida sigue y los libros comienzan a acumularse en los libreros y a ocupar espacio en los burós. Conocí, no recuerdo bien cómo, la obra de García Márquez, que no me atrapó de golpe, ni siquiera con su Cándida Eréndira, pero en cambio, La crónica de una muerte anunciada, la leí de corrido y sin parar a mis 16 o 17 años. Después, ya no pude soltar a Gabo, quien compartió un lugar especial en mis amores literarios con Vargas Llosa, con Ibargüengoitia y con Arreola, entre tantos. Los libros me parecían divertidos, a veces duros, otros tremendos o sensacionales. La fiesta del Chivo, Pantaleón y las visitadoras, La feria y otros más hicieron mis delicias.

A la par, leí a Heinrich Böll, su libro El pan de los años mozos me hizo crecer, madurar y amar la literatura alemana, y Opiniones de un payaso, simplemente me fulminó. Recuerdo que me llamó mucho la atención que la obra estuviera escrita en primera persona, casi casi como una confesión. Hans Schnier dice de sí mismo, “Soy un payaso y colecciono momentos”, y pensé: eso justamente somos todos. Este payaso lo ha perdido todo: el horizonte y el camino, y se encuentra perdido. Heinrich Böll retrata, como pocos, lo que es venir a menos, la pérdida de sentido, y el sentirse ajeno a la felicidad, que le es prohibida. Y así, de manera natural, y con otras muchas lecturas de por medio, y tímida por mi pequeñez lectora, me acerqué a un inmenso, a James Joyce y a su Ulises. Pude reconocer al escritor poderoso, inigualable, y me marcó para siempre. Pero llegaron después de él Samuel Beckett, con Esperando a Godot, Molloy y El innombrable. Con el conocí y quedé estática ante el teatro del absurdo que retrata con tanta crudeza las incongruencias y estupidez de la condición humana. Me dejé llevar por la nostalgia, la tristeza, la depresión de esos textos maravillosos.


Los libros de Margarite Yourcenar marcaron un antes y un después, Alexis, Fuegos, El tiro de gracia, Memorias de Adriano… la Yourcenar escribió hasta el cansancio. Es una escritora redonda, perfecta. No hay un libro suyo que pueda calificarse como menor. Sólo puede medirse con ella misma.

A la poesía me acerqué tarde, ya en tiempos universitarios. Antonio Machado se volvió uno de mis preferidos, y lo sigue siendo hasta ahora. Pero la poesía de Octavio Paz me encanta. Muchos de sus poemas me han acompañado en momentos importantísimos de mi vida. Pero luego leí a Rubén Bonifaz Nuño, y entonces Sabines y todos se hicieron un paso para atrás. Neruda a veces iba y otras venía. Y disfruté a César Vallejo, a Vicente Huidobro y su “Altazor”; a Jaime Labastida. Y comencé a leer también a poetas y narradores que son amigos, y los amé más por sus obras, y los sigo queriendo siempre por ellas. Eduardo Langagne, Rodolfo Mata, Mónica Braun, Eduardo Cerecedo, los poemas amorosos de Mauricio López. Los libros para niños también roban mi corazón. Y recuerdo entonces los trabajos de María Luisa Valdivia Dounce y Rosalía Chavelas y un sinfín más.

Y comencé con el tiempo a pasar de las novelas a la poesía. Michel Houellebecq con su libro Las partículas elementales me gustó mucho, pues es una novela que roza el ensayo, sin dejar nunca la narrativa literaria. Con un ritmo formidable toca temas crudos del presente y llega a adentrarse por completo en la ciencia-ficción, pues llega al año 2079, cuando la tecnología a dado a luz a un nuevo hombre, que ha sustituido al hombre natural, del que ya casi no queda ni uno… Las páginas nos empapan de un humor sarcástico, con las que se tiñe el cruel presente. Michel Houellebecq parece apostarle a la simpleza, al vitalismo, y sí, me volví su fan.

Segundo cuerpo es el último libro que escribió Milorad Pavic. Yo no conocía a este autor, y la novela me la regaló Antonio Laguna, un entrañable amigo editor, y es uno de esos regalos que nunca termina uno de agradecer lo suficiente, porque es un libro extraordinario. Con una narrativa muy bella y un lenguaje muy ágil hace una entrañable referencia a ese segundo cuerpo, el espiritual, y lo que sucede cuando nos separamos del primer cuerpo, que nos acogió y nos hizo creer que lo que es él es lo que somos. No mencionar a Yukio Mishima o a Murakami, a Saramago a Umberto Eco o incluso a Bertolt Brecht es delito de alta traición, como lo es no decir que Elena Garro fue la preferida entre los preferidos, que han sido muchos.

También hay libros y autores que se han ocupado el escaño más alto de mis preferencias, y que sus obras no son literatura. Por autores como Carlos Mendoza he podido acercarme a temas de teología. Me ha conmovido y contagiado su manera de amar al prójimo; su fe combatiente ha colocado a sus libros en un lugar privilegiado de mi librero. Y Alberto Vital me mostró a un Rulfo mucho más profundo que el que yo conocía. Al releer al gigante de las letras mexicanas de la mano de este experto, aprendí a disfrutarlo y apreciarlo con muchas más herramientas, y a la par conocí a Alberto, y sí, también es uno de mis preferidos. Y hay libros que se vuelven retos para el entendimiento; otros que son cátedras. Hay unos autores y libros que son bálsamos, otros son manuales de odio, y todos, en su momento, han sido y son mis preferidos.

Los libros de reporteros serios, comprometidos, duros, también ocupan un lugar privilegiado en mis gustos y afectos. Por supuesto, está el trabajo de Miguel Ángel Alvarado, que hace exponencial mi amor y admiración por él. El libro que escribió con Félix Santana y Francisco Cruz, La guerra que nos ocultan, me parece que debe ser leído por todos en México, porque despeja muchas dudas y aclara muchas cosas sobre lo que sucede en el país. Miguel Ángel Alvarado es un maestro en solidaridad, en empatía, pues no todos se atreven a denunciar, o a prestar su voz a otros que han sido silenciados. Magali Tercero hace lo propio en su libro Cuando llegaron los bárbaros, libro que me estrujó el corazón de horror. Otro libro entrañable de periodismo es La fosa de agua, de Lydiette Carreón, que retrata como nadie el genocidio perpetrado contra mujeres en Ecatepec.

Y si de libros de terror hablamos, no concibo libros de este tono sin mencionar los de Rubem Fonseca. Sus cuentos de terror urbano difícilmente encuentran calificativo, pero lo que sí sé es que me han dejado abatida. Y están también los cuentos de Mariana Enríquez de su libro Lo que perdimos en el fuego, que son en verdad espeluznantes. Esta joven escritora con muy pocas frases, pero contundentes, logra que lo cotidiano se convierta en pesadilla. Tiene la maestría de hacer que el miedo sea algo que se puede respirar, tocar, oler. Pero no por leer a estos que cito deja de fascinarme Bram Stoker y su Drácula.

Entonces, no, no tengo un autor preferido, ni libro preferido. No amo a un género literario más que a otro. Cuando un libro me atrapa, se vuelve mi consentido y su autor el mejor. Cada libro que me seduce, que me conmueve, que me paraliza de miedo, que me hace llorar porque me sacude, o que me proyecta a tiempos y sitios inexistentes es mi preferido mientras lo estoy leyendo. Cada autor que me atrapa con su narrativa, con su poesía, con su manera de construir, con sus ritmos, sus tiempos, sus pausas, sus silencios, se vuelve mi favorito. Y entonces recomendar un libro, así, lanzado al aire, puede volverse una tarea de locos, porque no quieres que ese libro caiga al suelo y se deshoje porque no hubo un buen receptor. Me gusta recomendar con un contexto, para estar segura que ese libro que recomiendo hará en el nuevo lector al menos, el efecto que hizo en mí, pero por supuesto que siempre espero que haga más.

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