Miguel Alvarado

Toluca, México; 25 de enero de 2020. A veces, en realidad casi siempre, resulta terrible la vida en torno a la escritura. No porque no sea placentera, o porque no se encuentre una actividad relacionada de la cual pueda obtenerse dinero, que además luzca, permita, desarrolle expectativas.

Hay una foto que sube el muro de Centro Toluqueño de Escritores. En ella aparece un joven literato llamado Ariel Arévalo, que presentaba, el viernes 25 de enero por la noche, un poemario titulado “Constelaciones”. Desde la soledad de una mesa cubierta con un paño rojo, el joven Arévalo aborda la lectura en voz alta y al mismo tiempo al amplio espectro del público, que, se ve, es apenas de siete personas.

Era viernes. Era de noche y hacía frío. Era Toluca y lo mismo habría sucedido si la lectura se programara en sábado o domingo, lunes o martes, en enero, febrero, marzo o abril. Hay otros foros, otras ciudades, claro, que llenan esos espacios por diferentes motivos, incluso los literarios. Yevgueni Yevtushenko, el poeta soviético nacido en Siberia, llenó el palacio de Bellas Artes, en la década de los 70, como si se tratara de Juan Gabriel. Lo hizo varias veces y los que acudieron ahí no entendieron nada porque la lectura se realizó en ruso.

-¿Y?- decía el poeta jalisciense Guillermo Fernández, asesinado después en Toluca, y cuyo caso se lo tragó entero la antigua Procuraduría del Edoméx. Fernández se refería al ritmo que se le escuchaba al ruso, el cual es una de las bases de la literatura que se aprende leyendo, escuchando música, a veces de los Doors, o viviendo por ahí, afuera, entrando y saliendo, regresando y avanzando, borrando, desborrando, pero atreviéndose.

Escuchar, pues.

Fernández también era traductor y de los buenos. Del italiano, lo cual le permitía proponer colecciones a universidades como la UNAM y de paso la misma UAEMéx. También era editor, pero prefería colaborar. En la ciudad de México todos le publicaban y en Toluca sus artículos y poemas salían en revistas como Castálida o La Colmena, la primera una revista del Instituto Mexiquense de Cultura, y la otra revista de la UAEMéx, ambas de competente manufactura editorial, a las cuales se les metía todo el dinero, lo cual estaba muy bien.

No sé si sigan apareciendo, ojalá sí.

Desde entonces, la apuesta de la Universidad por un espacio literario había dado vuelcos. Las hojas de las revistas mencionas eran para los jóvenes, pero la mayor parte las ocupaban los talentos veteranos, algunos muy locales, y que se convirtieron en los participantes habituales, acaparándolas. Me imagino que para eso se hace una revista, para que la oferta literaria pueda encontrar un canal de comunicación. Además, es difícil encontrar a quienes escriban bien y puedan hacerlo casi por amor. Por eso decíamos acerca de lo terrible que puede resultar la vida en torno a la escritura. Uno termina cansado, muy cansado. 

Esas dos revistas le dieron a la Universidad un lustre difícil de opacar hasta ahora, con todos los asegunes que implica la edición de una plataforma así. Papel prístino y de distintos tipos y gramajes. Hojas a color y ensayos fotográficos, hasta cómics o ilustraciones narrativas pasaron por esas páginas. Y por eso los trabajos se conservan. Hace 25 años el trasiego en internet tenía otros ritmos y canales. Hoy, me da la impresión de que todo se pierde, electrónicamente hablando.

Ahora es el turno de la revista Grafógrafx.

Los tres números que lleva indican que va por buen camino. Son tres números de una revista que muestra a los creadores literarios de hoy, de ahorita, sin desdeñar tampoco a algunos autores de 50 años o más. Otra vez, la UAEMéx le apuesta a la solidez del papel pero también a la herramienta de la palabra. Dirigida por Sergio Ernesto Ríos -un joven editor que además mantiene una curiosa librería de papel, aunque alojada en las redes sociales, en la cual se encuentran pequeñas maravillas- y editada por Mauricio Pérez Sánchez, sale cada tres meses y está en la búsqueda de su identidad, todavía. Su estructura es sencilla y consta de un conglomerado de poemas y cuentos, así como de una entrevista sin pretensiones a alguno de los autores compilados. Tiene sus guiños, dos de ellos muy rescatables que se reflejan en las preciosas portadas que ofrece y en una separata que contiene la colección de poesía “En Marte aparece tu cabeza”, nombre del cual no sé qué pensar aunque me forma una sonrisa.


Grafógrafxs responde a la necesidad de llenar un vacío en lo que a la actividad literaria joven respecta.

Cuando sea el momento, deberá responder, también, al vacío cada vez más denso en cuanto a contenidos necesarios, que reflejen la realidad social que se vive. La literatura no solamente debe distraer, o matizar, como aún le sucede a la revista en cuestión. Debe abordar la realidad para meterse a esa entraña, porque ya es un testigo de nuestro tiempo.

Ojalá Grafógrafx no sea un convidado de piedra, solamente.

Deja un comentario