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Ramsés Mercado: imágenes e información. Miguel Alvarado/ texto.

Texcapilla, México; 11 de diciembre de 2023

Son muy pocos los que no se fueron, pero los que están se han quedado porque han decidido enfrentar a los sicarios de la Familia Michoacana, que tarde o temprano llegarán a Texcapilla, en el municipio de Texcaltitlán, Estado de México, para cobrarse el asesinato de once de sus integrantes que la población mató cuando eran extorsionados por la célula del Payaso, el je de plaza de la región, y que en realidad se llamaba Rigoberto de la Sancha Santillán, un sicario que llegó hace más de un año para saquear y aterrorizar la región, que levaba chavitos para que le ayudaran como gatilleros y que había encontrado la manera de hacer esclavos que utilizaba para mantener sus casas de seguridad, sus caprichos sexuales, y que entrenaba para enviarlos a Michoacán y Guerrero, a los combates contra el Cártel de Jalisco Nueva Generación o las diásporas de los Guerreros Unidos como la Bandera o los Números. El Payaso, acostumbrado a que los pueblos le temieran, recorría Texcaltitlán y Coatepec Harinas, entre otros municipios, llevándose el dinero de los campesinos, que se lo daban porque llegaba impresionando con sus armas del ejército, con su equipo militar y con sus malas maneras. Eran un dios minúsculo que también se la jugaba porque él mismo estaba sujeto a las cabezas de la Familia Michoacana, los hermanos Jhonny y Alfredo Hurtado Olascoaga, que cumplirán dos décadas como delincuentes mayores, crecidos en la increíble protección de agentes de la Fiscalía mexiquense, del gobierno local y de la eterna administración priista que gobernó a los mexiquense desde los tiempos de Isidro Fabela, testigo como gobernador de la caída de Hitler y del inicio de la despiadada Guerra Fría.

Pero en Texcapilla la única lección de historia que se saben los habitantes es la que ellos mismos protagonizaron el viernes 9 de diciembre de 2023, cuando enfrentaron a las huestes armadas del Payaso en el corazón del pueblo, armados de machetes, hoces y escopetas, librando la metralla de los AK-47 que les dispararon a quemarropa y que increíblemente apenas alcanzó a cuatro de ellos, que murieron en esa refriega que también significa la ausencia del Estado, la indolencia, los argumentos rebasados que dan los gobiernos, incluido el actual de la morenista Delfina Gómez, para garantizar la seguridad -ni siquiera la paz- cuando de narcos se trata.

Ahí quedó el Payaso, clavado de cara, quemada la mitad del cuerpo y su fantoche traje militar, reluciente de tierra, sangre y carne rostizada. Corrió, pero apenas consiguió salvar unos 20 metros cuando le cayeron encima y con la rabia de los machetes lo redujeron, enviándolo a la nada que siempre han sido personajes como él, sus jefes y los políticos y militares que los protegen.

La carrera delictiva de Rigoberto de la Sancha no prosperó como él hubiera querido y será recordado por su participación en la masacre de Palo Amarillo, el 14 de junio de 2022, aunque también por su escapada milagrosa, entre las balas de agentes de la Secretaría de Seguridad que, podría decirse, le tiraron para no detenerlo. Payaso escapó para reorganizarse y conseguir más gente que le cargara las metralletas. Una vez conseguido, siguió extorsionando, siguió secuestrando, imponiendo su siniestro imperio hasta que él solo se puso en un lugar en el que, aunque se moviera, el tajo de un machete lo alcanzaría. Su cuerpo fue identificado por un chico del lugar que, después de la matazón, tomó su celular y grabó aquel cementerio. “este era el Payaso, ahistá”, dice el joven, cuyo testimonio ha quedado archivado en las crueles redes sociales, que lo mismo narran la tragedia de víctimas que las ejecuciones de los victimarios.

Huele a sangre

Esta tarde el pueblo de Texcapilla está desierto como lo ha estado todo el fin de semana. No hay nadie en sus pequeñas calles, tomadas por la policía y las fuerzas armadas, que se dedican a vigilar. ¿Por cuánto tiempo lo harán? ¿Se quedarán para siempre o dentro de unas semanas subirán a sus patrullas y se irán, como siempre hacen, para volver nuevamente cuando otra vez los narcos hagan destrozos en el pueblo? Nadie sabe, ni siquiera la gobernadora, la morenista Delfina Gómez que por lo menos acudió al pueblo para escuchar a los habitantes. Eso sí, llegó acompañada por el secretario general de Gobierno, Horacio Duarte y por una escolta del ejército, que les fue abriendo brecha para meterlos a la iglesia del pueblo, donde también entraron los campesinos para hablar con ellos. Ya las caras de Gómez y Duarte eran lo suficientemente agrias, cargadas del espanto que les daba estar ahí, como para decir qué les dijeron exactamente. Acudir a un lugar así envía un buen mensaje, pero una cosa es hacerse presente y otra que el problema del narco se resuelva no sólo para el pueblo, sino para los 33 municipios que se encuentran en la esfera del narco-imperio de la Familia Michoacana.

Los operativos policiacos alrededor del pueblo le han dado la relevancia de zona de guerra a esta puerta hacia el Triángulo de la Muerte, la zona sur o la Tierra Caliente del Estado de México, infranqueable desde hace años para cualquier tipo de autoridad, incluidas las fuerzas armadas, que están ahí, metidas en sus Bases de Operaciones Mixtas en Tejupilco, y que se han involucrado en casos como el de Tlatlaya, una sonada masacre ocurrida el 30 de junio de 2014, malamente resuelta. Ahora el ejército, la policía estatal y la Guardia Nacional se acantonan en retenes que vigilan el paso de autos y caminantes.

“Nos encontramos con un convoy que resguardaba la huida de algunos de los habitantes de Texcapilla, un pueblo en el que las escuelas han sido cerradas con gruesas cadenas. Los letreros que colocaron anuncian la suspensión indefinida de las clases, que al menos este año muy probablemente no se reanuden”, dice el fotoperiodista Ramsés Mercado, quien ha cubierto esta matanza desde el primer día y hoy visita Texcapilla de nueva cuenta. Mientras tomaba fotos, se ha encontrado con la llegada de la gobernadora, que tocó base en la primaria José María Morelos. Entonces, quienes estaban en sus casas comenzaron a salir. No sólo ellos estaban ahí, también personas de otros pueblos se acercaron.

Los de Texcapilla hablaron también con Mercado y con otros reporteros, aunque se negaron a ser fotografiados. Enojo y miedo fue lo que vio Mercado en esas pláticas, que pudo grabar.

“Pero ellos no tienen nada. Y que los narcos les cobren mil pesos por una hectárea está muy cabrón. Es gente pobre que trabaja en el campo y a ellos les quieren cobrar esas cuotas. Los campesinos tienen de dos: pagan o comen y por eso el hartazgo. Además han llegado a un punto en el que mantenerse con vida ya no es importante para ellos. Ahora mismo se sienten seguros por los operativos, pero el gran problema vendrá luego, cuando las fuerzas de seguridad se vayan”, expresa Mercado, y luego dice: “echaron unos pocos cuetes por lo del día de la Virgen, pero huele a sangre, todavía a huele a lumbre”.

La policía recogió el viernes los 14 cuerpos, que esa tarde ardían cuando llegaron los agentes. Hoy quedaban aún las marcas ennegrecidas de esos cadáveres, cuyas manos y piernas se retorcieron durante los episodios del rigor mortis, pero también del dolor de los linchamientos. Los narcos no tuvieron piedad de nadie y ahora nadie tuvo piedad de ellos.

“¡Se llevó millones!”

Arremolinada en una de las calles del pueblo, la gente que se ha quedado está dispuesta a narrar lo que Texcapilla ha vivido el último año. A unos metros las marcas siniestras de las narco-camionetas incendiadas contrastan ominosas con los ocres de la tierra. Pueden verse los restos de llantas y algunos alambres retorcidos que se quedaron pegados a los hules neumáticos. Hay trapos que hasta el viernes eran parte de la ropa de unos y otros, y que siguen esperando a que alguien los levante. Eso no sucederá hoy, porque el convoy de soldados y agentes que escoltan a Delfina Gómez y a Horacio Duarte se acerca. Se sabe porque los policías en el pueblo se aprestan a recibirlos, porque un escuadrón de la Guardia Nacional practica marchas y saludos en la calle principal, y eso lo han visto ya los lugareños. Algunos policías, entretanto, queman troncos en fogones para calentarse. El frío no los perdonará, a pesar de sus gruesas chamarras. Antes de que las camionetas blindadas de la gobernadora entren al pueblo, los vecinos hablan, y lo hacen como como si ésa fuera su última plática.

-Lo que pasa es que aquí sembramos maíz, sembramos habas- dice uno de los campesinos, y explica que de eso se mantiene la gente. Dice, con una voz que se confunde con el frío de dos de la tarde, que se va cayendo de la inmensa nube gris que ha cubierto al pueblo, que el Payaso y sus narcos eso les querían cobrar, pero este año no había para darles.

Mil pesos por hectárea era lo que el Payaso les exigía. Denuncian que cuando los narcos llegaron, empezaron arrebatándoles mucho menos de lo que este año se llevaban y eso condicionó a los campesinos, que de pronto se vieron trabajando en condición de esclavos y todo lo que ganaban lo perdían cuando los comandos aparecían para cobrarles.

-Por eso disparamos. Miedo, sí, un poco. Fuimos valientes para pararlos. Nos regresaron a la esclavitud. Somos ciudadanos de aquí y el Payaso nos mandaba traer. Fue un golpe rápido el que les dimos, no estábamos organizados para enfrentarlos- dice otro de los campesinos, que intenta esclarecer la manera en que los narcos los habían reducido.

Eso de los cobros no es nuevo. La mayoría de los pueblos del Triángulo de la Muerte los pagan. Y ese impuesto extra se ha ido extendiendo a otros municipios como Tenango, Tenancingo, Zumpahuacán, San Antonio la Isla, incluso Metepec, Zinacantepec y la propia Toluca. En Tenancingo, por ejemplo, un kilo de tortillas cuesta 26 pesos y quienes cultivan también deben pagar los mil pesos por hectárea a los narcos de la Familia Michoacana. En esos municipios los taxistas son obligados a trabajar como informantes, aunque al mismo tiempo deben pagar extorsiones que van desde los mil 800 hasta los 4 mil pesos mensuales por cada unidad que quiera trabajar. Además, deben acudir al llamado de los jefes de plaza para cerrar calles y carreteras en caso de que se detecte alguna movilización de fuerzas federales. Son los taxistas la carne de cañón de los narcos, que los han obligado a ejercer de halcones, transportadores y proveedores de dinero.

Una mujer, entonces, arrebata la palabra en Texcapilla. Cuenta que es viuda y que con ayuda de sus hijos ha sembrado habas. Aprovecha para decir cuánto cuesta producirlas. Sólo de abono gastan hasta 500 pesos por hectárea.

-Sembramos nuestra avena, nuestro maíz, tenemos nuestras gallinas, y los narcos nos obligan a pagarles antes de poder vender nuestros productos. No podemos tener más de 20 gallinas para que nos veamos obligados a comprarles a las tiendas que manejan ellos, nos cobran diez pesos por cada paca que vendamos. A ellos no les importa si ya vendimos. Ellos quieren el dinero. Orita en el campo de las habas no se dio ninguna, muchos sembramos cuatro carradas de haba y no sacamos más de dos o tres arpillas, pero el Payaso venía por el dinero echando balazos, intimidando a la gente. Porque él ya manejaba el pueblo- dice la mujer, que ha vivido otras invasiones de jefes narcos como las de comandante Arcelia que fue a hacer limpia de violadores, ladrones y asesinos, pero impuso un toque de queda desde las siete de la noche con el objetivo de robarse bueyes, y borregas preñadas.

“¡Nosotros queremos paz!”

La mujer ahora no tiene miedo, pero sabe que adentro de poco, o más tarde, los narcos volverán porque así ha funcionado siempre. Sabe que el gobierno no podrá mantener vigilado el pueblo y en unas semanas sacará a los policías y a los soldados. Será entonces que los narcos regresen. Las amenazas de muerte contra el pueblo ya se pueden ver en las redes sociales, porque ahí los familiares de los sicarios muertos, además de lamentarse, han condenado a Texcapilla.

– ¡A mí me van a dar piso los narcos, pero con gusto digo lo que siento y lo que es! – dice la mujer, que refiere que el primer narco que llegó al pueblo fue el 47, que se llama José Dámaso Alpízar, detenido en 2020, durante un operativo sobre el tramo Sultepec-Amatepec. Reconocido por la Fiscalía como jefe de plaza de Texcaltitlán, al 47 se le atribuye la ejecución de cinco policías pero también dos detenciones. Las autoridades nunca explicaron por qué el 47 quedó libre cuando fue capturado por vez primera.

-Que si vas a ocupar leña, se las tenías que comprar a ellos. El campesino aquí anda de sol a sol, labrando, y para que estos vengan y les quiten todo el dinero. ¡De lo que pasó, nadie planeó nada!, todos nos presentamos en el campo deportivo para llegar a un acuerdo. ¡Estábamos dispuestos a pagarles, aunque fueran cinco o diez pesos por arpilla, estábamos cumpliendo con nuestras cuotas! ¡Pero el Payaso llegó intimidando, él no quería hablar con la gente, venía por el cargamento de dinero pero no había habas, no había nada! ¡Nadie pidió préstamos, nuestro producto no se sacó, no se sacó la cuota porque no hubo habas!- dice la mujer, que luego dice que los campesinos iban a negociar con los narcos, pero ellos no se prestaron. ¿Cuánto dinero no se llevaron el Payaso y Arcelia de los comuneros? ¡Se llevó millones! ¡No se llevó cien o doscientos pesos! ¡El Payaso estuvo aquí más de un año! Y la autoridad siempre ha sabido- denuncia la mujer, cuya indignación es más fuerte que su miedo. Su voz ahora es la voz del pueblo, que ha callado por años el martirio al que ha sido sometido por el narco.

La mujer dice que el 47 “se la llevó más tranquilo”, pero después, con el Arcelia, las cosas irían cambiando.

La policía municipal nunca protegió a los habitantes y el alcalde, Javier Lujano Huerta, de filia perredista, siempre ha dicho que no puede hacer nada contra los sicarios, excepto dejarlos hacer.

-¡Y como lo dije lo vuelvo a decir! ¡Yo sé que si vienen me van a dar piso! ¡Pero con gusto estoy! ¡Y no corrí de mi casa y no voy a correr, ahí los voy a esperar! ¡Estoy harta de esta vida!- grita la campesina, que reclama que los taxistas estén de acuerdo con los sicarios, desde los que salen de Toluca hasta los que trabajan en Texcaltitlán. Les pasan información. Se dejaron doblegar.

Luego señala que en el pueblo hay infiltrados y no duda que estén pasando reportes acerca de lo que sucede, de lo que cada uno va diciendo, de lo que cada uno hace todos los días. Pero los campesinos no pueden tragar. Ni un pedazo de pollo pueden llevarse a la boca porque deben entregarlo al sicariato de la Familia Michoacana. Un kilo de pollo, dice, cuesta 120 pesos y 80 pesos el de retazo.

-¡Ya no podemos comer nada!- dice la señora- ¡No queremos otro jefe de plaza, no queremos nadie! ¡Queremos la comunidad libre! ¡No queremos ni al presidente municipal, que no se apareció nunca!

Y a Delfina Gómez, que venía en camino tenían pensado decirle lo siguiente:

– ¡Queremos que aquí se haga un cuartel para que los soldados estén aquí siempre! ¡Que alevanten en armas a los hombres y a las mujeres, a las que estemos dispuestas porque nos queremos defender y alevantarnos en armas! ¡Que nos den chalecos antibalas y podríamos hacer una policía comunitaria!- dice la mujer y cuando dice esto, los que están reunidos se unen en un solo sí que les ha salido desde el fondo de su desesperación, porque saben lo corruptos que son las policías y los militares.

Ese sí gigantesco, alborotado, parece abrirles una posibilidad que ahora que ha sido articulada de manera comunitaria haría realidad el anhelo de sacudirse de encima a los gatilleros. Quiere decir mucho más: autonomía, por ejemplo, y el precedente de un pueblo en el Estado de México que por fin haría realidad el intento de otros municipios como el de Amatepec de crear esa policía comunitaria y que el mismo narco echó abajo en cinco minutos. Ahora las condiciones son otras. El pueblo, amenazado con el exterminio, lo ha determinado ahora mismo como si ese sí gritado y repetido equivaliera al voto de una asamblea.

Otro temor de los campesinos es que los apresen. A la mayoría de los narcos de la zona no los detienen. Si lo hacen, los sueltan enseguida. Pero a ellos, a los pobladores, sí. Entonces, la mujer envía un duro mensaje para Andrés Manuel López Obrador, presidente de México.

-Y después, el mero jefe que está allá sentado en su sillón, en la Ciudad de México, sentado el presidente, él nomás no hace nada, él no hace nada. ¡Queremos justicia! ¡Queremos paz! ¡Nosotros queremos paz!

Entonces, la mujer remata su denuncia con una idea que también da vueltas en el pensamiento de todos: “yo sé que van a venir y van dar piso, pero con gusto hay que esperarlos. Como dijo la canción, con gusto espero la muerte en mi casa. Porque el pueblo está dispuesto a defenderse”.

Eso, el resto de los pueblos ahora saben que pueden defenderse exitosamente si se organizan, si establecen lazos entre ellos, si crean comunidades y nodos.

La versión de Delfina Gómez

Llegan las camionetas con la nueva jerarquía política del Estado de México. En los hechos, la izquierda que representa la morenista Delfina Gómez actúa muy similar al priismo que impuso al Grupo Atlacomulco de Enrique Peña, Arturo Montiel, Carlos Hank y Alfredo del Mazo, apenas por nombrar a algunos de sus integrantes. La caravana en la que viene Delfina ha sido resguardada por soldados todo el camino. Con ella va Horacio Duarte y también el comandante del 22 Zona Militar, acantonada en Santa María de las Rosas, muy cerca de Toluca. José Martín Luna Cruz todavía es joven y acaba de tomar posesión en ese cargo, que seguramente nadie quiere, el primero de julio de 2023. Más tarde dirá, nervioso y con la gorra moteada de verdes cubriéndole la mirada, que sus soldados ayudarán a que los comuneros vendan las pocas cosechas que tienen. También prometió que incrementará la presencia de la Guardia Nacional y del ejército. Que ahí se va a construir una compañía de la Guardia Nacional, es decir 120 elementos estarían permanentemente ahí. “Más aparte”, dice el militar, que ha pronunciado esta frase con aplomo y seguro de que habla correctamente, habrá registros carreteros en puntos que los mismos comuneros han señalado como problemáticos. Según el soldado, los alertamientos en la zona han disminuido. Y lo dice sabiendo que a unos metros de ahí, de donde habla como puede, las manchas negras de los cadáveres calcinados pueden verse. “Huele a sangre”, ha dicho el fotoperiodista Ramsés Mercado.

Junto al militar están, muy serios, con sus caras adustas y que parecen de preocupación, la gobernadora y su secretario general. Delfina ya conocía el problema que representa el narco en el Estado de México porque era ella, como representante del gobierno federal de López Obrador, quien encabezada las juntas para el baje diario de información de seguridad en el Estado de México, antes de que la llamaran para que ocupara la titularidad de la Secretaría federal de Educación. Hoy que su sueño se ha hecho realidad, la Familia Michoacana le regala su primer escenario de guerra. A ella y a su gabinete entero.

Antes de que el militar diga lo que dijo, él, Delfina y Duarte han bajado de sus camionetas y han entrado a la pequeña iglesia. Ahí los policías ayudantes de la gobernadora controlarán el acceso. La reunión con la comunidad será privada. Poco más tarde, Gómez y Duarte saldrán de esa reunión, Sus caras parecen realzadas en cartón corrugado. Será Delfina quien hable primero. Lleva sus anteojos calados en la cabeza, a la manera de un turista.

-La intención de esta reunión es saber de primera fuente la situación que está prevaleciendo en esta área, hacer una supervisión, el general Luna ha hecho informes en las mesas de seguridad que se han trabajado, pero quisimos venir a ver de manera directa- dice ella, y después afirma que los habitantes de Texcapilla necesitan un apoyo “sobre todo moral” porque temen que se quedarán solos en algún momento. Además de ese abstracto apoyo moral, la gobernadora dijo que habría apoyo psicológico para quienes perdieron a alguien y quienes “vivieron de manera directa” el enfrentamiento. Luego dijo que habrá apoyo económico para quienes no tienen qué comer.

-¿Le pidieron chalecos antibalas?- le preguntan a Gómez.

– No, fíjate, que… yo insisito… hubo una muy buena… de los pobladores…. de que lo que queremos es que nos garanticen la seguridad- respondió Delfina.

-Muchos ya se fueron. ¿Es seguro estar en Texcaltitlán?

-Yo creo que ahí sí establecimos de manera muy precisa que somos muy respetuosos de su decisión, porque finalmente cada ser humano asume y llega a entender una situación diferente. Hay gente a la que el pánico los, los mueve… y que tampoco podemos atentar contra… viviendo en una situación de agobio, de, eh, de temor. Sí les decimos que los quieran regresar y puedan regresar aquí estamos para… dijo Delfina, como cualquier político priista hubiera respondido.

-Ya los ciudadanos responden a estas amenazas del narco… ¿no tienen la sospecha, como gobierno, que se está gestando la creación de autodefensas?

-No, nosotros vamos a hacer lo posible… porque para eso está el gobierno estatal, el gobierno federal, yo creo que en la medida en que los pobladores logremos obtener esa confianza, ellos van a estar trabajando en lo que es la paz social, que es lo que queremos.

Y así, la gobernadora capoteó al narco, al Triángulo de la Muerte, a los hermanos Hurtado Olascoaga, a los periodistas y a la propia tragedia de Texcapilla, que hoy pasa la noche resguardados por policías y soldados.

Mañana, ni Dios sabe lo que sucederá.

intentaban cobrar derechos de piso que dejarían sin comer a los campesinos.

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