Miguel Alvarado

Toluca, México; 25 de septiembre de 2021.

A Julio César Mondragón Fontes le decían El Chilango. Estudiaba en la normal rural de Ayotzinapa y el 26 de septiembre de 2014, a las 9 de la noche, se preparaba para cruzar la ciudad de Iguala, ubicada en el violento estado de Guerrero. El camino que seguiría lo conduciría a la muerte porque ese día la ciudad se había convertido en un campo de exterminio patrullado por sicarios del cártel de los Guerreros Unidos, soldados del ejército mexicano, así como por policías municipales y estatales, moviéndose todos como un solo cuerpo, coordinados por un solo mando invisible pero feroz. 

Aunque El Chilango sobrevivió al cruce por el centro de aquella ciudad no pudo escapar al ataque final lanzado por las fuerzas del Estado y los sicarios, que lo capturaron a dos cuadras de la esquina de Periférico Norte y Juan N. Álvarez, cuando corría a toda velocidad intentando huir de la metralla que les habían soltado los Bélicos, un grupo de choque de la policía de Iguala que rodeó a los alumnos cerca de la medianoche.

Sometido, El Chilango fue levantado y llevado a la zona industrial de Iguala, al paraje del Camino del Andariego, que se encontraba a unos 10 minutos a pie desde el sitio en el que lo habían capturado. Ahí, su cuerpo fue descubierto por militares a la mañana siguiente. Tenía 64 fracturas y había sido desollado. Nadie vio cómo había sucedido esto, a pesar de que el C4 de Iguala, la instancia que vigila con cámaras las calles de la ciudad, estaba a 400 metros del sitio en el que el cuerpo fue hallado y que esa noche fue tomado por militares del 27 Batallón de Infantería de Iguala. El Camino del Andariego, en aquel septiembre de 2014, era un descampado de terracería ubicado atrás del hotel del Andariego y de las oficinas del SAT local, además muy cerca de una planta de la Coca-Cola y de depósitos de Pemex.

Ese lugar estaba rodeado por vegetación profusa, y dos árboles altos crecen cerca del cuerpo de Julio César. Esto se aprecia en las fotos tomadas por el perito Vicente Díaz, de la Fiscalía de Guerrero, que guardó esas imágenes más de un año, en el cajón de un viejo escritorio hasta que le fueron requeridas legalmente.

Nadie vio cómo ni quién o quiénes habían asesinado al Chilango. Nadie, excepto una persona.

II

La normal de Ayotzinapa era un hervidero de actividad, rabia y miedo para el 28 de septiembre de 2014. Todavía no se sabía a ciencia cierta cómo había que organizarse para buscar a los 43 normalistas que habían sido levantados ese 26 de septiembre y de cuyo rastro no había señales. Había algunas, sin embargo, pero no eran esperanzadoras. La imagen del rostro desollado del Chilango ya le había dado la vuelta a México y al mundo porque alguien había colocado en redes sociales una foto, que se convertiría de inmediato en la medida terrible de lo que le había pasado a la normal rural, que contabilizaba para ese momento 43 desaparecidos, tres alumnos ejecutados y otros tres civiles asesinados. Entonces no se sabía, pero esa noche en Iguala habían muerto unas 90 personas en ese exterminio que hasta hoy sigue siendo Iguala. Además, los celulares de algunos egresados habían recibido imágenes y audios de algunos de los alumnos de primer año que ahora estaban desaparecidos. Por eso, muchos sabían que la búsqueda en vida de sus amigos era casi imposible, aunque no perdían la esperanza. Intuían, por esos audios y fotos, que a los chavos los habían llevado a una casa de seguridad o estaban en una instalación con estructura de bodega. No podían afirmarlo, pero podrían haberlos llevado a la sede del 27 Batallón de Infantería de Iguala porque las imágenes mostraban espacios amplios. Sin embargo, lo que más les había impresionado eran los gritos de quienes estaban ahí. Porque los captores los estaban acuchillando, dicen algunos de los poseedores de ese material.

Estos videos han permanecido resguardados por quienes los recibieron, y hasta 2021 es que los han mostrado a otras personas. Para el 28 de septiembre de 2014 las redes sociales con influencia en Iguala mostraban la realidad llana de aquellos hechos: además del Chilango, otros muertos le dieron, como un latigazo, la vuelta a Guerrero. Un alumno, presumiblemente parte del grupo de los 43, aparecía tirado a las puertas de un Oxxo. Otro más estaba también muerto, en la esquina de dos calles sin nombre. Pero estas últimas gráficas, así como aparecieron, fueron borradas casi de inmediato. Estaban ahí para que Ayotzinapa terminara de recibir el mensaje completo: “esto les pasa”.


Así pues, los profesores egresados de la normal se habían reunido en la escuela para discutir un plan de acción. Habían convocado a una reunión de emergencia para solidarizarse y apoyar a la normal y a sus estudiantes. Ahí, en el auditorio, unos 150 maestros de todas las edades discutieron, dialogaron, lloraron, se encabronaron, se doblaron, se levantaron y al final se pusieron de acuerdo, primero que nada, en cerrar filas.

El auditorio de la escuela estaba hasta el tope, como dicen ellos ahora que recuerdan la escena. Y en eso estaban cuando vieron llegar a un alumno de Ayotzinapa. Se trataba de Manuel Vázquez Arellano, a quien se le conocía como “Omar García”, por razones de seguridad, como él mismo ha explicado. Los alumnos también lo conocían como El Eterno, El Abuelo o Jackie Chan. Había entrado a Ayotzinapa en 2006 y desde entonces iba y venía con cierta regularidad. No se había recibido a pesar de que era inteligente y muy preparado políticamente, o así lo describen quienes lo trataron. Todos los conocían porque además era el encargado de la instrucción ideológica de la escuela.

Así que los egresados llevaron a cabo su reunión en presencia de él, que incluso tomó la palabra. Nada más hacerlo, rompió en llanto. Si algo dijo que haya conmovido a aquella reunión ha sido olvidado porque lo que se recuerda es lo que contó después, a un reducido grupo, cuando la junta ya se había disuelto.

Y lo que explicó Omar García fue lo siguiente: dijo que él había presenciado cómo habían torturado y ejecutado al Chilango, en los terrenos del Camino del Andariego, en Iguala. Dijo que él, por alguna razón, estaba en ese lugar.

Omar García había llegado a Iguala en el equipo de auxilio que Ayotzinapa había enviado para ayudar a los alumnos atacados, la noche del 26 de septiembre. Llegó, junto con otros, pasadas las 11 de la noche y le tocó estar en la balacera de la esquina de Periférico y Juan N. Álvarez. Él también corrió, junto con todos, cuando el ataque comenzó. Corrió calle abajo hasta el hospital Cristina, donde se refugió junto con un grupo de chicos. Ahí llegaron los militares, que los amedrentaron pero no los detuvieron ni se los llevaron. Omar, de acuerdo incluso a su propio dicho, se encontraba en el hospital Cristina más o menos a la misma hora en la que al Chilango le fracturaban 64 de sus huesos, le arrancaban un ojo y le desprendían la piel del rostro; lo golpeaban hasta sumirle los pómulos, le rompían el cráneo, le aplastaban las orejas, le reventaban la nariz.

III

Unos quince profesores hacían corro junto a Manuel Vázquez Arellano. Les platicaba que él había visto cómo habían asesinado al Chilango y les dio detalles de lo espeluznante que aquello había sido. Refirió entonces que para que no lo vieran había trepado a un árbol grande y frondoso. Y que había aprovechado la oscuridad para hacerse sombra entre las ramas. Por eso pudo ver todo desde el principio y por eso podía afirmar, sin temor a equivocarse, que al Chilango cuatro policías municipales lo tenían bien sujeto. Entre todos lo golpearon con las armas que llevaban, lo molieron a patadas, desmayándolo de dolor.

Ya caído, uno de los agresores le sostuvo de la cabeza y de entre las bolsas de su vestimenta policiaca sacó una cuchara. Esta cuchara, refirió ahí, tenía la punta del mango afilada de tal manera que con ese instrumento procedió a arrancarle un ojo a Julio, quien de acuerdo al relato se encontraba vivo. Después, con ese mismo filo, comenzó a cortar la piel del rostro del estudiante y por fin, terminada esa tarea, abandonaron el cuerpo. Omar García contó a los profesores egresados que todo eso pudo verlo desde la copa de un árbol. Tendrían que ser entre la una y las dos de la mañana.

IV

Manuel Vázquez Arellano tomó protesta como diputado federal plurinominal por el partido de Morena, el primero de septiembre de 2021. Atrás ha dejado el mote de Omar García y asume, porque el cargo lo exige, su verdadero nombre. Ha intervenido en tribuna para pedir que este mes sea denominado como “septiembre, mes de Ayotzinapa” y dedica un tiempo a sus redes sociales, sobre todo a responder a quienes le dejan mensajes. Omar o Manuel ya había declarado a medios de comunicación que a Julio César Mondragón Fontes le hicieron lo que le hicieron porque había tenido el atrevimiento de escupir en el rostro a uno de sus captores. Se lo dijo a la periodista Carmen Aristegui, durante un programa en el que fue entrevistado a finales de octubre de 2014, cuando el ahora diputado se presentaba con el marbete de vocero de Ayotzinapa. Esa declaración fue reproducida por cientos de medios en todo el país. De acuerdo a él mismo, la escuela había nombrado a cuatro voceros, y entre ellos estaba él. Esta versión la han rechazado en la normal de Ayotzinapa.

La familia de Julio César Mondragón Fontes preguntó al hoy diputado acerca del caso del Chilango, en un evento en la UNAM en la Ciudad de México. Le preguntó, concretamente, cómo era el rostro del policía al que el joven normalista había escupido. Pero Manuel Vázquez apenas alcanzó a decirle a Cuitláhuac Mondragón, tío del Chilango, que la oscuridad le había impedido ver la cara del agresor. Entonces, como pudo, se alejó de la familia, quien ahora reclama una explicación, a siete años de los sucesos de Iguala. La familia Mondragón, que conoce lo que aquí se relata, exige una explicación al diputado morenista.

Manuel Vázquez colabora además con la Fiscalía en las investigaciones del caso de los 43 como testigo. Señala que es parte de un grupo de 20 personas, también testigos, cuya prioridad es encontrar a sus compañeros. Recrimina, por otro lado, que los ex alumnos que lo señalan como infiltrado no cooperen en la búsqueda. En esto último se equivoca porque algunos de ellos ya han rendido declaraciones ante la autoridad encargada del caso, porque buscan lo mismo que él: a los 43. El diputado, sin embargo, ha respondido en redes sociales a quienes lo señalan como infiltrado en la normal de Ayotzinapa, y en ese sentido, el 25 de septiembre de 2021, escribió lo siguiente:


“Por ahí andan varios egresados de #Ayotzinapa acusándonos a quienes dimos voz y conducimos el movimiento los primeros años, de infiltrados del narco, y culpándonos de lo ocurrido en Iguala el 26 de septiembre de 2014.

”Caminan junto a ellos dos o tres periodistas que no distinguen entre politiquería interna de la organización estudiantil y la necesidad de llegar a la verdad.

”Nos llaman traidores y vendidos. Pero quienes defienden la VERDAD HISTÓRICA de Peña Nieto; quienes repiten como periquitos las mismas teorías de Murillo Karam y Tomás Zerón de Lucio (hoy prófugo en Israel), son ellos, no nosotros.

[…]

“A 7 años de los acontecimientos valdría la pena hablar entre todos y todas, sobrevivientes y no sobrevivientes, familiares y amigos. Porque si seguimos en esta lógica de MIRAR HACIA ADENTRO, en lugar de MIRAR HACIA AFUERA, esto es, hacia el Estado y su responsabilidad frente al caso, jamás llegaremos a ninguna parte. Si de verdad tenemos algo que aportar a las investigaciones fajémonos los pantalones y a darle. No para buscar nota, sino pa buscar a nuestros compañeros”.

El de la infiltración ha sido un tema vedado en la escuela desde el principio, y Lenin Mondragón, el hermano de Julio César, ha atestiguado este proceso de silencio desde el principio, cuando él mismo acudió a la normal a pedir ayuda a los estudiantes para resolver el crimen de su familiar. Al principio, la respuesta fue el silencio, pero ahora, años después, ha encontrado algunas respuestas a las interrogantes acerca de lo sucedido con Julio, las cuales no concuerdan con los dichos del diputado, ni los públicos ni los que contó el 28 de septiembre.

Para la familia Mondragón la respuesta del diputado es importante, porque no sólo conocen, tanto como él, el entorno de Ayotzinapa y sus historias heroicas. También han sufrido en carne propia la oscuridad que la noche de Iguala sumió a las familias de los chicos.

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