Marco Antonio Rodríguez

Toluca, México; 13 de mayo de 2021.

Fue como renacer. Fue pensar en quienes se quedaron cerca y los que aún resisten. Fue también la empatía por quienes, como pueden, sobreviven conectados a un tanque de oxígeno o cualquier respirador artificial. Fue recordar las sirenas de las tantas ambulancias frente a los hospitales saturados; fue predecir la agonía de las más de doscientas mil familias que han perdido a una o más personas. Fue ver la jeringa y no sentir miedo, ni dolor, sino unas ganas incontrolables de llorar. Fue volver atrás y pensar en don Nachito y su familia; en Brenda y el dolor de sus pérdidas, en doña Elvia, en los sin nombre cuyo cuerpo quedó tendido en cualquier punto de cualquier lugar. Fue revivir el dolor de las víctimas mortales.

Sí, profe. Por acá, mire. Allá con mi compañera, maestro. Mejor con tinta, profesor. Ahora pásele acá, maestro. Buenos días, profesor, si es tan amable de. Maestro, ¿no tiene QR? No se preocupe, maestro, pásese acá. Si gusta acérquese a la valla, ahí en la sombrita para que no se me asoleé. No sea malo, maestro, préstele su plumita a la maestra. Sí, por este lado los que no lograron registrarse. Híjole, pero su cámara no pasa, profesor; no tenemos autorizado dejarlos fotografiar aquí. ¿Entonces es profesor y reportero? ¡Ay, no le haga, maestro! Pues nomás que no se den cuenta y mejor con el celular; al fin que ya tienen buena resolución. Tiene 35.6, adelante, maestro. Buenos días, le coloco tantito gel. Pásele.

Dos filas partían el estacionamiento del nuevo –que no tanto- Conservatorio de Música del Estado de México. Extrañamente no sonaban los chelos o los cornos franceses y mucho menos los desafinados violines. Las únicas cuerdas eran las que sostenían aquella carpa blanca usada de cielo y los alientos eran de humanos que jalaban el aire filtrado por el cubrebocas. Tampoco había guitarras pero sí una mujer con cabello de David Rusell que pidió cortar por la mitad la hoja de registro.

“Pues es la china, güey, pero mejor eso a nada porque estos cabrones ya nos van a querer regresar a la escuela”, dijo ruidoso un hombre que más que profesor parecía salido de una película futurista  de vaqueros: vestía tejana café, botas picudas color negro con grecas blancas, chaleco aborregado en tonos de vino tinto, doble cubrebocas, careta y lentes de sol tipo aviador. Comunicaba por el teléfono que habría sido citado por el supervisor de zona y que estaba a unos minutos de recibir la vacuna contra la covid-19 fabricada por el Instituto de Biotecnología de Beijing y CanSino Biologics Inc, aunque él se limitara a decir “es la china”. Reprochaba a quien le atendía la llamada el no poder “chupar” luego del pinchazo, cuando la mujer con cabello de David Rusell le pidió no repegarse a sus compañeros y entregarle la mitad de hoja.

Conforme la conversación de aquel sujeto discurría, la fila crecía en sentido contrario.  Paradójicamente los mismos que dictan reglas y normas dentro de las aulas, hoy eran quienes las incumplían. Algunos fingían no haber visto a las más de cincuenta personas formadas y se colocaban hasta el inicio de la fila, aunque más tarde eran retirados por quienes vestían chaleco color gris, para más tarde recorrer de vuelta la misma hilera que instantes previos ignoraran. Otros más permitían colarse a quienes recién llegaban con el pretexto de “es que me dejó apartado, profe”, cuando todos los ahí presentes atestiguamos su descenso del vehículo.

Pero la fila avanzaba. Diez, quince y veinte minutos bastaron para luego ingresar a una sala con decenas de sillas perfectamente acomodadas. Enfrente, las hieleras; atrás paredes de cristal; a la derecha profesores que presionaban un algodón mojado de alcohol contra la parte superior del brazo y a la izquierda gente desnudándose para dejar expuesto el brazo a pinchar.

Bienvenidos, profesores; se van a descubrir el brazo izquierdo y van a colocarse sobre las piernas su formato. Ya pueden guardar su identificación. Muy buenos días.

Luego vinieron las explicaciones de posibles efectos secundarios, de cuidados, y del proceso a seguir durante y después de la vacuna; sin embargo, esas instrucciones se diluyeron por culpa de las memorias.

La mente y ojos se ahogaban de recuerdos, de aquel último suspiro que dijo adiós a su alma y a su mirada enternecedora. Al cuarto inundado de lágrimas desconsoladas y su rostro extraviado que reflejaba esa misma calma con que goteaba el oxígeno de a lado de la cabecera. Mientras nos desvestíamos el brazo indicado, en la mente se peleaba una guerra más fatigosa: era la contienda contra la muerte que llega con aires de tragedia y se apersona en los rincones de la soledad y el desanimo. Era don Nachito y doña Elvia en forma de recuerdo; eran todos los médicos que diariamente despiertan con el terror a la muerte que da saberse entre paredes impregnadas del maldito virus. Eran de nuevo los tíos de Brenda y su entristecida abuela.

Era emoción por la vacuna pero tristeza por los muertos. Eran de nuevo las ganas de llorar. Era el llanto ya que musicalizó enero, el mes en que más gente se contagió y murió a causa de la enfermedad. Eran entonces acordes de tragicomedia. Era el COMEM tocando un Réquiem y rellenando el ambiente con una orquesta desafinada y dolorosa. Era un rostro húmedo en aquella sala, pero muchos más en los recuerdos.

¿Y los que salen a las calles a trabaja para intentar subsistir? ¿Y los que no tienen trabajo? ¿Y los que mueren sin ser reconocidos? ¿Y los que enferman y no tienen para pagar un hospital o una consulta médica? ¿Y los que murieron sin saberse enfermos? ¿Y los políticos “comprometidos con el pueblo”?

El pinchazo fue breve. La aplicadora, una enfermera de pelo cano, mostró los cinco mililitros dentro de la jeringa y, luego de vaciarla, entregó al recién vacunado un algodón mojado de alcohol. Y luego la recuperación. Y volver a los recuerdos de enero y pensar en lo cerca que estuvieron de sobrevivir.

Y de nuevo fue como renacer. y de nuevo fue pensar en quienes se quedaron cerca y los que aún resisten. Y de nuevo fue también la empatía por quienes, como pueden, sobreviven conectados a un tanque de oxígeno o cualquier respirador artificial. Y de nuevo fue recordar las sirenas de las tantas ambulancias frente a los hospitales saturados; y fue también predecir la agonía de las más de doscientas mil familias que han perdido a una o más personas. Fue ver la jeringa y no sentir miedo, ni dolor, sino unas ganas incontrolables de llorar. Fue volver atrás y pensar en don Nachito y su familia; en Brenda y el dolor de sus pérdidas, en doña Elvia, en los sin nombre cuyo cuerpo quedó tendido en cualquier punto de cualquier lugar. Y de nuevo fue revivir el dolor de las víctimas mortales.

Estaciónese tantito, ordenó enérgico un policía estatal uniformado de negro. Luego llegó otro y otro y otro y otro policía más. Cercaron el área pues una camioneta y luego otra y luego otra ingresaron al estacionamiento de aquel lugar. Pásele, ya puede salir, ordenó de nueva cuenta, apenas unos minutos después, el primer policía. Después se supo que abrían paso a un inmortal, al gobernador Alfredo del Mazo Maza.

Y sin embargo nada más que gratitud y no con aquel hombre que descendió escoltado para luego grabar algunas escenas vigilando el proceso de vacunación, sino con todo el equipo que volvió posible la inyección que hoy se manifiesta en un dolor continuo de cabeza: ya por las memorias, ya por el biológico. A todas ellas y ellos, nada más que gratitud.

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