Miguel Alvarado: texto

Ramsés Mercado: información

Karen Colín: diseño

Toluca, México; 25 de noviembre de 2021.

Hoy es el 25N, lo cual significa que se trata de un día muy específico que pugna por eliminar la violencia contra las mujeres. Hoy las nadies, las ningunas, han salido también a protestar contra la violencia que el Estado ha ejercido contra ellas y para remarcar eso se han vestido de rojo.

Ellas son las familiares de los presos injustamente en cárceles del Estado de México, y pertenecen al colectivo Haz valer mi libertad, que todas las semanas, desde hace más de un año, protesta en las calles de la capital mexiquense.

“Nos vestimos de rojo porque es así como entras a un penal”, dicen ellas. Y es cierto. Cualquier familiar que tenga a alguien preso lo sabe y lo debe acatar. El color rojo se usa en las vestimentas de los visitantes para que no confundan con la población ni tampoco con los civiles que trabajan en las prisiones. Pero eso solamente lo padecen ellas, las nadies, los ningunos.

Y tienen razón cuando apuntan que ese color estigmatiza sus vidas, las ha marcado por años como mujeres que viven la prisión injusta de alguien a quien quieren.

– La cárcel no es solamente para nuestro familiar injustamente preso, es también para nosotras y es así, de rojo, como se puede entrar a visitas, de otro modo no. Entonces nos marcan porque quien se sube a un camión, aun autobús que viene de Almoloya de Juárez, es ubicada como la mujer, las de rojo, las de rosa, que viene de la visita de un penal- dicen ellas, mientras cargan cartulinas naranjas que todavía hace más profunda la diferencia.

“En una revisión la custodia me dijo que mis zapatos le parecían muy grandes y que no pasaban. Le dije que siempre me han dejado pasar con ellos, y dijo: ‘pues conmigo no pasan’. Estirando la palma de su mano, le tuve que dar 30 pesos para que me dejara pasar a visitar a mi hijo injustamente preso”, dice el mensaje escrito por una madre que se ha puesto un suéter rojo, y que cierra los ojos porque el sol, esa bola roja de fuego, le lastima la vista en el centro de Toluca.


A un penal ellas no pueden entrar con aretes, por ejemplo. Tampoco se puede pasar con uñas postizas y la revisión que se les practica es denigrante.

– Eso también es una violencia. No puedes entrar a un penal con un brasier que lleve varilla. Los tocamientos son lascivos para nosotras. Eso también lo vivimos como familiares. Una mujer en reclusión no tiene acceso a una toalla sanitaria. Su menstruación la van viviendo o la llevan usando un calcetín, un cubrebocas o de plano papel higiénico. Esa es la triste realidad que vivimos en el Estado de México. A la sociedad le haría yo un llamado- dice una de las nadies, de las ningunas, con una voz que se ha hecho fuerte después de tanto y tanto, y que no pierde ese tono que penetra, aunque de pronto se hable muy bajito.

Y ese llamado dice así: “no crean que el Estado mantiene a los reclusos, ni a los hombres ni a las mujeres. Eso no es verdad, aunque lo diga quien lo diga. Las mujeres en reclusión viven incluso el abandono de su propia familia porque son catalogadas como malas mujeres, que abandonaron a sus hijos. Pero muchas de ellas fueron utilizadas, son esposas de alguien que pudo haber cometido un delito, y ellas lo pagan también. Ser mujer en un penal se paga caro”.

Hay algunas mujeres que incluso dan a luz en una cárcel o se llevan a los bebés para poderlos criar. Pero en cuanto cumplen tres años de edad, son separados de ellas, que no cuentan con un espacio para poder llevar su maternidad

“Las mamás no vamos a los penales a ser toqueteadas, a ser humilladas y mucho menos a bajarnos los calzones y subirnos el sostén por mero gusto. Lo hacemos porque ese el precio que hay que pagar por no abandonar a un inocente”, dice otra de las nadie, de las ningunas desde el silencio anaranjado de su cartulina, en cuya superficie su frase quema como el fuego.

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