Miguel Alvarado

Toluca, México; 19 de junio de 2021.

Si hay un muerto, la policía y los reporteros en Toluca dicen que hay un “Catorce” y entonces todos avanzan hacia el lugar, como si ese sitio los jalara con los tentáculos invisibles de todas las posibilidades. Al final, una escena de crimen o un muerto nada más, significan un enigma. No el de saber cómo murió o quién o quiénes lo mataron, sino el misterioso desgarre que en ese momento aparece en el lado de la realidad que pisamos y que por unos instantes nos hace creer que los muertos, los tirados ahí, nos miran azorados desde algo que ya no son sus ojos.

-Es un Catorce. Avanzo- dice el fotoperiodista Ramsés Mercado cuando recibe la notificación de un accidente, una riña, alguna ejecución. Nadie sabe por qué lo hace, por qué va, entendida que la primera razón es la búsqueda de información para publicar. Pero a veces, cuando coincidíamos en tiempos y autos, nos preguntábamos quiénes reportearían nuestras respectivas muertes, cómo llegarían al lugar, con qué cara podría escribirse o fotografiarse lo que nos hubiera pasado. Las respuestas no las recuerdo del todo pero sí la lluvia azotando el parabrisas, el auto corriendo sobre los puentes de Tollocan, la cada vez menos cantidad de luz y lo inútil que resultaba eso que se nos pegaba al corazón.

Pero eso, precisamente, es lo que a uno se le va quedando y permea como la gota de un tormento antiguo, como la tierra que se desgaja por el túnel de las hormigas, que va dejando daños del tamaño de la ira, del miedo, de la angustia, de la tristeza inexplicable que siempre somos.

Si uno voltea será para mirarse las manos y comprender el esputo que a veces uno es para los demás. Entonces lo que se ha hecho como reportero parecerá inmenso aunque no se represente así. El envés de la piel que nos contiene tendrá que mostrarse como parte de la fuerza en la que uno se convierte y que no tiene ninguna relación con la técnica de comunicar, sino con los pedazos que se van dejando. Antes que la muerte, de que uno se desintegre poco a poco, está la desmemoria de quien todos los días observó a otros, les prestó la herramienta de la palabra como imagen o sonidos pero después fue olvidado.

Por eso, que alguien relate historias acerca de reporteros y que no caiga en la teatralidad casi de telenovela de, por ejemplo, Las Guerras de Galio, un tabique deshojado por Héctor Aguilar Camín, o las compilaciones de artículos, crónicas y columnas que tanto les gustan a García Márquez o Monsiváis, alguien que no caiga en eso, decíamos, tendrá por fuerza que reportear al reportero y verlo levantarse, bañarse si lo hace, desayunar si es que tiene algo para comer, tomar el camión y en fin, desdoblarse en mil personas que no es pero que lo configuran inevitablemente. Tendrá que verlo apretar la libreta o cuidar su cámara, deambular como el fantasma en el que a veces se transforma y escucharle el latido, corazón entenebrado donde ha guardado las cosas que no ha podido decir porque no ha hallado la manera. Así que se las guarda y después de mucho, cuando ha sido ya rebasado por sus fragmentos, las revisa y observa que apenas es nada, y que nada y apenas resultan ser lo mismo.


Eso pasa con Tinta Roja, la novela de Alberto Fuguet que habla de los reporteros de la nota roja cuando había especialistas en ese tema, que se dedicaban sólo a eso, y que por eso sabían el peso que la muerte tiene en una sociedad ocupada en observar al otro.

La muerte es un culto en México, pero además la muerte pegada al sufrimiento tiene el rango de deporte. Sin embargo, eso no solamente es así en nuestro país porque al final, lo sincrético, para quienes vivimos en América Latina, resulta encontrarse en el mundo espíritu y por supuesto en las experiencias de la muerte, que nos iguala a todos aunque no se quiera.

Alberto Fuguet es chileno y los personajes de su novela están ubicados en Santiago, la gran capital que siguió siendo eso incluso con Pinochet y la CIA encima de la vida. Tinta Roja es una suerte de cosa autobiográfica -pero esto es solo una suposición- que retrata la juventud reporteril de Alfonso Fernández, quien se encuentra realizando prácticas profesionales en el gran diario El Clamor, el más vendido, el más rojo y el más amarillista en esa santiaguina ficción que presenta Fuguet, entremezclada, embarrada, sostenida por la realidad de los años ochentas.

El Clamor y sus reporteros tienen una sola misión en la vida, y esa es la de contar historias. Para los de la nota roja, esa parece una cosa sencilla porque todos los días hay muertos: suicidios, ejecuciones, reyertas, traiciones, toda la argamasa humana pasa ante sus ojos y libretas, pero llenas de sangre, misterio, dolor y a veces de una letalidad tan cómica que es imposible no reír.

Los reporteros de El Clamor van aprendiendo el oficio a punta de golpes. No tiene importancia si estudiaron periodismo o si su escuela fue la cárcel. Ahí todos forman parte de un mecanismo que narra y que usa los ojos, las orejas, el corazón y la piel como los primeros instrumentos de verificación informativa. Y esas calles que en una capital como Santiago resultan mortales si uno no sabe, las enseñanzas van llegando como si se tratara de un oficio tan antiguo como el de los meretrices.

– Nuestras páginas son como la vida social de los pobres, Pendejo. Se hacen famosos aunque sea por un día. Esta gallada recorta después los artículos o los enmarca. Aunque uno los haya tratado mal. Te puedo contar mil casos. Así funciona la cosa, pasando y pasando. No nos aprovechamos de nadie. Así que no vengas a hacerte la mina o a sentir pena. Lo que nosotros hacemos por ellos es legitimarlos. Les damos espacio- le dice al joven Alfonso el viejo periodista Saúl Faúndez, mientras lo instruye en las escenas criminales, en la Redacción, en el arte de los bares y las piqueras.

Al final, el novelista Alberto Fuguet no es un cualquiera. Sobre todo reportero, también es escritor y en 1999 fue elegido como uno de los 50 líderes latinoamericanos por Time y CNN. Esta novela, Tinta Roja, fue incluso llevada al cine por el cineasta peruano Francisco Lombardi y dejó lo que tenía que dejar en el año 2000.

Sin ser mexicana, la Tinta Roja de Fuguet, publicada en 1996 por Aguilar Chilena de Ediciones y en 2001 por Suma de Letras, se parece mucho a lo que todavía puede vivirse en una Toluca medianamente tranquila porque su marca de sangre aún no rebasa los límites de la decente tolerancia de una audiencia que, mediocre, hipócritamente, exige todos los días más noticias de muertos.

-Es un Catorce. Avanzo- dice el fotoperiodista Ramsés Mercado cada vez que hay un muerto y él está cerca de esa muerte exhibicionista, que no se contenta con suceder, sino que arrasa quedándose con uno para siempre, aunque parezca que nada más está de paso.

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