26 mayo, 2024

La miseria

La miseria

Miguel Alvarado

Toluca, México; 12 de agosto de 2019. Las esquinas de los grandes cruceros y avenidas en Toluca no solo están llenas de personas que trabajan en oficios impensables. Son, más bien, una de las confirmaciones de que algo se está haciendo muy mal desde hace mucho.

Prácticamente todos los oficios que nadie quiere hacer -y que nadie debería hacer- están ahí, reforzados todos los días por pobres cada vez más miserables que no tienen ningún tipo de oportunidad y porque algunos ni siquiera se dan cuenta de que lo que hacen está diseñados para mantenerlos ahí, para siempre.

Están los limpiavidrios, los vendedores de cigarros, los que pulen las llantas y los rines, aquellos que le dan un trapazo al auto, los que venden frutas y aguas, los que hacen malabares como faquires y quienes exhiben a los niños pequeños para alimentar el sentimiento de piedad o compasión.

También están los expulsados de su tierra, los despojados de sus casas y quienes han perdido todo en sus lugares de origen y no tienen a dónde ir. Son los desplazados mexicanos y los migrantes centroamericanos. Estos últimos, hasta hace dos años no se veían en Metepec ni en Toluca porque aquí no había nada que los atrajera, no había ni siquiera ayuda. Hoy que la hay, ahora que la tienen porque por lo menos existe un refugio que les da de comer, techo y servicios, se han vuelto visibles, y con ellos su propia condición de excluidos.

Pero los que viven en torno a los cruceros no están mejor que ellos, anclados en las condiciones que la calle puede ofrecerles, y que son prácticamente nulas.

No es tan fácil superar la miserable pobreza, que en México tiene más de 500 años, cuando se aplicó como una medida de sujeción a los cambios impuestos por los españoles que se allegaron todo lo que había a la vista: desde la propia vida de los indígenas hasta la geografía del territorio, lo que había arriba y debajo. Se fueron apropiando también de la voluntad, del espíritu, del tiempo, del pasado y, en fin, de todo aquello que daba forma y expresión a los mexicanos.

La miseria es una reunión de circunstancias, pero de circunstancias que con el paso del tiempo arraigaron tanto que se convirtieron en hábito, lo cual convino sobremanera a los gobernantes abusivos, a los dueños de los medios de producción, a los líderes sociales y sindicales corrompidos y en fin, a todo aquel que se ha aprovechado de alguien. Y ese hábito, finalmente usos y costumbres, ha sido también base de la naturalización de injusticias que incluso tienen o tenían justificaciones legales. Una de ellas, por ejemplo, a mediados del siglo pasado, en el Estado de México, decía que si un hombre asesinaba a una mujer, ese homicidio tendría atenuantes cuando se juzgara, si se comprobaba que se trataba de un crimen pasional, porque había una justificación entendible y comprensible dado que el agraviado podría perder la cabeza debido a la infidelidad recibida. Eso en el caso de un hombre, pero al revés no sucedía lo mismo y ninguna ley o consideración puso a las mujeres en el mismo caso. Solo ellas, se daba a entender, cometían adulterio. Eso, y otras cosas que se aprenden desde la educación recibida por la propia madre, o desde la ausencia o displicencia del padre, ayudó a la conformación de la violencia contra la mujer tal como se vive ahora, y de la cual nadie se da cuenta, porque es normal, porque siempre se practicado, porque es parte de los usos y costumbres.

Pero una cosa es la pobreza y otra la contención de la pobreza, que tampoco tienen nada que ver con la erradicación de la misma, un tema hasta ahora meramente electoral en las agendas de quienes deciden el destino de los recursos públicos y cuya bandera se enarbola cada vez que se activan las maquinarias del voto.

¿Qué se requiere, entonces, para dejar de se pobre? ¿Educación? ¿Solidaridad? ¿Programas sociales? Porque la pobreza no solamente es vivir en condiciones de calle, pues eso representa el extremo de lo infrahumano. Está también la moderna esclavitud derivada de salarios que en el Estado de México, por ejemplo, no superan los seis mil pesos mensuales para obreros y burócratas y que obligan a buscar otras fuentes de ingresos a costa del tiempo que se requeriría para el estudio o de plano nada más para el solaz. Las jornadas de trabajo son otro tema que habría que revisar.

Corrupción, miseria, pobreza, delincuencia, los jinetes del Apocalipsis para México.

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