30 mayo, 2024

El linchamiento infame de Daniel Picazo

El linchamiento infame de Daniel Picazo

Miguel Alvarado

Puebla, México; 13 de junio de 2022.

Esta vez el linchamiento llegó hasta lo último. Esta vez la turba no pudo ser contenida, no se detuvo y al grito de “¡vamos a quemar a este cabrón!” le prendieron fuego y dejaron que ardiera vivo hasta la muerte. Sucedió en el estado de Puebla, en la comunidad rural de Papatlazolco, en el municipio de Huauchinango. Puebla, de recuerdos sangrientos desde que Canoa se levantó a medianoche para linchar a estudiantes y empleados municipales que se quedaban a dormir en una de las casas de ese pueblo, acusándolos de “comunistas”, el 14 de septiembre de 1968, se reinscribe en la tradición de matar a rajatabla, sin más pruebas que los rumores, que los miedos atávicos de lo que quiere llamarse colectivo o comunidad, pero que se describe mejor si se menciona a Fuenteovejuna, otro pueblo matador que se ha escudado en su propia entraña para matar a un comendador y que desde 1619, cuando esta obra de teatro se estrenó, no ha dejado de reflejar fielmente las ejecuciones cuyos responsables son la comunidad, la grey, la desdicha alborotada, la ignorancia, pero también el hartazgo de la miseria, la representación del horror humano en todas sus frecuencias.

Fuenteovejuna era una ficción, pero no lo eran los sucesos del pueblo de Canoa ni tampoco los de Tlaxomulco, en Toluca, la capital del Estado de México, en los que ladrones de celulares fueron capturados y pasados a garrote hasta la muerte. O Autopan, donde quemaron el hogar de rateros en moto que habían asaltado a una mujer pero fueron seguidos por más de 300 habitantes, que los acorralaron y los golpearon hasta verlos tirados en el camino. Esa vez fueron cinco los golpeados, entre ellos un muerto, además de otros que quedaron inconscientes afuera de la casa y sus paredes negras, lamidas por las llamas.

Ahora, este nuevo linchamiento, sucedido la noche del 12 de junio, deja las mismas interrogantes que las autoridades se han hecho desde hace siglos. Esa noche, el asesor de la Cámara de Diputados federal, Daniel Picazo, trataba de regresar a la Ciudad de México, en compañía de otra persona. Había ido a esa región porque en uno de aquellos pueblos vivían familiares. Pero era de noche y se había perdido. Cómo salieron mal las cosas para el joven asesor, que apenas tenía 31 años y trabajaba con Joanna Torres, diputada federal panista por Cuautitlán Izcalli. Dio la vuelta equivocada en algún momento, no pudo encontrar el camino pese a los mapas electrónicos que en casi todos los celulares se puede acceder. Mientras él buscaba, la gente del pueblo de Papatlazolco pasaba la voz por mensajes y en grupos de redes sociales: que tuvieran cuidado porque había un secuestrador que intentaba llevarse a los niños, que era peligros y que circulaba en una camioneta. Entonces, en algún momento alguien vio la furgoneta de Daniel Picazo y avisó a los demás. En menos de tres minutos le cerraron el paso y consiguieron forzar las puertas para bajarlos. Fue a él, a David, a quien se le fueron encima y por eso su acompañante pudo escapar.


Entonces lo acusaron de robachicos y no lo escucharon. De todas formas lo fueron calando, le vieron la ropa de fuereño, vieron que no era como los de la comunidad, que no se vestía como ellos, que en realidad era un turista y que en la camioneta que llevaba, si quería, podía meter a cualquiera para llevárselo.

No les importaba que fuera delgado y no tan alto, y menos que les gritara que era abogado y que trabajaba en la Cámara para una diputada, que lo soltaran, que no había hecho nada. No lo hicieron, para qué, si ya estaban todos ahí y la desconexión que el individuo experimenta en reuniones así, agresivas y letales, ya se presentaba. Era sustituida por un movimiento controlado por las voces que gritaban. No todos vociferaban, pero los que gritaban tenían el control de aquella deformidad social, inhumana, que se aprestó a golpear al joven, a quien arrinconaron contra una barda, primero, aunque luego lo llevaron al centro de una placita y a unas escalinatas.

Lo golpearon hasta medio matarlo a pesar de que nunca vieron a un niño secuestrado, de que nunca vieron que el abogado subiera a alguien a su camioneta. No les constaba nada, no sabían quién era, no tenían idea de lo que hacía en esos lugares, pero no les importaba. La turba recibió la orden de prenderle fuego al cuerpo del joven. Alguien tomó un video, de unos cuantos segundos: el joven se tambalea, con el cuerpo encendido como una tea y cae al suelo, donde se convulsiona mientras los niños los ven, lo miran y les preguntan a los mayores qué es lo que está pasando. Los niños no están asustados y siguen hipnóticos el vaivén del cuerpo, del frenesí en el que el abogado se ha transformado. Y eso fue todo.

Los niños, hasta el frente de la turba, miran lo que han hecho sus padres.

Dos fotos, que alguien metió a las redes sociales, muestran la hoguera en la que convirtieron al joven. Las sombras de los perpetradores se recortaron entonces contra ese infierno de carne y sangre y nadie puede decir si gritó o murió de inmediato. Lo que se sabe con certeza es que estaba vivo.

La turba se mantuvo, cada vez más silenciosa, porque eso es lo que pasa con los tumultos cuando de pronto se dan cuenta de lo que han hecho, se quedan callados y sus componentes, esas células dementes que los forman, se fueron retirando entonces. Lo que hacen es darse las buenas noches y no voltear a ver ya más. Si alguien les pregunta, entonces dicen que por algo se le había matado.

El cuerpo carbonizado de Daniel se quedó ahí, casi deshecho, mientras los que estaban cerca se tapaban la nariz. ¿Cómo lo quemaron? ¿Cómo se atrevieron a hacerlo? Poco después, alertada la policía, llegó al lugar, pero ya no había nadie ahí. El cuerpo, ya ennegrecido, estaba tirado donde le habían prendido fuego. Y el pueblo, ese amasijo de cosas fantásticas y crueles, respondió a los interrogatorios con una sola frase: era robachicos. La policía no les creyó porque ni ellos mismos se creían lo que iban diciendo, lo que iban diciéndose con los ojos cada vez que se atrevían a mirarse. Todavía no se sabe quiénes son los culpables, a quiénes se llevarán, a no ser que se lleven a todos.

Daniel Picazo, que se ganaba la vida como asesor de una diputada y que perdió el rumbo cuando intentaba regresar a su casa, será recordado para siempre por el pueblo de Papatlazolco, que no lo conocía, que jamás lo había visto, que se lo encontró de pura casualidad y que lo mató sin preguntarle nada, ni siquiera su nombre.

Por la mañana, en el lugar donde mataron a David, quedaba una mancha carbonizada que había tomado la forma de una persona que intentaba correr. Alguien había colocado un pequeño arreglo florar y otra mano había dejado una lata de cerveza.

Ese fuego en que lo convirtieron quemará para siempre al pueblo de Papatlazolco.

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