Miguel Alvarado / Ramsés Mercado

Atlatlahuca, México; 11 de abril de 2021.

Costó mucho que se fueran, pero la verdad es que costó más que regresaran. Eran cuatro migrantes que se fueron al norte del país ta trabajar en la pizca de uva, pero el destino se les atravesó disfrazado de carretera, de autobús, de accidente, de fierros retorcidos y los detuvo de golpe, a ellos y a otros doce que iban en el mismo vehículo, cuando un autobús de pasajeros los embistió de frente. Además, 16 lesionados tuvieron que ser trasladados a diferentes hospitales.

Era su primer viaje y habían ido porque allá les pagarían bien. Por eso dejaron su pueblo, Atlatlahuca, un pueblo cerca de Tenango, en el valle de Toluca, y se embarcaron hacia Sonora. Pero sobre la carretera de Caborca hacia Sonoyta, a la altura del kilómetro 156, en aquella entidad, la camioneta en la que iban no pudo evitar un choque de frente contra un camión de transporte de personal de la mina Movimex. Eso sucedió el pasado 6 de abril y cuando los cuatro de Atlatlahuca fueron identificados, el pueblo entero se convulsionó de dolor.

Las familias de Adrián Popoca Bobadilla, de 20 años; de Luis Hernández Loyola, de 42; de José Antonio Mateo Rojas, de 20 y de Héctor Camacho Torres, de unos 26 o 27 años, no encontraron ningún consuelo cuando les dieron la noticia, y tampoco hallaron alivio cuando los trámites para regresarlos comenzaron. Aunque los ayudó el municipio de Tenango, la muerte hace a uno sentirse solo porque significa la ausencia para siempre de quien se ama. Por eso, para mitigar esa ausencia, el sepelio de los infortunados fue público y las familias se abrieron al pueblo, a sus raíces y ahí encontraron algo de la fortaleza que necesitaban. Y esa muerte que empequeñece se hace todavía más oscura cuando no hay manera de pagar lo que cuesta que uno se muera. Pero para eso el pueblo está ahí y respalda en lo que puede sin pedir nada a cambio. Gracias a eso, los cuerpos de los cuatro pudieron regresar y ser enterrados en el lugar donde nacieron.

Así, las cajas que al final serán sus casas para ellos las colocaron en las calles, afuera de los domicilios donde vivían porque ahí quienes fueron sus amigos los fueron a despedir. Cómo es la muerte distinta para todos, en pesos y medidas, en la cantidad de dolor o pasmo que se obtiene de eso, que sigue siendo el mayor de los misterios.

En uno de las casas cerraron la calle y pusieron un enlonado, y una lona con la frase de despedida, “¡Te queremos, Negro!”, le gritaban desde las palabras los amigos y los conocidos, que esperaban que funcionara como una luz o un avistamiento. El mensaje, pintado al estilo del graffiti.

La verdad es que los cuerpos iban llegando a la comunidad, porque a los familiares se los entregaron a las tres de la mañana. Por eso no hubo tiempo de un velorio más reposado. Además, pesaba la condición del tiempo que ya había transcurrido.

Y un chingo de banda, un chingo de compas gritándoles y tomando tragos como si los muertos estuvieran vivos se dejó caer para estar con ellos, para acobijarlos, como dicen en el sur.

-¡Cámaras, Negro!- le gritaban a uno de ellos mientras empuñaban las chelas y las botellas que esa hora parecían terminarse demasiado pronto.

No se pudo ir a la iglesia, para la despedida religiosa, y las familias decidieron que lo mejor era irse directo al panteón, donde una banda de viento tocó durante todo el tiempo que duró el entierro. Se pudieron atrás de todos, con sus tubas y trompetas a echar fanfarrias mientras la tierra, pues porque así era, se tragaba a los cuatro. Pero hasta sobre las bardas había gente y todas les decían adiós a su manera.

-Mi Negro, un camarada, el Barrio también. Héctor era el Barrio, así le pusimos cuando íbamos a jugar futbol- dice uno de los camaradas de los fallecidos, que acompaña a sus amigos en el panteón, bebiendo y escuchando la música de la banda.

Ahí estaba su compañero de la primaria. Hará 15 años que conoce al Barrio, desde que iban juntos a la escuela.

– Yo le decía: ¡Negro!, y él me respondía que no pusiera apodos. Él Negro y el Héctor se juntaban, eran uña y mugre. Por eso se fueron los dos camaradas, por eso está la banda aquí- dice uno de sus compas, y entonces se abalanza sobre la banda, que toca cerca de ahí y la llama a gritos, a chiflidos, con todos los brazos y todas las piernas que tiene ahora, después del alcohol. Se juntan entonces en la bola para sacarse la foto del recuerdo. El Barrio está en la boca de todos, Era el Barrio el que los hacía sentirse chingones porque a fin de cuentas ese Barrio se daba a querer con todos. A lo mejor por eso se le quedó ese apodo nomás a él, porque a veces se le llama así a toda la banda, nomás por no decir sus nombres.

De los que se van y no vuelven, o vuelven como los cuatro que se fueron a pizcar la uva, sólo quedan el barrio, los chiflidos que buscan al Negro, el silencio que se impone poco a poco, hasta que la banda y los del pueblo se van a sus casas, porque mañana la vida sigue.

Larga vida al Barrio, al Negro, a los que se fueron y no regresaron como eran.

Fotografía: Ramsés Mercado.

Deja un comentario