Marco A. Rodríguez 

Toluca, México; 21 de septiembre de 2021.

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Era temprano y hacía frío. Tomó aprisa su chamarra militar y un cuaderno repleto de números y trazos. Ya en la puerta se despidió de Rosa María y luego del acostumbrado beso, que sin pronunciar palabras significaba un hasta pronto, se dirigió a la camioneta donde Bryan le esperaba ya con el motor en marcha.

Subió con cuidado al vehículo y por el retrovisor le dijo una vez más adiós a la mujer. Tan pronto ella cerró la puerta, dio la indicación a Bryan de manejar rápido, pues la cita era a las nueve de la mañana y les faltaba un buen tramo que recorrer. Además, no conocían la dirección exacta a la cual se dirigían.

Eric Enrique iba con la encomienda de realizar un nuevo trabajo. Pero antes debía tomar medidas y asegurarse de que no faltara ni sobrara ni un milímetro, pues en el oficio de los aluminieros fallar en la obtención de las dimensiones representa un problema grave o caro; en ocasiones ambas. Y de eso era él consciente.

Era la mañana del 5 de diciembre, y poco antes, mientras se vestía con playera rosa, tenis azules y pants gris, conversó con Rosa María precisamente de ese nuevo trabajo. Le dijo que iría rumbo al volcán Xinantécatl y que se trataba de algo sencillo. El hombre había recuperado la confianza que hacía más de cinco años no tenía, luego de caer de unos andamios cuando colocaba cristales para una alberca. Aquellos siete metros de altura desde los que resbaló lo dejaron parapléjico, pero gracias a las operaciones en cervicales y las terapias a las que fue sometido, paulatinamente recuperó, aunque no del todo, la motricidad.

En la rápida conversación le dijo a su esposa que otro de sus trabajadores llegaría ahí, a su casa, para luego desplazarse a otro encargo. Le pidió entonces a Rosa María hacer una llamada apenas esto sucediera, para que él pudiera dictarle instrucciones al trabajador, pues era aún novato al igual que Bryan, con quien se hizo acompañar ese día.

Así pasó Rosa María gran parte de la mañana: esperando y cocinando. Guisaba el almuerzo porque su marido le había prometido regresar pronto para comer en compañía de su pequeña hija de once años, quien para esa hora aún seguía dormida.

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Esa mañana los platos se quedaron servidos.

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En ese momento Rosa María lo ignoraba, pero lo que sí sabía -como lo habría adelantado Eric, su esposo- era que un hombre llamaba a su puerta. Se trataba del trabajador, quien pasó y esperó media hora, cuarenta minutos y hasta una hora a su jefe. Ella, por su parte, intentó fallidamente contactar a su esposo para que le indicara al desesperado empleado lo que debía hacer, pero al no lograrse comunicar con él de manera directa, la mujer decidió enviarle mensajes de texto.

Eran ya las 10:25 de la mañana cuando mandó el primero. Luego envió otro y otro más, pero ninguno fue respondido. Como la cita era a las 13:00, el trabajador mejor decidió averiguar por su cuenta de lo que trataba el encargo. Así lo hizo.

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El miedo los hacía seguir. Afuera el frío calaba los huesos y las formas de alrededor eran difusas, por lo que decidieron volver. Eran las once de la noche del 5 de diciembre de 2020. Resignados, salieron a la vialidad Adolfo López Mateos, como no queriendo hacerlo.

Luego de cuatro horas lo único que lograron fue nada. No hallaron pistas de la camioneta ni de Eric, ni de Bryan, ni de nada. Nada. Cual si se tratara de un pueblo fantasma, en aquella zona nadie sabía ni había visto algo. Nunca se percataron del paso de la camioneta gris con placas de Guerrero en la que se desplazaban y por eso, para los habitantes de aquella región, a 22 kilómetros al suroeste de Toluca, Eric y su acompañante no habían estado nunca ahí, aunque después el geolocalizador del celular del primero indicara otra cosa.

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Al otro día la búsqueda comenzó a las seis de la mañana, cuando las calles lucían tan oscuras como la noche anterior. La impotencia por no tener noticias del paradero de su esposo y de su acompañante, y la hipótesis de un posible accidente obligó a Rosa María y a sus suegros, la señora Ana Arzate y el señor Armando Leyva así como la hermana de Ana, Rocío Munguía, a volver a la zona limítrofe del Xinantécatl, aunque esa visita duró menos que el día previo. En esa ocasión preguntaron también en los hospitales Adolfo López Mateos y Nicolás San Juan de Toluca, la capital de Estado de México, así como en la Cruz Roja.

Más tarde fueron a los “separos” de la calle Primero de Mayo, ubicadas en el centro de la ciudad, y luego en las instalaciones del Semefo. Pero en todos esos sitios la respuesta fue la misma.

Donde sí obtuvieron ayuda, aunque no la suficiente, fue en la Fiscalía estatal. Ahí emitieron la ficha de búsqueda correspondiente y les recomendaron reportar como robada la camioneta en que salieron Eric y Bryan. Sólo así algunas corporaciones policiales se mantendrían alerta del vehículo y con ello posiblemente podrían localizar a ese par.

Les prometieron también dar seguimiento al caso y encontrarlos «cuanto antes», pero todo quedó en perorata. 

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El primer Ministerio Público utilizó las suposiciones y ataques como método de investigación; abandonó en primera instancia el caso y mandó a descansar a la familia, como si eso fuera posible sabiendo que Eric y Bryan no aparecían en ningún lado. 

Que se comunicaría con ellos fue lo que les prometió el MP, pero no que los encontraría. 

Días después y al no saber nada del “licenciado”, Rosa María pidió reunirse con él. Durante su entrevista, el hombre cuestionó a la demacrada mujer sobre las actividades de su esposo, pero cuando ella respondió que era director y dueño de Aluminios Leyva, la salida fácil de él fue vincularlo con grupos del crimen organizado. Ahora, más que defender a Eric, lo calificaba de mafioso y presumió que su desaparición podría deberse a una posible deuda “de favores” con bandas delictivas.

Rosa María no concebía que ese sujeto, servidor público, tachara de delincuente a su esposo y más que ayudar obstaculizaba las intenciones de encontrarlo. Por ello denunció ante la Comisión de Derechos Humanos de la entidad el negligente actuar de la Fiscalía.

De algo sirvió la queja de oficio que ese organismo inició, pues un día después la Fiscalía turnó a otros dos ministerios públicos el caso y por fin el primero se puso “a las órdenes” de la familia. 

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Luego de rastrear el teléfono de Eric, a mediados de julio de 2021, la Fiscalía determinó que él y Bryan habían pasado por San José Contadero, a unos nueve y medio kilómetros en dirección noroeste de San Miguel Zinacantepec. Tomaron entonces sus armas los uniformados y subieron a la camioneta…

Al “operativo” fue también invitada Rosa María y su familia, quien en ese lugar repartió, de mano en mano, hojas con información de Eric y Bryan.

Mientras “peinaban” la zona boscosa, como dicen en la jerga de los policías de investigación, Rosa María entrevistó a algunos de los lugareños para saber si de ellos podía obtener la información que hasta ese momento no lograba de la Fiscalía. Las respuestas eran diversas, pero nunca las esperadas.

Hubo quien le advirtió sobre la presencia del Cártel Jalisco Nueva Generación en esa zona: “los hemos visto pasar en sus camionetas; van armados hasta los dientes y uno ni que les diga algo. Nomás los vemos levantar el polvo y, luego, como que nada pasó. Seguimos de largo. Fíjese, esos mismos hombres se llevaron la semana pasada a un chavo. Fue muy sonado el caso”, le comentó una mujer mientras doblaba con sutileza la hoja con la fotografía de Eric.

La visita fue breve. Salieron de ahí de la misma forma en que llegaron, con nada. Para consuelo de la familia, les prometieron que colgarían lonas con la ficha de búsqueda de los hombres extraviados y les dijeron que lo harían en Tejupilco, porque de acuerdo al trazo geográfico del dispositivo móvil, hacia esa zona se pudieron haber dirigido.

De acuerdo con las autoridades, el hombre con quien por última vez habló vía telefónica Eric, y cuyo nombre no han querido revelar a la familia “para no entorpecer las diligencias”, es del narcomunicipio de Tejupilco y se ha observado que viaja constantemente hacia Guerrero, aunque esta información no ha sido aprovechada por los policías pues nada han hecho por buscarlo a través de sus coordenadas.

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¡Pero es que ustedes no han logrado nada! ¡No, señor; no me puede decir eso! Y si fuera un delincuente, ¿no cree que yo se lo diría? ¡Lo que quiero es tenerlo de vuelta! ¿Por qué a otros les llega la justicia apenas unas horas después? 

¿Por qué nosotros no tenemos la misma atención que la tienen los políticos o toda esa mafia influyente de personas a las que les pagamos su sueldo con nuestro sudor? ¡No, señor! ¡No me puede usted decir eso!

¡Sí, yo estoy dispuesta a contribuir, pero ustedes también hagan algo! ¿Qué por qué contesté esa llamada y pagué el dinero? ¡Porque ustedes no han hecho nada y aquella voz era mi luz al final del túnel! 

¡No, señor! ¡Usted no sabe lo que uno piensa en su soledad! ¡Si yo al menos supiera qué es de Eric podría al fin descansar! ¡Como sea, pero quiero encontrarlo! ¡Nuestra hija lo necesita, señor, entiéndame!  ¡La nena siempre le pide a papito Dios que le regrese a su papacito! ¡No me diga eso, señor! 

¡Mi esposo no es un criminal, siempre ha trabajado derecho!

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Iban saliendo de la Fiscalía cuando el suegro de Rosa María recibió una llamada que de inmediato comunicó a la resignada mujer. Del otro de lado de la bocina, un hombre de modo agreste le dio órdenes. Sabía que su esposo era parcialmente paralítico, que necesitaba medicamentos y que llevaba meses desaparecido. Lo acertado de la información le llevó a Rosa María a obedecer cuanto le exigía.

El Comandante, como se presentó la voz, pedía veinte mil pesos para liberar a su esposo y otro tanto igual por Bryan; cuarenta mil pesos que no se llevan en la bolsa cuando se sabe uno mexicano.

Tras una serie de mutuos acuerdos, de negociar y renegociar la liberación de Eric y Bryan, El Comandante prometió comunicarlos con su familia apenas viera reflejado en su estado de cuenta bancario el pago correspondiente.

Pasaron veinte minutos y luego una hora. Después dos y hasta tres cuando Rosa María regresó la llamada a “El Comandante”, pues no había cumplido con su parte del trato. De nueva cuenta se dispuso a escuchar lo que diría ese hombre; sin embargo, en esta ocasión la línea telefónica ya habría sido suspendida.

La estafa, razonó después Rosa María, se orquestó desde las redes sociales. En su desesperación ella, sus amigos y familiares compartieron información sobre Eric y sus afecciones, así como los números telefónicos a los cuales se podían comunicar en caso de tener información del hombre o de su acompañante de aquella mañana imborrable del 5 de diciembre. 

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Eric Enrique Munguía Arzate y Brayan de Jesús Hernández, de 33 y 23 años, respectivamente, salieron a trabajar el quinto día del último mes de 2020. Partieron de la casa del primero, en Mayorazgo de León, Almoloya de Juárez.

Se dirigieron a la casa de un nuevo cliente, por la zona del volcán Xinantécatl, a bordo de una camioneta Ranger con placas de Guerrero. Cerca de las 10:15 de la mañana de ese día se perdió todo contacto con ellos. 

Ese mismo día la familia de ambos comenzó la ardua búsqueda, pero apenas unos meses después la de Bryan decidió claudicar debido a lo caro y agotador que resulta el proceso. 

Las indagatorias continúan; no obstante, y debido al contexto de pandemia que vive el país, el proceso ha sido más pausado que lo habitual. No se han conseguido los videos que diariamente registran las cámaras de videovigilancia de la entidad, ni tampoco se ha encontrado la camioneta en que viajaban. 

La única pista fue y es la obtenida a través del celular de Eric.

Diseño de portada: Karen Colín

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