26 mayo, 2024

La calzada de los muertos

La calzada de los muertos

Karen Colín/ Marco A. Rodríguez/ Miguel Alvarado

Se cruzan. Se cruzan. Se siguen cruzando.

En esta avenida siempre hay alguien que quiere ir al otro lado. Atraviesan los cuatro carriles, además de las vías del ferrocarril del Kansas City Southern, un monstruo que parte en dos a la ciudad con sus máquinas y su carga misteriosa a cuestas. ¿Qué habrá en esos contenedores, esos enormes catafalcos que irremediablemente hacen pensar en ataúdes en esta época del año?

Se trata de la carretera Toluca-Atlacomulco en su primer tramo, que va del Puente del Cambio hasta la Universidad de la Salud, rumbo a la caseta de cobro de El Dorado y que tiene una extensión de 10 kilómetros, aproximadamente. Sus cuatro carriles, aunque recorren una línea recta, están considerados como las salidas -o los accesos, según sea el sentido en el que uno viaje- más letales de la ciudad.

Esta es la Calzada de los Muertos y si uno pasa por aquí, podrá entender por qué.

A la orilla de la carretera, en cada uno de sus cuatro carriles, se encuentran las marcas de la muerte: son los cenotafios, que en forma de cruces, sobre todo, señalan el lugar donde alguien ha muerto. En plena calle, a la vista de todo.

El cenotafio es tan antiguo como lo es el misterio de la muerte para el hombre. Y cuando éste se dio cuenta que su destino inevitable era morir, decidió que preservar los recuerdos podía funcionar como un arma en ese combate siempre perdido contra la muerte. Un cenotafio es un monumento vacío, en ausencia de cuerpo, que indica a los deudos el lugar donde su familiar o amigo murió. Señala, sí, el sitio de una muerte violenta, que en el caso de la salida hacia Atlacomulco identifica sobre todo a los atropellados.

En esta vialidad hay 72 marcas. 72 muertos de todas las edades y condiciones que intentaron pasar la autopista sin saber que atravesándola encontrarían su destino, y que más allá de esos carriles no había nada para ellos.

Nada, excepto un cenotafio.

Aquí todos están en riesgo, también los animales, sobre todo los perros cuyos cuerpos, esos sí, se quedan por lo general en el lugar de su muerte hasta que se apiada de ellos la podredumbre, el olvido de la carne que se hace añicos al paso del tiempo, de los autos, de la mirada espantada de los vivos que observa los ojos cristalizados, la lengua seca del cuerpo que está, pero que ya no existe.

Una cruz, dos cruces, tres, cuatro y así hasta completar esas 72 marcas que nadie se lleva porque, aunque son símbolos nacidos del amor, también tienen la función de capturar el alma, o parte de ella, de quien ha muerto.

Por eso nadie se las lleva, nadie las maltrata y sí, en cambio, les dejan flores y procuran conservarlas porque, ¿quién sabe? Algún día nosotros podríamos necesitar una.

Esta es la avenida de los atropellados, de las cruces, de la ausencia del cuerpo.  

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