Luis Téllez-Tejeda/Punto en Línea/ UNAM

Ciudad de México; 20 de junio de 2021.

Hace más de cincuenta años que el Sábado de Gloria no es tal para la Iglesia Católica, sino Sábado Santo. Pocos feligreses se enteran de las reformas vaticanas que debieran regular el culto a su fe, basta entrar a loncherías, cantinas y taquerías para constatar que San Martín Caballero sigue siendo objeto de veneración, aún cuando ha sido proscrito del santoral romano y apostólico.

Pero en México, la religiosidad católica no ha necesitado ceñirse a los cánones eclesiásticos para manifestarse de las infinitas formas en que se hace presente la sacralidad en la vida cotidiana y en las fiestas, sobre todo en las fiestas, que dan sentido a la vida colectiva de ciudades y pueblos.

Por eso, el Sábado de Gloria sigue siendo Sábado de Gloria en los barrios de la capital. Las callejuelas de la parte no turística del Centro Histórico son escenario de batallas de agua; aunque discretas, aparecen desde azoteas y balcones cubetas de agua para empapar a los transeúntes, especialmente a los policías y otros uniformados.

Poco importan las multas que desde días antes se anuncian en televisión y radio para quien desperdicie agua, tampoco el corte de suministro del líquido que realizan las autoridades, menos el recogimiento físico y espiritual al que conmina la Iglesia para recibir la resurrección de Cristo en un estado reflexivo.

Importa la fiesta, el desmadre. El Sábado de Gloria implicaba para los capitalinos de hace décadas el fin de una semana de estrictos sacrificios, de radio con música sacra y televisión con películas religiosas de la más aburrida ralea. La válvula de escape para ese tedio ocurría el sábado con los baños colectivos en plena calle, el sonido de matracas, las ferias afuera de iglesias, la excursión a parques públicos y los bailes nocturnos con los que se celebraba la resurrección.

Aunque pocas familias siguen al pie de la letra el calendario litúrgico de la Semana Mayor, queda el resabio de la fiesta sabatina. Quienes no abarrotan balnearios y playas, quienes se quedan en la ciudad pueden, todavía, esperar al sábado para redimir la santidad de una semana que hace mucho que no lo es, ¿qué lo es en la capital chilanga?

Basta caminar algunas calles de más para encontrar que la ciudad vacía no es solamente ese lugar en el que trasladarte de un punto a otro te lleva quince minutos, en donde no debes esperar hasta las diez u once de la noche para ver la película que quieres sin el bullicio de niños y pláticas baladís en el cine. No, la ciudad en Semana Santa no es nada más el idílico sitio para quienes ansían una capital cosmopolita sin las hordas humanas que la construyen.

Entre el Domingo de Ramos y el Sábado Santo, la Ciudad de México es un entramado de barrios. En distintas medidas, los lugares que fueron pueblos y ahora se adaptan a las unidades habitacionales, los condominios y los edificios con roof garden regresan a los rituales que les otorgaron la identidad que aún presumen orgullosos en el papel picado que atraviesa las calles o en las púrpuras estaciones del viacrucis que se instalan para rezar rosarios en plena vía pública.

La contaminación atmosférica y los accidentes generados por la pólvora no han sido suficientes para desprestigiar una tradición que, ya avanzado el cibernético siglo XXI, sigue vibrando, literalmente, en la quema de Judas.

Ya son muy pocas las familias de artesanos que se dedican a la cartonería; en La Merced, Xochimilco, Chalco y Coyoacán sobreviven talleres en los que se fabrican muñecas, máscaras, sombreros, cascos romanos y caballitos de cartón. En esos mismos talleres se elaboran los diablos y monstruos que se queman en algunas plazas para recordar la traición que recibió Jesús de Judas Iscariote.

Hacia mitad del siglo pasado, casi en cada barrio y atrio de la ciudad se realizaba la quema de muñecos de cartón para anunciar el inicio de la “Gloria”: con el repique de campanas y el sonar de matracas, el material pirotécnico que se colocaba a los monigotes comenzaba a explotar en lo alto de postes para dar paso a la fiesta.

Son especialmente famosas las quemas de Judas que se realizaban afuera de las pulquerías: enormes diablos de cartón con alma de carrizo bailaban con el silbido de la pólvora en círculos que terminaban en un estruendo, tras el cual miles de pedazos de papel volaban por la calle entre la humareda. Los negocios de postín se daban el lujo de esconder regalos en los “judas” para que algún afortunado no sólo se impregnara del olor a pólvora, sino que también recibiera algún par de zapatos o trozos de embutidos o bolsas con dulces.


De ser tan común, la quema de Judas pasó a celebrarse en no más de media docena de sitios. Eso sí, en donde aún perdura la fiesta, se lleva a cabo a lo grande.

Las avenidas camuflan la vida de los barrios. Quien transita por Congreso de la Unión o Fray Servando Teresa de Mier el Sábado de Gloria por la noche se admiraría de lo que sucede dos cuadras hacía adentro de la Merced Balbuena.

La improvisada plazoleta que forma el confluir de calles ha sido ocupada en sus orillas por puestos de plátanos fritos, hotcakes, esquites, cervezas (aderezadas de las más variadas formas: con chile y limón, con chamoy y tamarindo, con gomitas de dulce que las convierten en “gomichelas”), huevos rellenos de confeti para gastar bromas, tiaras de cartón y diamantina.

Hacia el fondo de uno de los callejones, una pared de bocinas se levanta para expandir los sonidos de la cumbia y la salsa que un dj tropical intercala con sus propias intervenciones, “vamos mandando un saludo para la gente bonita de Aragón y la colonia Obrera…”.

n los extremos, dos casas lucen en sus fachadas judas de distintos tamaños y formas; después de los muñecos en forma de diablo, los que emulan a Enrique Peña Nieto son los más numerosos, ya con lengua flamígera, ya con orejas de burro, pero es democrático el odio a los políticos: también hacen fila la efigie de Beatriz Paredes enfundada en un vestido rojo, un alebrije en el que se distinguen los rostros de López Obrador y Ebrard y un diablo cuyo rostro lo ocupa un televisor con los logotipos de Televisa y Tv Azteca.

Bart Simpson, un pitufo y un enorme pájaro del juego “Angry birds” posan para las fotografías de vecinos, reporteros y turistas que admiran los detalles de las figuras que en algunos minutos volarán en pedazos.

Casi son las nueve de la noche, de no ser porque los enormes diablos de cartón se llaman “Judas”, pocos atinarían a relacionar esta fiesta con la celebración religiosa que casi culmina esta jornada. Se forma un círculo delante de cada una de las casas que exhiben a los monigotes; colgadas de postes de teléfono y electricidad, ya están listas las cuerdas que servirán de cadalso a las figuras monumentales de cartón.

El público, impaciente, comienza a silbar, las ventanas y balcones de las casas de alrededor están llenos de espectadores privilegiados que pueden sentarse y ver desde lo alto.

Una serie de cohetes anuncia la primera y única llamada, los círculos de gente se abren. La maniobra para colgar al primer diablo es un tanto laboriosa, además de asegurar que quede bien amarrada la estructura, hay que cerciorarse de que la guía de pólvora no se fracture para que los cohetes se quemen como el pirotécnico lo diseñó. Más silbidos.

Cuando al fin una mujer enciende con un cigarro la mecha de un enorme diablo verde, se hace el silencio. La pólvora chifla y hace danzar al diablo, encendiendo luces verdes y rojas. Una explosión deja únicamente el torso del judas pendiendo de la cuerda. Silencio otra vez. La última explosión retumba en las puertas de lámina de los inmuebles de alrededor y, sobre todo, en el pecho de los asistentes que, pasados unos segundos y tras corroborar que el judas se ha deshecho por completo, lanza aplausos y, por supuesto, silbidos para los coheteros.


Uno tras otro, en un duelo entre las familias anfitrionas, los judas van explotando. El olor a pólvora se combina con el azúcar quemada que vuela en hilos por el aire y que los niños persiguen para comer un pedazo de algodón rosa fosforescente.

Azorado, un grupo de turistas corre de un círculo a otro para captar cada detalle de la pirotecnia en las dos o tres cámaras que cuelgan del cuello de cada uno. Las mujeres del grupo no atinan a taparse los oídos para protegerse del estruendo o detener con firmeza los grandes vasos de cerveza.

Entre cada quema se lanzan cohetes al aire, crisantemos y flores voladoras que, al estallar en luz sobre la concurrencia, arrancan aplausos y exclamaciones de asombro. Un grupo de hombres junta los despojos de los monigotes después de mojarlos a cubetazos, la protección civil en este callejón es una hilera de cubetas llenas de agua en el zaguán de las casas de los artesanos.

Los niños corren al montón de cartón quemado y luego mojado, reconocen partes de las figuras que hace un momento les causaron admiración, pelean por una mano o un pedazo de pie, pero los verdaderos tesoros son los cuernos de diablo que se prueban sobre la cabeza para comenzar a perseguirse.

Ya casi para terminar el desfile de explosiones, en lo alto se alza un pitufo que comienza a girar y a aventar bengalas multicolores de una caja de regalo que lleva en las manos. El gesto no puede ser más que aplaudido y celebrado por el público, los padres levantan a sus hijos para que vean la hazaña pirotécnica. Entonces, se cimbra el lugar con el estallido más fuerte de la noche.

Entre el humo se escuchan los saludos del sonido que no ha dejado de programar cumbias para invitar al baile, por las ventanas de las casas se alcanza a ver que ya se preparan las mesas para taquizas familiares.

Como celebración del triunfo del bien contra el mal, no hay liturgia que valga para esta fiesta, no hay decreto papal que termine con el placer del coheterío previo al baile. En la Merced Balbuena el Sábado de Gloria apenas comienza, aunque desde 1955 no exista oficialmente.

Luis Téllez-Tejeda (Naucalpan, México, 1983) es poeta, cronista y editor. Estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado poesía en los libros colectivos Crimen confeso (Daga, 2003), Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006) y Los mejores poemas mexicanos(Joaquín Mortiz; FLM, 2006); en las revistas Viento en vela, Literal y Punto de partida; en el suplemento cultural Arena y el periódico Unomásuno. Ha publicado reseñas y artículos en Libros de México, El bibliotecario, Solario y Punto de partida. Es editor del boletín sobre literatura infantil-juvenil y promoción de lectura Puntos y líneas, coordina el área de publicaciones del capítulo México del International Board on Books for Young People. Imparte talleres de creación literaria para niños de poblaciones vulnerables dentro del programa Alas y Raíces del Conaculta. Ha participado en diversos congresos en México, Brasil y Cuba.

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