Rodrigo Martínez/ Punto en Línea

Ciudad de México; 24 de septiembre de 2022.

Durante 1981, en la prisión Long Kesh en Belfast, un grupo de militantes del Ejército Republicano Irlandés (IRA) protestó contra la decisión del gobierno británico de recluirlos como criminales comunes, y no como presos políticos, para someterlos a rutinas de tortura e insalubridad. La oposición comenzó con actos de inconformidad al interior de la cárcel conocida como «The Maze» («El laberinto»): los prisioneros se negaban a usar las prendas institucionales, hacían pintas de heces en las paredes y orinaban en los pasillos. La respuesta oficial se caracterizó por golpizas e incomunicación. Encabezados por Boby Sands, los reclusos emprendieron una huelga alimentaria que costó la vida a diez de ellos. Con un estilo que fluctúa entre el realismo y el cinepoema, Hambre relata este episodio de la historia carcelaria de Inglaterra para comprender el impulso de vida y la dignidad de la cultura, presuntamente destructora, de quienes son firmes partidarios de luchas de sobrevivencia política e individual.

El debut fílmico de Steve McQueen tiene la forma de un tríptico. Primero muestra el régimen de trabajo de un guardia y la situación del militante Davey Gillen (Brian Milligan) como pretexto para describir las condiciones de vida de los presos del ira: mazmorras reducidas para dos reclusos; camastros y baños insalubres; golpizas diarias, y al desnudo, por parte de personal con equipo antimotines; rituales de corte de cabello y ahogamientos; visitas familiares con intercambios ilegales; simulaciones para favorecer la imagen pública de la prisión; guardias en depresión y en un medio de violencia permanente.  Después, en un inteligente plano secuencia de diecisiete minutos con cámara fija, ofrece un diálogo intenso y profundo entre el líder Boby Sands (Michael Fassbender) y el sacerdote Dominic Moran (Liam Cunningham) sobre la pertinencia de la ya anunciada protesta alimenticia. El cierre de este fresco es la descripción, a detalle y prácticamente sin diálogos, de la degradación corporal del militante irlandés durante la huelga.

Hambre parece más una composición visual que la crónica escenificada de un episodio político. La ausencia de dramatización es justamente su elemento más dramático y verosímil. La poética del filme aprovecha el poder descriptivo de la imagen. La lente no narra, sino que observa y comunica sin valorar. Con tono documental simulado y fotografía preciosista, el filme busca comprender a través de asociaciones, realistas o plásticas, de una mirada que parece conformarse con el registro pictórico. Varios críticos coinciden en que esta película es una rehechura política de la pasión de Cristo o una mirada directa a una sociedad alienada. Ambas conclusiones son ciertas, pero la propuesta de McQueen va más allá del proceso político que la inspiró. Se trata de una construcción pictórica, con ascendente renacentista, que ensaya una serie de viñetas de individuos en condiciones extremas para entender la vitalidad del ser humano cuando aspira no tanto a una causa política sustantiva, sino a un modo de vida digno. Cuando el sacerdote Moran cuestiona la presunción y la irracionalidad del sacrificio que resultará de la huelga de hambre, Sands sostiene que ni él ni sus correligionarios tienen más opción. No cederán hasta no ser reconocidos.


Su lucha, antes que una praxis ideológica, es una convicción. Su tenacidad se funda en un principio que deja de ser político pues se trata de una cuestión de vida y de dignidad.

En una entrevista con Rob Carnevale de Indie London, McQueen declaró que el proyecto original fue realizar una película silente. Cuando Enda Walsh se incorporó como guionista, la producción incluyó diálogos de ambiente y la escena en que discuten Sands y el sacerdote. A pesar de ello, Hambre se caracteriza por distintos tipos de silencios. Hay mutismo verbal, apenas alterado por el plano secuencia con el único diálogo en forma, pero también hay silencios en las acciones y en las composiciones. A veces la cámara se detiene largamente para mostrar un cuerpo desnudo. Enfoca a un oficial que fuma solo, recargado en un muro y bajo la nieve. En otras ocasiones recorre a tientas un pasillo con charcos de orina. Muestra un plano a contraluz de aves que abandonan un árbol. La propuesta del director parece inspirada en el puro deseo de recabar descripciones y asociaciones de los afanes humanos. Esto explica que no se conforma con enunciar las condiciones de los reclusos. También sitúa la cámara ante los oficiales. Deja ver el llanto de un joven guardia durante una sesión de golpes y los temores de otro más, ya maduro, que teme ser víctima de un acto terrorista. La revelación de la película consiste en plasmar las decisiones de los individuos frente a situaciones derivadas del orden político. El público ve la firmeza de la que es capaz el ser humano cuando se trata de conseguir la vida que se desea y llamar la atención sobre la dignidad de esta causa.

David Denby, crítico de la revista The New Yorker¸ aseveró que Hambre ofrece un estilo de “sensacionalismo austero” (marzo 30, 2009). Esta afirmación parte de la conclusión de que McQueen quiso representar a Boby Sands como un mártir. Según el especialista, el filme presenta un “Cristo sin humanidad” porque el individuo que se inspiró fue un hombre violento al servicio de una causa cuestionable. Es cierto que el realizador se arriesgó cuando optó por no informar sobre el pasado terrorista del militante irlandés. Sólo que Hambre no es cine político. No aspira a explicar un episodio de la historia inglesa ni a proponer una defensa de una causa concreta. El protagonista pudo ser un preso en Abu Ghraib, un confinado en Auschwitz o un esclavo en Roma. El cometido del filme es reflexionar sobre la ambición de vida y la firmeza de los hombres más allá de la racionalidad. No hay juicios ni valoraciones. McQueen convierte la cámara en testigo y capta violencias sin espectacularidad. Hay ética en lugar de morbo. Cuando la lente se posa frente a un acto brutal, la imagen rechaza lo sensacional: sólo vemos los movimientos de un guardia mientras golpea a un preso desnudo con un bastón, y sin parar, con tal de vengar un agravio. En otras ocasiones muestra la crueldad sin decorados para provocar conmoción en lugar de expectación.

Se puede afirmar que el tema y el estilo de Hambre, que recibió la Palma de Oro a la mejor película en el Festival de Cannes en 2008, han incomodado posiciones ideológicas de tal modo que la mayoría de los especialistas no pudo renunciar a hacer una lectura política. Dado que el cine debe ser entendido en el contexto en que se produce, no es posible cuestionar la unanimidad de esta percepción. Sólo que es necesario decir que hay un embrujo en el concepto visual de esta película, que congrega realismo, iconografía renacentista y metáforas, por el que los factores ideológicos se disuelven en su estética. Aunque la atmósfera y la realidad al interior de la cinta son aterradoras, la textura de la imagen, el motivo humanista y el lenguaje pictórico, que se debe a la formación de artista visual de Steve McQueen, ofrecen un conjunto de estampas de belleza asombrosa sobre una humanidad en el límite de sus condiciones.

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Director: Steve McQueen (Gran Bretaña / Irlanda, 2009).

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Rodrigo Martínez (Ciudad de México, 1982) es comunicólogo por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Ha publicado en las revistas Punto de partida, El Universo del Búho, Viento en vela, La revista y Periódico de poesía, y en espacios culturales de los periódicos El Financiero y El Universal. En 2004 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Universitario Agustín Yáñez convocado por la revista Tierra adentro y el Conaculta. Ganó el premio único de cuento del Concurso 35 de Punto de partida (2004). Un año después, recibió el primer lugar en crónica en la siguiente edición del mismo certamen. Es maestrante en comunicación y profesor de asignatura en la FCPyS.

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