Miguel Alvarado

Toluca, México; 12 de octubre de 2021.

Antes de venir había comprado ceras para prendérselas a sus muertos. Ya le habían dicho que los panteones estarían cerrados, pero aquí eso no fue verdad. Los cerraron, pero dejaron las puertas emparejadas y con eso se cumplía con la comunidad, porque se sabe, como se sabe que dentro de uno corre sangre y cosas que a veces no podemos nombrar, que hay cosas más importantes que estar vivo, que sentarse al sol, que salir al trabajo, que cumplirle a la familia.

Ellos están muertos y no pueden hacer nada por ellos mismos, pero a nosotros sí nos pueden ayudar, porque así funcionan las cosas de este lado de nosotros. Todos saben aquí, por el lado de San Cayetano, ya al final de Toluca, que las cosas funcionan así. Y si no lo saben, entonces lo presienten. Es como cuando se siente que algo malo va a pasar y pasa, que algo malo está pasando aunque no se vea, o que algo bueno nos espera para cuando se llegue a la casa y alguien diga, como pasando el agua del vaso, que ya sucedió y entonces el aire, los rayos del sol y la comida nos saben diferente. Es cuando dan ganas de reírse al morder las tortillas calientes, o nomás al sobarse los dedos de la mano agarrotada.

Para eso son las ceras, para alumbrarse unos a otros, para vernos las caras y no vérselas a los muertos, porque parientes y todo, asustan mucho.

Ahora no se trata de los muertos, aunque todos sus rastros andan por aquí. En el bordo de San Cayetano, que yo me acuerde, van tres muertos y dos balaceras, y por el rumbo de allá, de San Pablo Autopan y de Huichochitlán habrá que contar de nuevo porque los muertos asesinados aparecen casi todas las semanas y ya no se sabe cuántos han sido, pero eso sí, sobre todo son mujeres. Están también las casas de seguridad y el pasillo ese de los huachicoles, que recorren muy calladitos los que van a sacar los combustibles.

– Pero es que tú no sabes cómo es esto, porque no has ido a que saques o te vendan tu garrafa, y por eso no sabes cómo es porque no siempre es de noche y no siempre se roba. Robas cuando le quitas a otro lo que es de esa persona, pero esta gasolina no es de ellos, es tuya y es mía y es del señor ése que lleva las vacas. No es robo porque aquí los polis nos madrean cada vez que pueden, como si hubiéramos hecho algo. ¿Tú quién crees que protege a los que matan aquí?- dice Tomás, que vive por acá adelante, pasando la autopista, la caseta de peaje de El Dorado, la carretera que va para Atlacomulco.

-No, no sé. ¿Quién?

-Cada vez que van a robar pasa una moto y con el faro alumbra a las ventanas para ver si hay alguien. Y cada vez que alguien va echar un muertito a los canales las patrullas se desaparecen. De todas formas, nomás hay dos en este cuadrante, que es el 41, y que es desde aquí de San Cayetano hasta la Central de Abasto.

En ese cuadrante vive el 25 por ciento de la población de Toluca, que es de un millón de personas, un poco menos.

Tomás tiene la cara arrugada como la quemadura del sol y como el trajín de sus manos. Lleva una bolsa con trapos o ropa y le duele la cabeza. Ese dolor no lo abandona hace semanas. Entonces reza, enseñando sus dientes amarillos. Es otomí y sabe que ser otomí en Toluca ya es una desventaja para todo lo que se emprenda, lo que se quiera ser, lo que se haga, porque eso significa ser indígena en un país profundamente feminicida, profundamente racista y revanchista.

Entonces aprieta los puños y esconde la cara entre sus manos. Luego se encoje, parece que se aprieta hasta los huesos y palpa al mismo tiempo el peso de los cigarros en su camisa.


No, no fumo, pero nomás préndelo, para que veas. Él cierra los ojos, pero yo los abro y le miro por centésima vez. Él abre los ojos y carga su cera. Hemos llegado tarde y hace frío. Parado en la penumbra, la tomo del brazo. Sus ojos cambian y dice vámonos.

Vámonos, pues.

Quién sabe cómo sería hace 500 años el valle de Toluca. Dicen que la ciudad va a cumplir medio siglo y es algo que apenas puede creerse porque aquí no hay vestigios de nada, de la presencia de los españoles. Hay dos conventos en Metepec y Zinacantepec, pero Toluca no tiene nada tan profundamente viejo, ni siquiera existe la Casa de Cortés como era cuando el conquistador decidió hacerse su retiro de campo y eligió, la verdad el sitio más feo de todos. Eligió Toluca, que para entonces sería nada, apenas un villorio. Luego, sobre esa casa, se construyó, entre otras cosas, el actual palacio de Gobierno, y que dicen que es un símbolo de la ciudad, quizá por tosco, grande, frío y sobre todo mudo, porque de adentro no se responde aunque quien pregunte sea mestizo o blanco. Aquí, sencillamente, no se le responde a nadie que no esté relacionado con quienes el poder. Hasta Neil Young le canta a Cortés, el asesino:

He came dancing across the water

With his galleons and guns

Looking for the new world

And the palace in the sun

Por eso, los de Autopan se quieren separar y todos los años lo intentan, a veces haciendo ruido y otras estando callados. Algunos tolucos creen que los habitantes de la zona norte deberían ser integrados a lo que ellos llaman la sociedad, generar empleos trabajo y remodelar la región. Pero este norte que es pobrísimo y que parece estar al margen de la ciudad no es lo que parece. Es pobre porque el municipio lo abandonó y esa pobreza entonces ha crecido, sí, pero en los términos de los mandatos municipales.


En realidad, este territorio es una nación y por eso no se integra como creen en Toluca que debe hacerse. “Integrarse” significa, al final, perder el idioma, las tradiciones e incluso el propio territorio.

En 2013 el movimiento separatista de la zona norte tenía fuerza suficiente como para convocar a la población para hacerlo. Además, aprovechaba que otras regiones en otros municipios buscaban lo mismo. Tres delegaciones de Toluca le exigían a la LVIII Legislatura que interviniera. Pero también la zona norte de Neza, Xico en Chalco y otros diez 10 puntos. Finalmente, no lo han conseguido porque para el gobierno representan votos y fragmentados no servirían.

Y entonces, Tomás, por qué no vas con los otros para exigir que regresen la estatua de Colón a España.

Porque los del Consejo Indígena no entienden muchas cosas. Y la pinche estatua, conque la quiten o la rompan basta. Aquí lo que importa es que el pueblo otomí pudiera independizarse de México, si eso es lo que están pidiendo, de este México actual que no es para muchos de nosotros. Los del Consejo Indígena también son políticos y también buscan algunas otras cosas. Nosotros sabemos, desde el primer día en que se perdió la guerra contra los españoles, lo que se necesita. Yo estoy harto de las mesas de trabajo que a nadie benefician porque es hacer la política que los gobiernos quieren, no la que necesitamos. ¿Quieren sus pinches estatuas de Colón fuera de México? Pues que se las lleven, pero que dejen de pedir que nos integren a Toluca, como si no fuéramos una nación. Muchos del Consejo también son priistas, apoyan al PAN y se apuntaron con Morena. ¿Entonces?

Ahora sí prende la cera porque ya ha llegado al panteón de la comunidad. Aquí los fantasmas de Colón y sus linchadores no han entrado todavía pero aguardan posados en las cruces, en las figuras católicas que se erizan sobre algunas tumbas a que las velas se consuman. Las estatuas de Colón podrán regresar a España, pero el pasado no cambiará ni un ápice.

– En el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo- murmura Tomás y sus rodillas se encajan en la tierra de sus muertos, que aguardan en silencio por la hora de las brujas.

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