26 mayo, 2024

Tulum y la “turmita”

Marcos T. Águila

Hace cosa de unos seis años, en ocasión de una primera visita a la hermosa ciudad de Praga, se me ocurrió llamar “turmita” al creciente y chocante fenómeno del turismo masivo que impide disfrutar a plenitud (a casi todos) desde espacios públicos, edificios, obras de arte o monumentos; hasta parques, jardines, tiendas o restaurantes. En vez de disfrutar estos atractivos, se topaba uno con colas interminables, y una prisa inexorable por desalojar el limitado espacio que uno mismo ocupa. Este es el pan de cada día de los veranos europeos o los parques de diversiones que regentea la empresa Disney en Los Ángeles, Miami o …¡París! Así, las poblaciones nativas de París, Roma, Madrid, Londres, o Praga, han terminado por odiar la ocupación de sus territorios por hordas de extranjeros. La “turmita” combina la palabra turismo con la de termita, una de las plagas más comunes que surgen en las ciudades, de la nada, se agrupan, crecen sin parar y desaparecen de repente cuando menos se espera. Cuando se la ha experimentado, la “turmita” (fenómeno al que uno contribuye) es inconfundible.

La expansión de la “turmita” en el “centro” del mundo capitalista desarrollado ha creado, como una carambola involuntaria, oportunidades en la “periferia”, en espacios donde las atracciones no se ubican preferentemente en la ciudad, sino ligados a la naturaleza, en lugares “exóticos” o vecinos de ruinas ancestrales. De allí la poderosa expansión de los toures marítimos al Caribe, el Báltico, Alaska, la Patagonia o África. Ello explica también el surgimiento vertiginoso de espacios de playas ayer vírgenes y hoy ya saturados de hoteles y servicios turísticos modernos, con apenas una fracción de un ecoturismo en retirada, como el paradigmático caso de Cancún, ya conquistado por la “turmita”, o el emergente mercado de Asia. Dentro de la Rivera Maya, Tulum y Bacalar representan cimas por conquistar para la gran industria del turismo masivo. Las primeras aglomeraciones de la “turmita”, con sus variantes “tropicales”, han comenzado. Cancún recibió a unos 11.7 millones de pasajeros de vuelos internacionales en 2017, y acaso unos 10 se alojaron en diferentes destinos de Mérida y la Rivera Maya, casi una cuarta parte de los 39 millones de turistas en el país en dicho año. Semejante cifra colocó a México en el sexto país del mundo por el porcentaje de su PIB turístico dentro del PIB total (8.7 %), muy cercano al de Francia (8.9%) y aún distante del de España (12%). Portugal, una estrella emergente, ocupó el segundo lugar de la lista, con su turismo representando un 16% de su PIB anual. Portugal, con su Lisboa, Sintra y el Algarve, del lado del Mediterráneo, dispone también de la Costa de Alentejo. La suerte de Melidas, por ejemplo, exhibe la emergencia de la gran demanda europea. Se trata de un destino costero con una población de pescadores y agricultores hasta hace poco ajena al movimiento turístico internacional… hasta que su belleza natural dejó de ser un secreto y ahora cuenta, según el New York Times, “con una hilera de boutiques recién abiertas que venden bikinis y vestidos de diseñador”. Muchos de sus visitantes son artistas, banqueros, actores o estrellas del deporte. Una

condesa declaró: “He viajado toda mi vida y no había visto un lugar tan prístino como este

en Europa.” Tal vez pronto… dejará de serlo.

¿De dónde proviene la expansión de la moderna industria turística masiva? Varios factores convergieron, desde la segunda posguerra, para impulsarla. En primer lugar, la paz, en segundo, la elevación progresiva de los ingresos medios en el mundo capitalista, hasta mediados de los años setenta. No es casual que los primeros contingentes del turismo masivo fueran estadounidenses, los grandes ganadores de la conflagración europea.

Exploradores por generaciones, ellos siguen ocupando un lugar importante en la “turmita”, si bien sus preferencias dominantes (claro está que esto es una generalización), siguieron un perfil nacionalista y conservador y los destinos nacionales constituyeron su prioridad número uno, en beneficio de su propia industria turística, experta en manejar multitudes.

Para los años sesenta y setenta del siglo pasado, contingentes europeos, del Japón y otros países de América Latina, comenzaron a inundar a las ricas capitales europeas, cuna del Renacimiento (no en vano receptáculo del excedente internacional, como antiguo centro colonialista).

Con la victoria del llamado neoliberalismo, y su secuela de desigualdad extrema en los años noventa, se podría pensar que la marea alta del turismo de masas se frenaría, pero no fue así. Los motivos incluyen el crecimiento demográfico, la ampliación de tiempo libre de jóvenes y estratos medios, el abaratamiento del transporte aéreo, así como la segmentación creciente del turismo, que dieron origen a su heterogeneidad actual. Existe un turismo elitista del “high end” en cada destino, mientras que, al mismo tiempo, la revolución del Airbnb y la financiación multianual de vuelos, autos rentados y hoteles, han mantenido los flujos de visitantes de clase media para una oferta creciente de países alrededor del globo. Adicionalmente, el enriquecimiento paulatino de China y su enorme base demográfica ha comenzado a desplazar a los nacionales de los países más ricos como los más grandes consumidores del turismo internacional (así como grandes receptores locales). De tal suerte, intentar ver hoy a la Mona Lisa en el Louvre por más de dos minutos es una proeza que sólo puede realizarse en medio de camaradas asiáticos.

Consideremos ahora el caso de Tulum. El atractivo fundamental de Tulum en sus orígenes, antes de transformarse en un conocido destino turístico internacional, fueron sus ruinas. El famoso “Castillo”, que domina desde lo alto la magnífica bahía de azul turquesa resguardada por una barrera de corales. Mientras que, a mediados del siglo XIX, los visitantes eran arqueólogos y antropólogos intrépidos, hoy lo son decenas de miles de turistas. Los alrededores de las ruinas contaban con unas cuántas aldeas mayas. En 2015 en cambio había ya unos 33 mil habitantes en Tulum y 39 mil en Bacalar. El crecimiento demográfico ha sido rápido y extremadamente rápido en la última década. Si tomamos la visita a las ruinas de Tulum como un indicador, sabemos que hubo unos 240 mil visitantes extranjeros sólo en el mes de diciembre de 2018. Si se acumula el flujo anual, debe superar el millón (alrededor de dos terceras partes del total de visitas, que llegarían a un millón trescientos mil si se incorpora a los visitantes nacionales). Sólo Chichen Itzá, en Yucatán, supera estas cifras. Pero, ¿dónde se hospedaron esos visitantes?

El flamante nuevo presidente municipal de Tulum, Víctor Mas Teh, de origen maya y cabeza de la coalición PAN-PRD, ganó la elección el año pasado, a contracorriente de la federal. Don Víctor asistió hace unos meses a una convención turística en Madrid en la que se acreditó a Tulum como el destino con mayor proyección de América Latina. El número de cuartos disponibles creció 15% en un año y suman ya ¡más de 10 mil! Entre lo más interesante del proceso se encuentra el hecho de que las opciones de alojamiento han llegado a sofisticaciones inimaginables. Si uno realiza una búsqueda por internet de las 10 mejores opciones de alojamiento encontrará entre otros el Tulum Beach and Spa Resort, el Dreams Tulum Resort and Spa All Inclusive, o La Zebra and Colibrí Boutique Hotel, cuyos precios por noche fluctúan entre 5 y 12 mil pesos.

Sin embargo, la joya de la Corona no está aquí. La Joya está en el Hotel Azulik. Este hotel cuenta con una arquitectura alucinante que procura semejar nidos de pájaros sobre los árboles. Los “nidos” están construidos con troncos y enjambres de palos de madera de distintos grosores. Las habitaciones y villas tienen camas semiredondas, bañeras de mosaicos de colores con diseños mayas y mobiliario construido a partir de maderas con formas únicas.

Los “nidos” cuentan con vistas a la selva, hacia el oeste, y hacia el azul del Caribe, por donde sale el sol. En el listado de Booking.com, la habitación más barata en Azulik cuesta 16,650 pesos la noche, pero eso no es nada, pues la “Villa Moon”, con 100 metros cuadrados de superficie, cuesta 82 mil, y la “Villa Agua”, con sus 150 metros cuadrados construidos, 102 mil pesos por pernoctar. Sí, ciento-dos-mil-pesos, el equivalente al pago de un salario mínimo diario a un trabajador por tres años, esto es, más de mil y una noches. Por lo demás, cabe suponer que pocos huéspedes de dicha villa harán el viaje por una sola noche. ¿Cuánto del margen de utilidad se destinará a impuestos?

Azulik se encuentra en una zona que cuenta ya con cientos de desarrollos, restaurantes y boutiques que uno puede confundir con los de la calle de Mazaryk, en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Se puede recorrer unos 10 kilómetros de una avenida de doble sentido, algo estrecha, con una empalizada q impide ver el mar. Playa y mar se vuelven, anticonstitucionalmente, patrimonio exclusivo de los huéspedes y paradójicamente, sobre todo en verano, del sargazo. Por la avenida sólo se advierten los depurados diseños de los hoteles-boutique que mezclan materiales y accesorios importados, con vidrio, acero y maderas finas. Hay restaurantes gourmet, artesanías únicas y paseantes extranjeros prácticamente en su totalidad. Los trabajadores de la mayoría de los servicios, sin embargo, son mexicanos: recamareras, meseros, baristas, vendedores, taxista, franeleros.  Ellos viven a una media hora de allí. En el pueblo de Tulum.

Tulum pueblo es muy distinto a Tulum playa. Dos territorios sólo aparentemente ajenos y encontrados. En realidad les une un lazo de dependencia recíproca, un lazo de dominación. El trabajo de un lado –Tulum pueblo-, el descanso y el disfrute del otro –Tulum playa, desarrollo turístico trasnacional. El primero trabaja por un salario, el otro paga por él. No hay espacio para describir las notables diferencias entre el barrio de la empalizada y la pequeña ciudad vecina, con su palacio municipal -un edificio macizo, sin pretensiones, pero digno-, adornado en septiembre con luces tricolores, una plaza polvorienta y una cancha de basquetbol contigua, techada y amplia, donde compiten escuadras escolares. A un lado, con el calor ardiente y lejos del mar, un quiosco, bancas, raspados, tostadas, algunas parejas, familias con niños sudorosos y perros, que consumen las migajas del crecimiento local reciente. ¿Cómo explicar este abismo? De manera sintética, baste decir que esta forma polarizada es la manera como se presenta el crecimiento económico en un país con un estado débil, subdesarrollado, a merced del capital trasnacional. Es en este ambiente polarizado que se plantea la construcción del Tren Maya como posible impulso al desarrollo. La apuesta es dudosa. ¿Crecimiento? Sí. ¿Desarrollo? Muy poco, y, sobre todo, muy frágil (considérese el sargazo, la inseguridad, o la competencia de otros destinos). La “turmita”, que ya hace su aparición intermitente, no garantiza un desarrollo equilibrado.

*Este texto se publicó originalmente el 5 de noviembre en el diario El Universal. Se publica en Viceversa con autorización expresa del autor.

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