30 mayo, 2024

Poquianchis: ¿cuándo aparecerá el letrero de «Fin»?

Poquianchis: ¿cuándo aparecerá el letrero de «Fin»?

Stella Cuéllar: texto. Brenda Cano: imagen

Toluca, México; 27 de agosto de 2022

Las Poquianchis es una película que se estrenó en 1976. La dirigió Felipe Cazals, y está inspirada en el escándalo protagonizado por las cuatro hermanas González Valenzuela, Delfa (Delfina), Chuy, Carmen y María Luisa, mejor conocidas como Las Poquianchis, en el estado de Guanajuato.

Es una película sórdida, que da cuenta de lo más podrido y ruin de la sociedad. Las hermanas regenteaban algunos prostíbulos y las jóvenes que trabajaban para ellas eran secuestradas con engaños o francamente robadas de pueblos pauperizados y miserables, a los que llegaban o iban autoridades coludidas con ellas para hacerse de las chicas.

Enseguida eran sometidas a punta de golpizas, hambre y maltratos. Las reducían a bestias de trabajo sexual y son explotadas hasta la muerte en las peores condiciones.

El caso de las Poquianchis fue un escándalo a nivel mundial, pero lo terrible es que hoy día ni siquiera se sabe con exactitud cuántas mujeres desaparecen a todo lo largo y ancho del país para correr la misma suerte, y terminar enterradas en fosas clandestinas que las devoran a ellas y a sus historias.

Las Poquianchis es una película por demás aterradora, porque la corrupción de las autoridades, que se muestra sin tapujos, es la misma con la que se topan los cientos, si no es que miles, que buscan a sus hijos desaparecidos hoy.


En tiempos como los que vivimos, donde los feminicidios alcanzan cifras que nos dejan sin aliento, esta película resulta reveladora. El México miserable de esos años, los cincuentas y sesentas del siglo pasado, es el mismo México miserable y pauperizado de ahora.

Se calcula que estas mujeres, y sus víctimas, a quienes forzaban para que cometieran con ellas los crímenes, asesinaron entre 100 y 200 personas, entre esclavas-prostituidas, niños, bebés, clientes o gente común que sospechaba de ellas, y las liquidaban para evitar que las denunciaran. Enterraban los cuerpos en terrenos baldíos.

¿Cuántos grupos criminales operan hoy como estas mujeres lo hicieron? ¿Cómo es que después de hechos como los que narra Cazals sigan ocurriendo sucesos similares, cobijados por la sordidez cómplice de las autoridades?

Así las cosas, Las Poquianchis es una película de denuncia que revuelve el estómago y estruja el alma, un filme que a la par de mostrarnos lo que sucede en las casas regenteadas por estas mujeres, las hermanas conocidas como Las Poquianchis, visibiliza la eterna miseria del campo, la impagable deuda a la que son sometidos los campesinos, el callejón sin salida en el que se encuentran, el cual es custodiado por las autoridades inevitablemente corruptas e indolentes; vemos la cárcel que es el destino común de los pobres, sean campesinos u obreros, porque hasta de eso hace referencia.

La dirección es impecable, la fotografía de Alex Philips, desgarradora. Las actuaciones de las muy jóvenes y bellas Diana Bracho, María Rojo y Tina Romero conmueven. Malena Doria, Manuel Ojeda, Gonzalo Vega, Ana Ofelia Murguía, Patricia Reyes Spíndola y Salvador Sánchez nos dan cátedra con su estatura actoral.

Lo más terrible de este drama social de aquellos años es que no quedó ahí y sigue ocurriendo, con nuevas caras, pero con el mismo destino. Me basta recordar que cuando mi hija estudiaba un curso de preparación para entrar a la universidad, una chica que asistía fue secuestrada. Mi hermano, que es marino, apoyó para localizarla y apareció en Chilpancingo. Cuando le pregunté sobre lo ocurrido me dijo: “La verdad, no quieres saberlo. Por suerte la rescatamos y está viva. Quédate con eso”. Entonces, mientras yo escribo esto, hay niñas y jovencitas que están siendo vulneradas, corrompidas, envilecidas y finalmente asesinadas y enterradas en fosas clandestinas, o abandonados sus cuerpos maltrechos en las laderas de caminos y ríos, o en llanos y parajes solitarios. ¿Hasta cuándo terminará esto? ¿Cuándo aparecerá el letrero de “Fin”? Parece que nunca.

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