18 mayo, 2024

Ataques contra periodistas, cáncer de la impunidad

Ataques contra periodistas, cáncer de la impunidad

Miguel Alvarado: texto. Diseño: Brenda Cano. Imagen. UAEMéx y Miguel Alvarado.

Toluca, México; 7 de junio de 2022.

Al principio, nadie puede sobreponerse a la pérdida de un asesinato. La grieta que se queda en el lugar de quien ha muerto parece ampliarse en cada pulso. Es un latido de piedra, que proviene no del pecho sino de la garganta, donde anidan las rocas que día con día uno se traga. Después pasa, aunque todo siga igual. Uno será la grieta que le recorre de arriba abajo y que se sacia en el derrumbe. No se necesita ser ingeniero, albañil, médico, chofer, pintor, dibujante, escritor, estudiante, jardinero, arquitecto, economista, diseñador, maestro, fotógrafo o contador. Es más o menos igual.

Tampoco se necesita ser periodista para que a uno lo asesinen. El único requisito para que a uno lo maten aquí en México -aunque resulte obvio- es que esté vivo, porque se trata del país de la impunidad: apenas entre el 6 y el 4 por ciento de los delitos de alto impacto se denuncian. Las razones sobran y a veces no son necesarias. “Lo maté porque sí, porque pude”, dicen muchos, demasiados.

Pero hoy es el día de la libertad de expresión, lo cual es algo que se vincula con los medios de comunicación y con los reporteros o periodistas cuando en realidad está relacionado con toda la sociedad, con cada uno de nosotros.

Si nos centramos en los reporteros o periodistas hallaremos una lista histórica de casi 400 asesinados o ejecutados desde mediados del siglo pasado. En este sexenio, el gobierno federal de Andrés Manuel López Obrador reconoce once asesinatos, aunque en realidad son trece, de acuerdo a conteos como el de la organización Tenemos Que Hablar (TQH), una reunión de periodista que pugna por la creación de un sindicato nacional de trabajadores de medios.

El discurso para abordar la violencia contra el periodista se centra en lo general en la participación del Estado y en la intervención del crimen organizado, lo cual es verdad, pero se olvida que esta violencia nace en una circunstancia más estructurada que encuentra su útero en las empresas que contratan a las reporteras, editoras, choferes, diseñadoras, secretarias, personal de limpieza, periodistas y todos los que trabajan en un medio.


Ahí, en el lugar de trabajo, sucede la primera agresión en contra de un periodista, de un trabajador de medios de comunicación.

La organización Tenemos Que Hablar menciona algunas de estas agresiones que cometen, sobre todo, los dueños de las empresas de medios de comunicación, las cuales son:

Violación sistemática a contratos de trabajo, cuando los hay.

Sobrecarga de trabajo que obliga a renunciar para ahorrarse la liquidación.

Acoso laboral y violencia psicológica.

Precarización, que quiere decir que una sola persona hará el trabajo de varias que han sido despedidas sin que su sueldo aumente un solo centavo.

La asamblea Tenemos Que Hablar dice que “un sindicato que proteja a trabajadores podría evitar que se viole la Ley Federal del Trabajo y hacer que se ejerzan nuestros derechos arrebatados y conquistar nuevos”. La inmensa mayoría de los medios de comunicación obtiene sus ingresos de los tres niveles de gobierno, con quienes pactan convenios publicitarios, algunos multimillonarios, que los atan a sus clientes. Las cámaras de Diputados y Senadores, la Presidencia de México, los ayuntamientos, el gobierno estatal y otras instancias de la estructura pública financian a los medios, que no pueden sostenerse de la venta de diarios o de noticias, ni tampoco de publicidad proveniente de empresas privadas como la Ford, la Coca o alguna.

Otros medios prefieren acercarse a fundaciones, lo cual evita las relaciones funestas con los gobiernos, pero crea otras y a final de cuentas también en este rubro se va creando una especie de periodismo elitista, que no de elite. Algunos otros medios desarrollan servicios de diseño, crean editoriales, venden libros y otros productos derivados del propio ejercicio.

En cualquier medio que uno trabaje, encontrará que esa violencia interna puede alcanzarlo o que ya lo atrapó, y que la posibilidad de defensa, aunque existe será complicada, carísima y no siempre se ganará aunque se tenga razón.

Pasada la aduana de la propia Redacción, de la empresa en la que uno trabaja, entonces sí, habrá que reportear. Generalmente no hay apoyos para transporte ni alimentación, y si hay auto, usualmente es el reportero quien debe pagar la gasolina. Tampoco existe un programa de capacitación en ningún sentido y afuera uno está solo, apoyado solamente por los propios compañeros cuando se coincide con ellos. ¿Qué se puede hacer cuando además de las amenazas de la propia empresa, se encuentra uno con las del crimen organizado, con las de los funcionarios del Estado? Pues nada, o casi nada.

El asesinato del periodista guerrerense Francisco Pacheco fue recordado hoy por su familia y por periodistas que platicaron en torno al caso, sucedido el 25 de abril de 2016 en la ciudad de Taxco, Guerrero, y del que no hay un solo centímetro de avance, en la búsqueda de los culpables. Sus hijos Alí, Priscilla, Paloma y Verónica, su esposa, presentaron un reciente documental, “Dos relámpagos al alba”, en el que se narra la historia de este asesinato. Realizado por Coitza y Témoris Grecko, así como por el colectivo Ojos de Perro contra la Impunidad, el trabajo muestra cómo cambió la vida de la familia a raíz del homicidio del periodista. Esa violencia que mató a Francisco Pacheco los desarraigó a ellos, que salieron huyendo de Taxco después de que hombres armados los amenazaran. Se subieron a su vochito y nunca más regresaron, excepto Alí, que alguna vez debió volver para arreglar algunos papeles. Su presencia en Taxco no pasó desapercibida, aunque apenas dos personas lo vieron. De inmediato los halcones comenzaron a seguirlo.

Taxco, en la geografía narca del Estado de México, Guerrero y Morelos, se encuentra en los límites de estos tres, una región de minas y trasiego peleada por Jhony y Alfredo Hurtado Olascoaga, los líderes de la Familia Michoacana; los Rojos y los restos casi desintegrados pero aún letales, peligrosos, de los Guerreros Unidos de Iguala. Ahí hay oro y plata, y un sindicato en paro que ha resistido el asedio de los cárteles por anexarlos a su fuerza de trabajo. En ese lugar vivía Francisco Pacheco, quien no se metía con la fuerza narca pero sí con la alcaldía de Omar Jalil, un priista que siempre que podía aparecía sonriendo en las fotos, pero que no se aguantaba la crítica de Pacheco, que le daba tirria, que lo obligaba a ir a verlo hasta su casa para comprarle todo el tiraje del Foro de Taxco, la publicación en donde aparecían las notas que lo incomodaban.


El periodista era un referente para Taxco, a quien se le hacía más caso que al propio alcalde.

Pero eso se acabó la mañana del 25 de abril de 2016, a las 6:30 de la mañana, cuando dos hombres esperaron a Pacheco a las puertas de su casa. Verónica, su esposa, alcanzó a ver solamente dos fogonazos, que reflejaron su fulgor en la barda que daba a la ventana y supo que su marido había sido herido. Se levantó rápidamente, pero ya no llegó para encontrarlo con vida. Cuando le sostuvo la cabeza, la sangre comenzó a brotar, dice ella, que llora y se conmueve sentada en primera fila, mirando el documental, mirándose ella misma en una posición en la que ella ni su familia debieron estar nunca. Ni ella ni su familia debieron haber salido en el documental, ni convocar a periodistas, ni escarbar en los cuatro tomos del expediente que se ha ido acumulando porque a Francisco Pacheco no debieron haberlo matado.

Alí Pacheco recuerda que después del asesinato de su padre, alguien de la Secretaría de Gobernación habló con él por teléfono y le dijo: “somos del Mecanismo de Protección y queremos hablar con el periodista Francisco Pacheco”.

-Pues ya es bien tarde, porque ya lo mataron- les respondió en ese momento. Hoy Alí es un periodista en Toluca y ahora tomas fotos del foro que recuerda la impunidad en la que se encuentra el caso de su padre y de ellos mismos. Ni un centímetro se ha resuelto.

Ahí, con la familia Pacheco, estuvo también Griselda Triana la viuda del periodista Javier Arturo Valdez, asesinado el 17 de mayo de 2017 en Culiacán, Sinaloa, quien en su mensaje dijo que no se permite pensar que no habrá justicia.

Por la mañana el gobierno federal señalaba que los periodistas sin contrato o free-lance, o por cuenta propia, podrían inscribirse al IMSS y comenzar a cotizar. Este anuncio además decía que dicho proceso de inscripción estaría a cargo de los periodistas Nancy Flores, Enrique Galván Ochoa, Fernanda Tapia, José Reveles y Rubén Villalpando, todos identificados como afines a la Cuarta T. Se abrió un micrositio para dar a conocer los requisitos. El IMSS, sin embargo, cuenta desde hace tiempo con un proceso denominado “Personas trabajadoras independientes”, que hasta calculadora de cuotas tiene. “¿Eres periodista por cuentas propia? Inscríbete al IMSS, para acceder a la seguridad social”, dice la nueva publicidad del IMSS. Luego, pone a disposición del interesado una plataforma donde se pide, como primeros requisitos, datos para el SAT.

Este seguro, dice el vocero de Presidencia, Jesús Ramírez, tiene un fondo de 760 millones de pesos, “que es el 25 por ciento de los 3 mil 40 millones de pesos destinados a publicidad oficial este 2022. Para el seguro, el gobierno fijó el salario mínimo de periodistas independientes en 387 pesos diarios, por lo que la aportación será de 2 mil 139.22 pesos”.


387 pesos diarios multiplicados por 28 días al mes dan un total de 10 mil 836 pesos. Eso casi nadie lo paga en los medios de comunicación de Toluca. Quien los gana, se convierte en una especie de empleado de elite, por lo menos económica.

Los asesinatos de periodistas en México no nos dejan vivir a los que estamos trabajando. No porque temamos, sino porque sabemos que hay que resolverlos y que las autoridades, las anteriores y éstas que han llegado, no lo harán, y que de alguna manera será la familia quien lo haga, con ayuda de un periodista igual o muy parecido al propio Francisco Pacheco, cuyas palabras se han convertido en los verdaderos relámpagos al alba.

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