Miguel Alvarado

Toluca, México; 12 de mayo de 2021.

Ya no conozco a nadie. A dos, quizá. Uno de esos dos es Jesús Corona, el portero de Cruz Azul. De los otros nadie, y se debe a que la cancha, hace mucho, se ha hecho pequeñita y el balón se quedó sin aire. Hace una semana pasaba por la calle de Morelos, obligado a ir al estadio para recibir la vacuna y entonces miraba la caja gris en que los dueños multimillonarios convirtieron al Toluca, a los Diablos Rojos que alguna vez jugaron en San Juan de las Huertas y en los campos a los que llamaban Héctor Barraza.

Ya no conozco a nadie y eso se debe a que el futbol es mejor verlo de niño, jugarlo de niño.

En la calle de Morelos, obligado a ir al estadio para recibir una dosis de vacuna, veía atisbar a la gente por la puerta de la tribuna de sol, la que está en la esquina, y desde la cual, desde las sombras que arroja, se pueden ver los pedazos de césped. Así quisiera que este apunte se quedara, nada más con la imagen del césped y de una parte de las tribunas. Ya hace un año que los clubes de futbol profesional demostraron a todos que no necesitan que nadie acuda al estadio y compre su boleto para sostener a un equipo. Un dato de Transfermarkt, la página de los costos de jugadores y clubes dice que el Toluca cuesta 26.9 millones de euros, que es lo mismo que un jugador de mediana calidad cuesta en Europa. Esos 26.9 millones de euros, que en pesos mexicanos son 699 millones 400 mil pesos, 500 millones de pesos menos que el presupuesto que la Universidad Autónoma del Estado de México se gasta cada año.

Se supone que esa página lo registra todo. Los costos, pues. Pero no es tan cierto cuando no sabe nada de los contratos dobles que se firman en México o de cómo un equipo sobrevive sin asistencia. Tampoco hay que ser adivinos. Monterrey, cuyo valor es de 70 millones de euros, es propiedad de FEMSA, un formato empresarial formado por lo más gandalla del mercado, en el que se encuentran Coca-Cola y sus subsidiarias, esas que te dicen: “amigo, estás equivocado cuando dices que nos llevamos el agua. Nosotros somos los primeros en cuidarla”. Coca-Cola y sus marcas Coca-Cola Light, Sprite, Diet Sprite, Fanta, Delaware Punch, Lift, Schweppes, Power Ade, Ciel, Ciel Mineral, Fresca, Senzao, Taí, Quatro, Kin, Beat, Mundet, Crush, Hi-C, Extrapoma, Etiqueta Azul, Te Nestea, Adventures no nos necesitan como nosotros creemos, y son las dueñas del Monterrey.

Después, el América y la carga maldita que ha resultado para el equipo, cuyo dueño original también era el dueño de los refrescos Jarritos. El América, cuyo costo es de 69 millones 800 mil euros hace que su afición se ponga de pie, como dicen en la tele, y le canten hasta himnos.

La cementera Cruz Azul es la propietaria del equipo Cruz Azul, cuyo valor es de 64 millones 200 mil euros. Este es un equipo al que se le infiltraron los saqueadores y por años lo destazaron. Hoy, con órdenes de aprehensión y algunos detenidos, la Máquina de la Cruz Azul intenta que alguien crea que un campeonato lo cura todo. Así están los otros dueños. Guadalajara, propiedad de Omnilife; Cemex, dueño de los Tigres; Grupo Orlegui, dueño del Santos y del Atlas; León, propiedad de Grupo Pachuca, con apoyo hasta tres días de Carlos Slim; Pumas de la UNAM, manejado por una asociación civil que le cobra a la UNAM por administrarlo. Y cuando se dice que le cobra, le cobra hasta el uso de la pantalla del estadio. El reportero Mauricio Romero publicaba en Aristegui Noticias que “de 2014 al primer semestre de 2019, la Universidad entregó a la asociación civil por lo menos 338 millones 908 mil 980 pesos, admite el Patronato Universitario por medio de la Dirección General de Finanzas”.


Tijuana es propiedad de la familia Hank, de origen mexiquense y propietaria de Banorte, entre otras minucias. Y los demás están en las mismas.

¿Qué pensarán los dueños de los equipos acerca de la afición furibunda? ¿Cómo se sientan a diseñar un campeonato en México, en donde también se vendan papitas y tortas de jamón y huevo? ¿No se sentirán ridículos los analistas de ESPN y de Fox cuando arman sus mesas inteligentísimas de expertos, que dado este escenario resultan voceros casi gratuitos de esas empresas?

Esas son cosas que jamás se sabrán y que no importan en realidad.

Tendría que haberse dicho de otra forma: hoy, el Toluca ha conseguido superar la emergencia pandémica y por eso ha cobrado la entrada a los primeros 8 mil aficionados que se sienten privilegiados por ser los primeros en asistir al estadio a pesar de todo. Ahí estaban, con sus caras de niños formados bajo la lluvia hasta que abrieran las taquillas. Un día antes, el solidario Toluca informaba que los abonos de la temporada no se harían efectivos y que quien los tuviera igual tendría que pagar su boleto. “Amigo, échame la mano”, parecía decirles a sus incondicionales, que una vez más destinaron su parte de dinero para un equipo que no los considera y que tampoco necesita que nadie pague para mantener a la plantilla.

Podría decirse: que la bola ruede un año después de la pandemia es ya un milagro. El milagro consiste en que estamos vivos y no somo parte de los casi 30 mil que murieron en el Estado de México. Y podría decirse: la bola rueda por fin y el estadio retumba con sus 8 mil 750 aficionados que lograron comprar un boleto para este juego de los octavos de final. Daba lo mismo el rival, porque esto, señores, esto es la celebración del balompié, del futbol que electriza y une a la familia.

Pero no, porque nada de eso es cierto, excepto que la bola rueda, que los únicos que perdieron con la pandemia fuimos nosotros porque alguien se nos murió, porque perdimos los empleos o la oportunidad de hacerlos crecer. Porque nuestro empleo no vale los 26.9 millones de euros que dicen que cuesta el Toluca y porque después del futbol -del que se jugaba en serio, como lo hacían los italianos a los que les decían que iban a la guerra como si jugara calcio y jugaban calcio como si estuvieran en un frente de batalla- lo único que queda es la calle desierta  de Felipe Villanueva, los portones de las casas que rechinan bajo la lluvia cuando el último auto de los futbolistas se ha marchado. Porque lo único que queda es la posibilidad de algo que muchas veces apenas es la comida diaria, lo justo para uno y nada más.

A un año de la pandemia, la alineación del Toluca para este encuentro de octavos de final de la Liguilla del verano del 2021 es la siguiente: García, López, Barbieri, Torres Nilo, Rigonato, Vázquez, Baeza, Sambueza, Castañeda, Estrada y Canelo. Otra vez: García Rigonato, Barbieri, Estrada. Una vez más: Vázquez, Baeza, Canelo. Pero no sucede nada. García ni Estrada ni Vázquez, ni Rigonato aparecen en la memoria inmediata, y aquí, del lado de la portería donde atajó Jean-Marie Paft contra los iraquíes, García calienta, se prepara para despejarse el frío, para quitárselo del corazón.

Cruz Azul va con Corona, Escobar, Aguilar, Domínguez, Rivero, Alvarado, Baca, Romo, Montoya, Angulo y Fernández.

La verdad es que está lloviendo leve, la verdad es que no armó el ambiente como se esperaba. Y la verdad es que falta una hora para el partido comience, dice el fotoperiodista Ramsés Mercado, quien hace 15 días retrató la violenta llegada del América a la Bombonera, las batucadas y a la noble afición agarrándose a trancazos porque así es y así será, con todas las ganas del mundo. La verdad es que hace mucho el futbol dejó de ser una revolución.


A cambio, un conejo vestido de azul, la botarga inmensa del Cruz Azul, se pasea entre ridícula y poderosa por la calle mojada de Morelos, frente a la taquilla de los palcos.

Qué emoción, después de un año, hacer girar esos trastos de fierro y entrarle de lleno al estadio, después de que, de todas formas, alguien tome la temperatura y ponga gel en las manos.

II

Y esta es la movida inicial. Mientras vuela la bola, las revoluciones pueden esperar.

Uno aprende fácil. Acá está el Canelo, goleador del equipo y aunque estará muy lejos de Saturnino Cardozo alguien deberá cuidarlo. Los que nunca se fueron son los anuncios, que le dan la vuelta a la cancha mojada. De una vez el Rubens Sambueza ha tomado el control de la media cancha, aunque apenas van dos minutos. Sí, se nota la motivación y los gritos de los 8 mil asistentes ya hacen una diferencia. Porque, después de todo, qué amargos son los partidos sin la gente.

Hasta los 8 minutos un tiro que el arquero García ha contenido bien comienza además a dibujarlo . García tiene una buena tarde, una buena tarde de 10 minutos que ya es suficiente para palomearlo. Este futbol es más físico cada vez. Los futbolistas son más altos y más fuertes, pero también menos hábiles, y por eso a Rigonato le han reventado la nariz, por ahí de los 15 minutos. Un tal Ortega entra en su lugar y muy pronto tendrá que tomar el liderazgo de la defensa, junto con Torres Nilo, a quien no hay manera de no conocer.

Pues sí, uno se acuerda de Zico, del Mundial de 1982 cuando todo era distinto y la pelota era redonda. En eso, en esos intermedios que tiene la vida, uno del Cruz Azul se planta frente al portero García pero es torpe y ni siquiera ha tirado. Alguien, por detrás, le quita el balón.

Toluca cero, Cruz Azul cero, mientras la lluvia y los silbidos se desgajan en la cancha.


Al lateral derecho del Toluca le dicen el Dedos y el que narra dice que “la profundidad en amplitud”. En esas está cuando el Dedos López manda un centro que la defensa del Cruz Azul no ha podido despejar. El Canelo, el centro delantero del Toluca, cae al césped y se marca penal.

Caray, qué triste es este nuevo futbol, y esa sensación resbala como el agua mientras el Canelo, a los 27 minutos, se para frente al portero de Cruz Azul y la cámara le toma su número en la espalda. Es el 25 y nadie en la historia del futbol ha destacado con el 25. Esa es la liviandad de los números, el desprecio por la historia de los dorsales. Pero Alexis Canelo se repone a todo y mete la bola por el centro. El portero Corona, desde que me acuerdo, se tira hacia la izquierda y hacia allá se fue.

Gol del Toluca, gol de Alexis Canelo

Hasta ahora el mejor de la cancha es el portero García, hasta que Fernández le hace un golazo, una cosa que parece hacer muy seguido, porque ahora los que comentan dicen que ha hecho anotaciones al estilo de Karate Kid.

Así las cosas, el primer tiempo y la luz se acaban. Los que hablan dicen que el partido está bueno pero yo digo que no, que un partido bueno sería el Brasil contra Italia en 1982, o la final del América contra Guadalajara en la final de 1984. Incluso la final del 2015 entre Pumas y Tigres fue un buen partido.

Pero este no.

“¡Dale, dale, dale, dale Rojo!”, gritan mientras en la tribuna de la Perra Brava, la gran porra que mantiene en el equipo y que se desnuda cada vez que su equipo mete un gol, no importa que aquí en esta ciudad la lluvia a veces sea granizo. Por fin, 50 minutos después, se cumple la mitad del partido.

Qué se hace en los 15 minutos de descanso, qué se hace a estas horas, con esta edad. Una chela nunca está fuera de lugar. En el muro de Facebook de VCV la noticia del fraude en la Universidad tiene 951 alcanzados. La de la apertura del estadio y el futbol, 18 mil 994.

Ahora comienza el segundo tiempo. Otros 45 minutos para ver algo que hace mucho me alejó del fut. Pero el Toluca tiene enfrente a quien lideró el torneo y también, creo, eliminó al León, el último campeón de México.

Canelo y Torres Nilo le ponen clase por unos minutos y es gracias a ellos que a los 49 minutos a Sambuenza le marcan un penal. La verdad es que se deja caer y nadie lo toca. En términos estrictos se trata de la trampa de un jugador de la cual alguien saca provecho, Es un roce, y no se ve a simple vista. Pero es penal y así hay que seguir jugando. Ahora Michael Estrada -así se llama- lo tira a la derecha del portero Corona, Desde que yo me acuerdo, el portero del Cruz Azul siempre se tira a su izquierda cuando le marcan un penalty. Estrada ha aparecido en el partido y ha hecho un gol que pone al Toluca en el camino de algo que puede ser un campanazo deportivo. Uno, de todas maneras, se pregunta cómo es que dos equipos como estos pueden estar en una fase final y cómo es que uno de ellos fue el mejor equipo de la temporada. Mientras eso, mientras lo otro, uno se entera de cosas: que hay algo que se llama manejo de partido y que por tal motivo las figuras más importantes del Cruz Azul no están en el campo. También uno se entera que la selección mexicana enfrentará a la poderos Islandia.

Ahora, el mejor del campo es Jorge Torres Nilo. Mientras, Cruz Azul hace sus cambios: Jonathan el Cabecita Rodríguez y Orbelín Pineda entran. Ahora la Máquina -ese es uno de los apodos del Cruz Azul- tiene cuadro de lujo. Pero las estrellas de la Máquina tardarán en entrar al ritmo. Cinco minutos, más o menos, que en el futbol es todo lo eterno y lo mundano. Y cuando transcurren, entonces los azules se van encima del Toluca.

La verdad es que el tal Orbelín es muy hábil. Y uno se pregunta, nuevamente, cómo le harán los narradores de la tele para aprenderse tanto nombre, tanta cara tan similar, tan lo mismo que otras. Ahora el Toluca está arrinconado en su área y el defensa Torres Nilo no puede meterle hielo al partido, como se dice. La Máquina ha entendido que el rival está entregado y el arquero García, que tiene la angustia reflejada en su cara de universitario, vuela de un palo a otro enfundado en su traje verde.

“Las castañas se traen la temperatura alta”, dice uno de los narradores, que indudablemente apenas es un hombre que habla. Se llama Paco, pero quién sabe cómo se apellida. De cualquier forma a los jugadores les falta. Por ejemplo, el Piojo Alvarado de Cruz Azul es capaz de jugar a mil por hora en un espacio de 15 metros y fallar en el pase final, lo cual parece ser la parte más fácil de una jugada.

Faltan 20 minutos y va a entrar Jorge Rodríguez, que lleva el número 124.

¿Y cómo es eso?  ¿En qué otro país hay otro jugador de futbol con el 124 en el primer equipo? Nadie lo sabe, menos Rubens Sambuenza, que a diferencia de Sinha, hace años, no ha aprendido a jugar sin moverse. En la última temporada que jugó Sinha -faltan ya 12 minutos- lo hizo parado, como un Buda silencioso al que le bastaba mover una pierna para dar un pase de gol. Aprendió a jugar en el silencio inverso del movimiento, a leer la conciencia de sus compañeros. Pero eso fue hace mucho, cuando Sambueza era un jovenazo y no tenía idea de que haría del Deportivo Toluca su zona de confort. El tiempo de juego ha terminado pero el árbitro ha dado 5 minutos de reposición. Grandes tragedias futboleras han sucedido en el tiempo de repuesto, pero aquí la tragedia se encuentra en el propio partido, en los comentarios de los narradores, en el altísimo despliegue atlético de los futbolistas y en el escaso futbol o cerebro que se necesita para jugar a esto y también a las damas chinas.  

Por fin el partido ha terminado.

Las nueve. Y todo al diablo.

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