Miguel Alvarado

Toluca, México; 25 de enero de 2020. Una de las improntas siniestras que ha marcado la historia de la humanidad es el asesinato, el comercio de la muerte, la tasación de la vida en un precio. Eso del homicidio es, en todo el mundo, una industria boyante que no genera facturación porque todavía las haciendas no han sabido cómo integrarlo a las economías formales. Quizá no haga falta, porque de todas maneras ya se factura, aunque poco, cuando las empresas que usan el homicidio, los desplazamientos forzados y la intimidación como herramientas de trabajo, declaran sus ganancias.

El valor de la vida humana, desde la perspectiva del saqueo de regiones desde las cuales se llevan minerales y riquezas naturales sin procesar a otros lados del mundo, es igual a cero, a nada, a poco menos que nada. A eso se le denominó “necropoder” (necropower, dicen elegantemente) o “necropolítica, y es un tipo de violencia letal definida perfectamente. Si bien es la más salvaje, sanguinaria, incontenible y casi nunca castigada porque implica la participación de gobiernos y empresas trasnacionales, no es la única. Hay otros tipos de violencia, otros asesinos, que se forman al paso de los años en los caldos de cultivo de sociedades saqueadoras y saqueadas, y que de pronto se toman por locos, inadaptados, al menos sociópatas y rencorosos. Quizá pueden ser todo eso, aunque el oscuro origen de un asesino serial, un serial killer, depende de muchos factores que subyacen en los baños de sangre a los que someten estos personajes a la sociedad en la que viven.

Toluca, una ciudad en la que pasa todo, pero como en un letargo, tiene ya su propio serial killer en la figura de Óscar García Guzmán, estudiante de psicología en un campus UNITEC de la capital mexiquense. Mató a seis personas, entre ellas a su padre, y se habla de por lo menos otras tres. Quienes fueron sus compañeros refieren que en clases expresaba que su mayor deseo era poder matar, sentir el poder que eso confiere, traducen sus compañeros, que veían extrañados pero nada más, la propensión hacia la violencia de quien luego fue llamado el Monstruo de Toluca. Seis carpetas de investigación fueron abiertas en torno a este joven, de no más de 28 años, y cuyo perfil se desdibuja cuando se intenta estudiarlo. Por un lado, amante de los animales y por otro asesino sin piedad de mujeres. Por un lado, hijo sumiso ante su “jefa” y bronco ante las muestras de afecto de su madre, como se apreció en la llamada realizada entre ellos que la Fiscalía se encargó de difundir. ¿Qué se podría aprender de alguien como Óscar García Guzmán, más allá de lo obvio que resulta como producto de esta sociedad inexcusablemente enferma?

No cabe duda que el crimen, la violencia y el homicidio representan temas de infinita posibilidad, y parecen estar eternamente de moda. Uno de los gurús más notables de la filosofía actual, aunque medianísimo escritor, Slavoj Zizek, dice, a propósito del significado de la violencia que “en la película Psicosis, de Alfred Hitchcock, el asesinato en la escalera del detective Arbogast nos proporciona el hitchcockiano plano desde el punto de vista de Dios. Asistimos desde arriba a la escena del pasillo del primer piso y las escaleras. Cuando la extraña criatura que chilla entra en el encuadre y comienza a apuñalar a Arbogast, pasamos al punto de vista subjetivo de la criatura: un primer plano del rostro de Arbogast que cae apuñalado por las escaleras, como si, en su giro desde una toma objetiva a otra subjetiva, el mismo Dios hubiese perdido su neutralidad y hubiese «caído en» el mundo, interviniendo con brutalidad, repartiendo justicia. ‘Violencia divina’ significa aquí intrusión de la justicia más allá de la ley”. (Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales, 2008).

¿Entonces, Dios, divinidad y un grado infinito de impunidad también propician las acciones de un asesino serial? El tema de los asesinos seriales es todo un rollo, pero no lo era tanto cuando a alguien se le ocurrió estudiar a los asesinos más sanguinarios. Estudiarlos, pero estudiarlos en serio. Esa idea se le ocurrió al agente del inefable FBI de los años 70, John E. Douglas. Clasificar los perfiles y reunirlos en una especie de catálogo que permitiera inferir acciones y reacciones de un asesino de tal naturaleza. Douglas, por cierto, acuñó el concepto de serial killer y escribió un libro, ayudado por Mark Olshaker, que llamó “Mind Hunter: Inside the FBI Elite Serial Crime Unit”, en el cual narra sus peripecias a la hora de enfrentarse a asesinos convictos y tratar de entrevistarlos para obtener algo, por lo menos una historia no judicializada en el proceso de los tribunales. Y lo que obtuvo, después de un tiempo de desempeñarse en una posición sumamente interesante porque resultaba novedoso como enfoque policiaco, fue un caldero lleno de sustancias que jamás alcanzó a explicar los compartimientos sanguinarios.

Douglas estaba al frente de una unidad del Centro Nacional para el Análisis de Crímenes Violentos, desde la cual entrenó y capacitó a agentes para estudiar a los terribles homicidas.


Y la verdad es que por sus manos pasó toda la galería criminal de Estados Unidos de aquellos años, verdaderos “rockstars” o “sacerdotes negros” del homicidio.

Todos, o casi todos, desfilaron, uno por uno. Entrevistó a Ed Kemper; a Charles Manson y a su Familia miserable; al asesino del BTK; a Ted Bundy; al Hijo de Sam, David Berkowitz, a James Earl Ray, y a Wayne Gacy, entre otros. De esa increíble labor nacieron estudios como el Manual de Clasificación Criminal y series de televisión como Mindhunters, una exquisita recreación de la vida de Douglas dirigida por David Fincher, quien entrelaza en un tejido finamente hilado casos espeluznantes pero tan misteriosos como el asesinato de 29 niños negros de Atlanta, entre 1979 y 1981.

La serie televisiva de Mindhunters representa una de las mejores narrativas visuales en este tipo de producciones, popularizadas hace unos años pero lanzadas al estrellato por plataformas como Netflix, que además produce cine y series con una calidad superior a Hollywood, lo cual tampoco es tan difícil. Dos temporadas absolutamente inquietantes, y una tercera en ciernes, la cual nadie sabe cuándo llegará, han colocado a Mindhunters en la cima. Los logros de la serie son muchos y variados. El primero, el ritmo narrativo que permite a quien la mira adentrarse en la vida privada de los investigadores de manera natural. Como es una ficción, Fincher se toma licencias y mezcla de forma magistral la sordidez del homicidio con la sordidez de la sociedad que lo incuba, y que como una mano fantasma amenaza a cada uno de los protagonistas desde sus puntos más débiles: la necesidad de tener siempre la razón del agente Douglas, que en la serie se llama Ford; la pesadilla de sospechar que el hijo pequeño de otro agente, Bill Tench, es potencialmente un asesino a sangre fría, o lo obsesivo que resulta la soledad para la psicóloga Ann W. Burgess, otro personaje interpretado por la actriz Anna Torv.

Al mismo tiempo que los gringos batallaban con asesinos seriales, en la Unión Soviética, por ejemplo, los casos se silenciaban. Fue hasta que Andrei Chikatilo fue atrapado que la impenetrable URSS aceptó que un solo hombre había matado a 56 personas, casi todos mujeres y niños, entre 1978 y 1990. Detrás de su pista había más de 600 detectives que además debieron sortear la terrible burocracia soviética, que hizo todo más difícil. Chikatilo no está en la lista de entrevistados del agente Douglas, que sin embargo tuvo ante sí a personajes tan sanguinarios como el ucraniano, a quien llamaron el Carnicero de Rostov. Ese y otros asesinos han despertado el interés del cine y de la literatura para construir sobre ellos distintas historias y mostrarlos al mundo de alguna manera.

En México, un país consumido por una guerra que nos ocultan, cuya cara es la devastación cotidiana de la muerte, nadie se espanta. Aquí la vida no vale nada, y eso se ha instalado hasta en la canción de José Alfredo Jiménez, que ha impregnado el corazón de generaciones. Lo terrible que resulta esa canción es que dice la verdad.

El cine y la series sobre asesinos son apenas un pálido reflejo que pensamos que no nos toca, y si lo hace, incluso nos provoca risa. Una escena del documental “No te metas con los gatos”, en una modalidad narrativa llamada “true crime”, nos da un ejemplo. Una de las jefas de policía de Montreal, Canadá, llora conmovida porque ha encontrado el cadáver de un joven asiático, asesinado por un canadiense que además ha filmado y subido a internet el hecho. Al ver el video, ella dice, palabras más o menos, que era “la primera vez que veo un asesinato. Siempre había estado en escenas donde el crimen ya había sucedido”. Y entonces se derrumba.


En México, eso apenas saca una sonrisa, y la frase de “eso no es nada, si vieran lo que pasa en Guerrero”, se queda colgando de la boca.

Mindhunters es una serie que enseña la técnica de narrar una historia y la manera en la que la literatura se apropia de las imágenes o viceversa. Pero, sobre todo, enseña a valorar la vida, la cual es frágil y se encuentra a merced de cualquier cosa.

De un asesino serial, por ejemplo.

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