30 mayo, 2024

Un país en llamas

Un país en llamas

Miguel Alvarado

Toluca, México; 15 de octubre de 2019. Al gobierno federal no se le pedía nada, y en los términos más estrictos, ni siquiera se le pedían resultados inmediatos. Pero sí se le exigía una sola cosa: que dijera la verdad, que no matizara, que hiciera lo que estuviera dentro de sus alcances. La inseguridad en México es el principal problema, y se padece desee siempre, aunque una cosa sea la inseguridad en un país corrupto como el nuestro y otra la violencia desatada que se vive en un país en guerra, que también es el nuestro. La guerra que nos ocultan, la que ningún gobierno quiere aceptar y la invisibiliza; la que se combate disfrazada de guerra contra el narco o de plano no se enfrenta, es la que da como resultado la matanza Aguililla, en Michoacán, donde 27 policías fueron emboscados y asesinados por miembros del Cártel de Jalisco Nueva Generación de Nemesio Oseguera, “El Mencho” y otros diez agentes levantados. Iban en tres camionetas cuando fueron tiroteados. Las escenas que lograron filmarse no trasmiten ni un poco lo que significa el hecho de vivir en un país en el que se combate, en una modalidad de guerra que no es guerrilla, que no es revuelta, que no es insurrección, y que tiene como finalidad la apropiación y el uso de los recursos naturales. Por supuesto, y porque lo denunció cuando eran oposición, el gobierno federal de AMLO y Morena lo saben.

Lo que pasó en Aguililla, el 14 de octubre, es lo mismo que pasó en Tlatlaya, en julio de 2014. Es lo mismo que pasó en Ayotzinapa, en septiembre de ese año y es lo mismo que en general sucede en las distintas masacres que pueden documentarse. Por un lado, eso, y para cerrar ese círculo, que se define como necropoder y necropolítica -el valor cero de la vida humana- un genocidio de 40 mil desaparecidos oficialmente y más de 200 mil muertos por la violencia en 13 años, el desplazamiento interno de 250 mil mexicanos, también invisibilizado, y la concesión del 25 por ciento del territorio nacional empresas extractivas, megaproyectos, grupos transportistas -como el de los dueños de Flecha Roja- y constructores de caminos y carreteras privadas, por las que hay que pagar para transitar.

Este es un México acotado en su espacio físico. También es un México secuestrado por sus políticos, que promueven la pobreza, la desigualdad y la ignorancia como parte de un programa electoral, que si no funciona por ese lado, entonces lo hace por el de la violencia incontenible.

Sí, no hay guerra, pero Tlatlaya, en el Estado de México, mostró otra cosa cuando soldados y marinos masacraron a 22 personas y a la mayoría de las cuales las hicieron pasar como narcotraficantes cuando en realidad eran defensores de la tierra contra los proyectos mineros que hay en Tlatlaya y que defienden los cárteles locales contratados como paramilitares.

Incluso si se quitara el factor del narco, la entidad concentra el 41 por ciento de los homicidios dolosos, junto con Guanajuato, Baja California, Jalisco y Chihuahua. Aquí se comete el 8.9 por ciento de ellos. Igualmente, es parte d ellos cinco estados con más robo de autos y dos de sus municipios, Ecatepec y Naucalpan, están entre los cinco primeros a nivel nacional en feminicidios. Sólo por decir algo.

Hace pocos años se libró una guerra entre autodefensas y cárteles que sumió a Michoacán en un panorama igual al de Siria. Ahí estuvieron algunos mexiquenses, coordinando acciones, como el ex procurador del Edoméx, Alfredo Castillo, quien construía al mismo tiempo su candidatura como gobernador. ¿Qué hay en Aguililla que se cuida tanto? Es un municipio que desde hace mucho se declaró gobernado por narcos, y cuya superficie se usó, desde hace 30 años, para la siembra de droga. Hace 20 años, como ahora, era imposible pasar solo, policía o civil. Pero eran famosas las fiestas que los narcos organizaban para sus amigos en los rancho de aquella región. Una, por ejemplo, a principios de 1997, da cuenta de mesas con volcanes de cocaína que celebraban el cumpleaños de un narco local. A esa fiesta acudieron amigos y enemigos de aquel hombre, quien por un día olvidó las rencilla y logró reunir a jefes policiacos michoacanos con jefes regionales en aquella bacanal de droga, con todos los excesos incluidos.  

El paraje de El Aguaje mostró el lunes tres camionetas de la policía incendiadas, pero también el miedo para ayudar. Quienes llegaron primero fueron conductores que alcanzaron a ver eso, aunque sus filmaciones no mostraron ningún cuerpo. Un parte policiaco da el nombre de 27 agentes muertos.

Hay algunos audios que dan una idea de la respuesta que a los policías de Michoacán les dieron sus superiores: silencio, y nada más. Uno de esos audios fue grabado en el momento de los ataques, y un oficial reporta, desde su radio, pidiendo auxilio. De fondo, se escuchan las metralletas y alguien se queja, herido de muerte, mientras el policía recita las claves de su corporación: “¡K-8, K-8… en Aguililla… Aaaargh, en Aguililla… Aaaarggh… K8… heridos… 23, K-8, K-8, K-8, K-5, en Aguililla, X-13!”.

Una filmación de civiles que pasaban, describe las camionetas en llamas: “se está quemando, írala… a laaa veeer… ¡hay, güey, se siente la llamarada!”, dice quien graba cuando pasa junto a las pick up envueltas en llamas.

Olga Sánchez, la secretaria de Gobernación, expresó al respecto que se trató de “una circunstancia que se dio” como las que se dan “todos los días”. ¿Qué quiso decir? ¿Que el tema es que esto pasa todos los días, que es normal, y sobre todo que no hay nada que hacer? La Cuarta T, el reflejo deformado del espejo de Peña, Salinas, Calderón y Fox, no sabe qué hacer y por eso decide no hacer nada.

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