24 mayo, 2024

Cortázar y el fuego del escritor

Cortázar y el fuego del escritor

Cristóbal León Campos/ Rebelión

Nacido en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914 y de nacionalidad argentina, pasó gran parte de su vida en París, Francia, donde encontró su sentir latinoamericano y ejerció el compromiso intelectual-político con los desposeídos del mundo.

Así fue Julio Cortázar, un escritor de fama internacional y de difícil definición, ya que el mismo rechazó los moldes en los que en muchas ocasiones se le quiso encasillar.

Un autor enigmático, que hizo del cuento y la novela su refugio-hogar, deslizó las palabras desbordando estilos y confrontando al canon, recorrió cientos de veces el inconmensurable borde que separa al río Sena de las mágicas calles parisinas, capturó el apasionado sentir de generaciones que a través de las páginas de Rayuela (1963) imaginaron otras vidas, instaurándose en lo más alto del llamado boom latinoamericano, al cual Cortázar rechazó por su vinculación con los procesos de mercantilización de la literatura.

Escribió con gran apasionamiento, algo muy propio de quien nunca negó su sensibilidad, misma que lo condujo por los linderos del fuego, no sin salir en más de una ocasión lacerado por sus propias flamas.


Cortázar ejemplifica en su persona la disputa a veces imperceptible y otra más de abierta confrontación, entre el compromiso político-ideológico y la creación literaria, ese juego de elementos que con un simple desliz canoniza o sataniza a uno u otro autor o autora.

Fue el propio Cortázar quien en diversas ocasiones reflexionó sobre el papel del intelectual ante los flagelos globales de la humanidad, en una carta-ensayo dirigida a su amigo, el intelectual cubano Roberto Fernández Retamar, fechada el 10 de mayo de 1967, desde Saignon, Francia, en donde, casi al finalizar, el cronopio mayor revela que: “la tentación cotidiana de volver como en otros tiempos a una entrega total y fervorosa a los problemas estéticos e intelectuales, a la filosofía abstracta, a los altos juegos del pensamiento y de la imaginación, a la creación sin otro fin que el placer de la inteligencia y de la sensibilidad, libran en mí una interminable batalla con el sentimiento de que nada de todo eso se justifica éticamente si al mismo tiempo no se está abierto a los problemas vitales de los pueblos”.

Esta reflexión sobre sí mismo y el papel del intelectual, que se publicó originalmente en la Revista Casa de las Américas (núm. 45, 1967), se convirtió en una especie de testamento filosófico adelantado, donde puede atestiguarse la transformación que atravesó Julio para convertirse en el afamado Cortázar, partiendo de la visión tradicional del escritor apolítico y únicamente responsable de su estética, a un escritor abiertamente comprometido con los procesos revolucionarios de su época, entre los que pueden nombrarse la Revolución Cubana, el Mayo Francés (1968) y la Revolución Sandinista en Nicaragua. A estos procesos emancipatorios dedicó diversos escritos a lo largo de varios años.

En 1969, al ser entrevistado por la Revista Life, Cortázar comentó: “Mi idea del socialismo no se diluye en un tibio humanismo teñido de tolerancia; si los hombres valen para mí más que los sistemas, entiendo que el sistema socialista es el único que puede llegar alguna vez a proyectar al hombre hacia su auténtico destino”. Estas palabras sintetizan al escritor de Todos los fuegos el fuego (1966), que confrontó el suyo propio, para legarnos una vasta obra innovadora de la estética y del compromiso con la humanidad.

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