30 mayo, 2024

Los motivos del alien

Los motivos del alien

Miguel Alvarado

Toluca, México; 2 de febrero de 2020. Corriendo por los pasillos, corriendo por el cine a oscuras en la inmensidad que siempre ha sido el teatro Morelos de Toluca. Perseguido por otros niños, derrapando por un cine semivacío, donde cabían mil personas y la pantalla estaba instalada a ras de piso, uno creía estar a bordo del Nostromo, en la gigantesca sala de máquinas y en el laberinto de los ductos de ventilación. A esa edad, y en ese momento no había nada más siniestro que el reluctante rostro del monstruo sin ojos que recorría la astronave con el objetivo de acabar con todo lo que tuviera vida.

Si uno se lo proponía, podía escuchar atentamente el silencio de aquella luz en movimiento que era la película, la cual salía de un cañón de proyecciones envuelto siempre en humo, instalado en una ventanita en la parte alta. Debajo de eso, el negro mar de los espectros corría abrazado a uno, que sentía de alguna manera la profunda convicción de que las historias de verdad se encontraban de este lado de la pantalla.

Todo era posible en 1979, y el mundo, dicho o comprendido como aquello que alcanzábamos a ver, se agitaba por el temor de una guerra nuclear. Los incidentes de Playa Girón y la crisis de los misiles que involucraban a Cuba, la URSS y Estados Unidos habían regalado escenas del apocalipsis, o por lo menos del comienzo de uno de ellos, 17 años antes. En 1962 los frentes termonucleares se abrieron y se declararon: en las dos mitades de Alemania los tanques de uno y otro bando se colocaban, uno frente a otro, con sus cañones tocándose en la delgada línea fronteriza que delimitaba una malla de acero, listos para pulverizarse si se les daba la orden. Misiles nucleares soviéticos habían viajado por mar para instalarse en Cuba, cuyo gobierno marxista-leninista había conseguido expulsar a los gringos y sus gángsters italianos, que se llevaron sus casinos a Las Vegas aunque dejaron el comercio sexual en la isla. Ese viaje atómico había provocado la ira de Kennedy: si los misiles llegaban a Cuba, habría guerra. Los barcos rusos no retrocedieron y siguieron avanzando. ¿Qué era ese mundo al borde de su abismo, que parecía colapsarse por una nadería, algo incomprensible disfrazado de libertad, defensa nacional, geoestrategia o conciencia libertaria?

Ese, el de los misiles intercontinentales, sigue siendo el mundo de ahora.

Y por eso la industria del cine gringo, casi toda patrocinada por las fuerzas armadas de aquel país, insistía. Otras guerras se habían desatado y Vietnam les daba una lección a los mal llamados americanos, que se tragaron la derrota militar porque el objetivo de esa guerra no era ganar en el sentido político que se le ha dado, sino abrir mercados para toda clase de cosas: armas y drogas a cambio de recursos naturales, de sembrar pobreza donde ya la había.

En 1979, el monstruo ciego y de doble hocico acechando en los infinitos pasillos de la nave Nostromo no podía asustar a nadie. Nostromo. Así se llamaba también una novela de Joseph Conrad y describe cómo los Estados Unidos se apoderan de territorios para extraer las riquezas. Esos países, en la realidad, eran Colombia y Panamá, que terminaron separados en la vida real pero gobernados por los gringos hasta la fecha. A Conrad ya se le había ocurrido que eso de las separaciones es, el sentido más apegado a la verdad, una estrategia supranacional que no depende de los pobres ciudadanos libres o que se creen en libertad y que dan forma a una esclavitud tan cruenta y salvaje que no lo parece porque carece de prisiones formales. Las fronteras, las líneas divisorias entre la propiedad privada y la propiedad pública representan el primer eslabón de la esclavitud y por eso la migración se castiga con la vida.

En el espacio, las migraciones siempre estarán de moda y por eso se viaja, para rebasar las fronteras conocidas. A eso iban los siete tripulantes del Nostromo cuando un planeta de oscura luminosidad se les atravesó. Ahí los esperaba su depredador natural.


Y de eso trata la película de Alien, el octavo pasajero, de la sobrevivencia de las especies al costo máximo que significa defenderse e imponerse después hasta el exterminio.

La carrera por la luna había cerrado un primitivo ciclo de intentos por salir del planeta y los gringos habían derrotado a los rusos por lo menos en eso, aunque también en el ajedrez, en 1974, gracias a la locura diagnosticada de Robert Fischer, y debido a ese padecimiento había destrozado implacablemente al maestro soviético Boris Spassky. Como esa locura de Fischer era ese monstruo que vagaba por los confines de la nave Nostromo, injertando en los seres vivos un embrión que crecía, parasitario como un huésped, hasta que el cuerpo en el que vivía no podía contenerlo y entonces estallaba cuando el ser se abría paso entre la carne y los huesos. El nacimiento sangriento y mortal del alien, fue idea de H. R. Giger, un diseñador suizo de fama mundial que lo mismo pintaba fantasía sexuales entre humanoides y algo parecido a la amibiasis, que exploraba también las lindes de Lovecraft y sus sacerdotes apenas reptiles, habitantes de ciudades muertas.

El alien, como representación de sobrevivencia, resulta una ficción efectiva en la que los marginados del mundo de los misiles y del mundo de las redes sociales podrían identificarse. Es, además, la cosificación del sentido de la vida. Se trata de los rebeldes sin derecho a nada, de los inconformes que los son porque no adquirieron la habilidad de la inteligencia. Los marginados son casi todos de oscura piel y viven en lugares perdidos, a veces de acceso imposible. Son mortales, máquinas de matar y refractarios al aprendizaje. Todo eso apenas representa la superficie del monstruo, que en la película es lo que es, una entidad salida de una improbabilidad que ha llegado para no irse porque no necesita comer ni beber. Sólo necesita reproducirse y para eso no requiere de cópula.

En 1979, en el teatro Morelos de Toluca, la aventura de correr por los pasillos del enorme cine terminó cuando el alien brotó como la salvaje flor de sangre que sigue siendo, de uno de los cuerpos de algún infortunado cosmonauta. Entonces, los niños que éramos corrimos hacia donde estaba la mamá, que se moría de vergüenza porque sus tres hijos se habían pasado la mitad de la película gritando y correteando.

– ¡Sangre, mamá, sangre!- dijimos los tres al mismo tiempo, antes de sentarnos y, ahora sí, sumirnos en el silencio oscuro del octavo pasajero, que a veces viene por nosotros y nos lleva, arrastrándonos, a esa sala de cine.

Sobra decir que hoy el mundo -la colonia, la calle, a veces las propias casas donde uno vive- pueden convertirse en pesadillas peores que las de este monstruo animado de fibra de vidrio.

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