Rafael Paz/ Gaceta UNAM

Ciudad de México; 25 de septiembre de 2021.

El tiempo para paliar los efectos del cambio climático se agota y no parece haber soluciones en el corto plazo que modifiquen esta tendencia. Así lo afirma la segunda parte del estudio Groundswell: Acting on Internal Climate Migration –la primera se publicó en 2018–, en la que el Banco Mundial lanzó una advertencia: de seguir la tendencia actual, el cambio climático ocasionará el desplazamiento de 216 millones de personas internamente en todos los países del mundo.

Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas (ONU), mediante la Organización Meteorológica Mundial, también hizo un llamado en un reciente estudio, United in Science 2021: ni la pandemia ni el Acuerdo de París han conseguido reducir la emisión de gases de invernadero y “es cada vez más probable que las temperaturas superen temporalmente el umbral de 1.5 °C por encima de los niveles preindustriales en los próximos cinco años”.

Las cifras de ambos informes “nos hablan de un escenario estremecedor, obligan a tomar conciencia sobre las dimensiones del fenómeno”, subrayó Fernando Lozano, investigador del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias, quien añadió:

“Es importante comprender que los impactos del cambio climático en las movilidades internas de población afectarán a las regiones más pobres y vulnerables. Si los desplazamientos forzados por razones económicas y de violencias son complicados, al agregarle razones ambientales se agrava de una manera dramática la situación de las migraciones internas, es decir, al interior de los países”.

Rosalía Ibarra, investigadora del Instituto de Investigaciones Jurídicas (IIJ), coincidió en el diagnóstico: “El cambio climático está actuando como un multiplicador de los riesgos y vulnerabilidades existentes, y empeorarán la situación entre las personas que ya sufren por disponibilidad de recursos. Los impactos del cambio climático afectan de manera desproporcionada a personas y comunidades que se encuentran en una situación de vulnerabilidad”.

Acción urgente

Al combinar los resultados de las dos entregas de Groundswell, el Banco Mundial destacó que por primera vez “se tiene una imagen global de la potencial escala de la migración interna causada por el clima” a lo largo de seis regiones: Asia oriental y el Pacífico, Norte de África, Europa oriental y Asia central, África al sur del Sahara, Asia meridional y América Latina.

Los posibles 216 millones de migrantes internos, argumentan, se darán porque “se irán de zonas con menor disponibilidad de agua, productividad de cultivos y áreas afectadas por el aumento del nivel del mar y las marejadas ciclónicas. Los puntos críticos de migración climática interna podrían surgir en 2030 y continuar extendiéndose e intensificándose para 2050”.

La situación crítica de estas regiones del mundo se agudizará, de acuerdo con United in Science 2021, porque “aun con la adopción de medidas ambiciosas encaminadas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, el nivel del mar seguirá aumentando y constituirá una amenaza para las islas de baja altitud y las poblaciones costeras de todo el mundo”.

“Estos informes destacan, el alto costo humano, pues el cambio climático es un asunto de supervivencia”, señaló Ibarra.

“Las naciones no están preparadas para atender el problema interno y, mucho menos, cuando estas migraciones se den a través de fronteras”, recalcó.

Con ambos estudios, complementó Ibarra, es imposible afirmar que “las migraciones climáticas no son una realidad, tenemos el problema encima y debemos atenderlo desde los puntos de vista jurídico, político y social, para que las poblaciones puedan desplazarse de forma digna; además, no todos los países tienen los mismos recursos, no todas las sociedades tendrán esa capacidad de resiliencia y adaptación”.

Dice el Banco Mundial

“Zonas críticas” aparecerán en 2030.

Acción oportuna disminuiría hasta 80 por ciento de los efectos.

África al sur del Sahara, la más afectada, 86 millones.

El espejismo de la pandemia

Ante la pandemia generada por la aparición de la Covid-19, muchos vieron en esta crisis la oportunidad de reflexionar sobre la situación del mundo. Incluso, ante la cuarentena forzada, en redes sociales se popularizaron mensajes que capturaban el regreso de fauna y flora a espacios usualmente ocupados por los seres humanos.

Para la ONU y la Organización Meteorológica Mundial, esta “pausa” funcionó como un espejismo, ya que “las concentraciones de los principales gases de efecto invernadero –dióxido de carbono, metano y óxido nitroso– siguieron aumentando en 2020 y durante el primer semestre de 2021”.

“Es probable que la disminución general de las emisiones que se registró en 2020 haya limitado el incremento anual de las concentraciones atmosféricas de gases de efecto invernadero de larga duración; sin embargo, este efecto fue demasiado pequeño como para diferenciarlo de la variabilidad natural”, añadieron.

El resultado, para Lozano, se debe a que “la pandemia flexibilizó muchos temas vinculados al cambio climático y las medidas que deberían combatirlo, ya que la urgencia por activar las economías relajó mucho lo avanzado; nos trajo problemas serios, que en rigor debemos verlos como una oportunidad. Cuestiona el modelo de desarrollo que teníamos, como uno contaminante que afecta diversos ámbitos de la vida y la organización social”.

Eso, explicó Ibarra, pone de manifiesto las complejidades existentes para atajar el problema climático. “Para cambiar el sistema energético y económico del mundo intervienen muchos intereses difícilmente negociables, quieren ceder poco de lo mucho que tienen. Seguimos privatizando las ganancias y socializando las pérdidas. Nunca se consideraron los impactos ambientales de producir y consumir mediante el uso de fuentes fósiles. Hay sobreexplotación de recursos y se quiere seguir con ese exceso como si éstos fueran ilimitados”, razonó la autora de Desplazados climáticos: evolución de su reconocimiento y protección jurídica, publicado por el IIJ.

Refugiados, sin reconocimiento jurídico

El mundo, distinguió la investigadora, está poco preparado para afrontar la crisis climática actual y futura. Expuso que hoy día “un migrante por cambio climático no está reconocido en el ámbito internacional, no está regulado legalmente, ¿qué protección recibirán estas personas? ¿Cuál será su trato jurídico?”

La falta de consenso en la comunidad científica –aun ante estudios recién publicados– sobre las causales de migración sólo complican el entendimiento respecto de esta problemática, consideró Ibarra: “Hoy hay colegas que señalan que es difícil determinar el nexo causal entre los movimientos poblacionales y el cambio climático. Ven arriesgado pronunciarse al respecto con certeza porque es un tema multicausal. Es cierto que intervienen otros factores –económicos, políticos y sociales–, pero si analizamos con mayor detenimiento los impactos, vemos que hay reacciones en cadena y que hay impactos que pueden determinar un vínculo causal directo”.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 1992, el Protocolo de Kyoto (1997) y el Acuerdo de París (2015) -que entraron en vigor en 1994, 2015 y 2016, respectivamente, son según la experta, “instrumentos jurídicos sin la fuerza o contundencia para solucionar el problema.

“El Acuerdo de París, por ejemplo, fue aplaudido en su momento porque establece un compromiso de todas las partes –según sus capacidades financieras, institucionales y humanas determinan sus propias metas de adaptación y mitigación respecto a las emisiones de gas de invernadero–, no obstante estas contribuciones nacionalmente determinadas hoy son una herramienta jurídica con resultados poco ambiciosos.

“Además, tomemos en cuenta que el acuerdo de París, si bien es un instrumento vinculante no es punitivo en su esquema de cumplimiento, maneja un esquema de facilitación y cooperación internacional. En materia internacional siempre aplica la diplomacia, y es cierto que de establecer esquemas más rígidos no tendríamos una firma universal”, apuntó.

“Debemos fortalecer este tipo de acuerdos internacionales, sentenció, ya que aun con sus fallas han causado el establecimiento de “normativas en la materia”. La situación debe resolverse de la manera más urgente porque el fenómeno climático transgrede nuestros derechos humanos:

“Son indispensables cambios medulares, no podemos mantener un sistema voraz de recursos con visión meramente utilitaria y mercantil. Requerimos que la materialidad no impere. En la pandemia lo vimos, se habla de reactivar la economía y el mensaje presenta una contradicción con la respuesta climática, sólo se habla de consumo en masa y producción en exceso. El planeta no da más.”

Afirma la ONU

36.64 gigatoneladas de dióxido de carbono en 2019.

Descendieron 5.6 por ciento en 2020 debido a la pandemia por la Covid‑19.

Entre enero y julio de 2021, las emisiones regresaron o superaron los niveles registrados en el mismo periodo de 2019.

40 por ciento de probabilidades de que la temperatura media mundial en los próximos cinco años sea 1.5 °C más alta que en niveles preindustriales.

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