Marcos T. Águila y Jeffrey Bortz

Toluca, México; 15 de junio de 2020. Los Estados Unidos viven una quiebra moral, detrás de la muerte de George Floyd. Ninguna explosión social ocurre en el vacío. Se incuba por décadas. Los EU llevan la huella de su pecado original en el exterminio de las tribus indias nativas y la posterior importación de esclavos negros por cientos de miles para las plantaciones de algodón. El racismo formó parte de su identidad. Con la ventaja de contar con un territorio abundante en recursos, una mayoría de población industriosa de origen europeo y con habilidades técnicas, además de un estado “ligero” en comparación con Europa, la economía de EU creció a un ritmo acelerado todo el siglo XIX. Realizaron su propia Revolución Industrial y conquistaron mercados extranjeros en México y el Caribe. La Primera Guerra Mundial les permitió ampliar su hegemonía, que se afianzó durante la Segunda. Hacia 1945, los EU emergieron como la gran potencia triunfante en el panorama internacional. Era el imperio más rico y poderoso del mundo. Sin discusión. Sus rivales (Alemania y Japón, pero también Inglaterra y Francia) yacían postrados por el esfuerzo de la guerra en sus territorios y el viejo mundo colonial había quedado pasmado, fuera de la contienda. Su único contrincante posible era la Unión Soviética, cuya condición inmediata era la devastación económica y una enorme cuota de muertos (más de 20 millones) en el frente oriental alemán. Pocos años más adelante, el bloque soviético recibió el refuerzo de la enorme China, que completó la larga –larguísma- marcha con Mao al frente y conquistó el poder en 1949. Mucho más tarde, en la pequeña Cuba, un grupo nacionalista y antimperialista, acorralado por los EU, se sumaría al bloque soviético hacia 1960. El bloque entero, no obstante, se constituía de países económicamente atrasados o muy atrasados. El imperio estadounidense dominaba el panorama económico sin fracturas.

Así, la economía de EU creció a un ritmo sin precedente entre 1945 y 1973, lo que impulsó la emergencia de una numerosa y creciente clase media, abrumadoramente blanca. El boom estadounidense atrajo a millones de inmigrantes, particularmente desde el sur de su frontera. Aunque lentamente, millones de hombre y mujeres; y si no ellos, sus hijos, lucharon y alcanzaron el estatus de clases medias: el “sueño americano”. La minoría Afro-americana también progresó, sin embargo, el viejo racismo les impuso un estatus de ciudadanos de segunda clase, incluso en el auge, lo que generaría el movimiento por los derechos civiles de la población negra, un siglo después de la Guerra Civil. Entre tanto, inconforme con la rivalidad de la URSS y sus aliados, la clase dominante estadounidense confrontó al enemigo “comunista”, principalmente a través de la llamada Guerra Fría (que condenó a la URSS a realizar gastos militares que le restaban recursos para la economía de paz), y también una “guerra caliente”, soterrada, contra los simpatizantes del socialismo dentro de los países “aliados” (como en América Latina). En ambos frentes, frío y caliente, los éxitos superaron los fracasos. Eventualmente, la URSS se desintegró, Alemania Oriental se replegó a la Occidental, las repúblicas soviéticas se independizaron y occidentalizaron. Incluso tal fue el caso de Vietnam, victorioso en la guerra, pero doblegado por el mercado. Sólo la pequeña Cuba, con sus limitaciones y contradicciones, mantiene un tipo de socialismo preocupado por la igualdad. China, pragmática al fin, optó por una economía mixta. Se volcó hacia los valores del capitalismo, con la visión de tomar ventaja de dos de sus peculiaridades: la oferta masiva de mano de obra de bajo costo y una dirección estatal centralizada y firme. China abrazó al capital extranjero, de todas partes, y se transformó en el país sede de las manufacturas del mundo. Su estrategia tuvo un éxito económico rotundo. Hoy China casi alcanza el PIB de los EU y es su rival más poderoso. Disputa incluso su liderazgo tecnológico en ramas específicas, como la 5G.

El ciclo expansivo de 1945-1973 se detuvo abruptamente con el alza de los precios del petróleo impuesto por la OPEP, mas el problema de fondo no era tanto este precio, sino el declive progresivo de la rentabilidad en la economía occidental. Para reparar esta fatalidad del sistema, sin recurrir a una gran guerra (como la de 1939-1945), los EU recurrieron al recorte de sus costos, principalmente en los salarios, directos e indirectos. Mientras entre 1945 y 1973 los salarios en los EU subieron en forma rápida y consistente, de 1973 a la actualidad se han mantenido básicamente constantes, con algunos repuntes breves que se dirigieron a engrosar las ganancias brutas, mas no han logrado elevar la tasa de ganancia promedio, verdadero motor del sistema. En cuanto al recorte indirecto de los salarios, éste tiene qué ver con la reducción de los programas sociales administrados por los gobiernos estatales, bajo la “novedosa” filosofía neoliberal y anticomunista de Reagan y Thatcher, en campaña contra el estado. De la filosofía rooseveltiana no quedó sino el recuerdo. La austeridad neoliberal impide funcionar a programas ligados a la educación y salud públicas, que forman parte del salario indirecto. La excepción son los programas vinculados al ejército. Entre tanto, en política internacional, gobiernos republicanos y demócratas han aplicado la doctrina de choque, como la bautizó Naomi Klein, en países y fechas muy variadas, desde el Chile de Allende hasta la Guerra de Afganistán. La doctrina misma es expresión del declive del imperio. El recorte a los salarios reales, y la degradación del estado del bienestar (en el espacio donde fue más exitoso) a un estado neoliberal, se tradujo en una redistribución brutal del ingreso. Los ricos se han vuelto inmensamente más ricos, los pobres más pobres (especialmente las familias con menor educación), y las clases medias se han reducido y polarizado progresivamente, acorde con las condiciones generadas por las nuevas tecnologías que imperan en el espacio de trabajo. Las minorías, particularmente de negros y latinos, se mantuvieron en el sótano. La clase trabajadora blanca ha sufrido mucho también. Para muestra un botón basta. Anne Case y Angus Deaton, prestigiados economistas de Princeton (Deaton es premio Nobel) han mostrado en su más reciente libro, Deaths of dispair, cómo existe una correlación estrecha entre el número de muertes por suicidio, por abuso de drogas y por alcoholismo (un suicidio lento), con la falta de estudios de licenciatura completa. El estudio se centra, para sorpresa de muchos, en la población blanca. En el mismo libro se describe cómo el sistema de salud en los EU, siendo el más caro del mundo (representa casi el 18% del PIB), es mucho menos eficiente que el de otros países ricos.


El Obamacare se quedó corto y ha sido desmantelado progresivamente. Como efecto indirecto, la esperanza de vida en los EU ha dejado de crecer al ritmo de otros países europeos. Se encuentra ya cuatro años por detrás.

La élite estadounidense, mayoría en el Partido Republicano, afianzó desde la época de Reagan una política racista. A sabiendas de que los recortes al presupuesto les restaban votos, Trump dirigió sus baterías contra mexicanos y negros, acusándolos de ser la causa de los problemas de la clase trabajadora blanca. Trump le prometió a ésta el control de aquéllos. Les prometió también el muro, a cambio de su voto. Muchos legisladores republicanos recibieron el regalo de acceder al Congreso, donde votaron nada menos que por la reducción de impuestos para sí mismos, los más ricos. El presupuesto público y los programas sociales sufrieron las consecuencias, ya que en sus palabras eran un subsidio a los flojos.

Así las cosas, con un presupuesto recortado, cuando la pandemia golpeó en los EU, el gobierno federal simplemente carecía de fondos suficientes, de infraestructura e instituciones capaces para hacerle frente con firmeza. Trump apenas pudo… vociferar y tuitear. Culpar a China de todo mal. Se ha seguido, en los hechos, la estrategia de la inmunidad de rebaño: Dejar que mueran los que tengan que morir. Y ya van más de 100 mil muertos. Así como en 1973 los precios del petróleo dispararon una crisis global, el Covid ha disparado el desempleo a niveles impensables. Pasó de 6 a 40 millones de desempleados en 4 meses. ¡Uno de cada cuatro trabajadores ha solicitado apoyo del seguro al desempleo! La pandemia ha revelado el secreto que los poderosos procuran esconder: que la base de toda economía la constituyen hombres trabajando. El Congreso ha intervenido y el Tesoro ha impreso dinero para apoyar en parte a estas familias pero, sobre todo, al sector financiero. Es una medida de socorro temporal, mas no se ha planteado ningún programa de reformas hacia el sector salud o sobre la calidad de vida de los trabajadores de cualquier raza. 

Entonces, la policía de Minneapolis asesina a George Floyd, y la televisión y las redes sociales lo transmiten en vivo. La represión policiaca a los negros es antigua, pero el ataque, enmedio de la pandemia, resultó como gasolina al fuego.  La indignación y la protesta fueron masivas y espontáneas en decenas y decenas de ciudades. Un solo grito: Black Lifes Matter. Como era previsible, las manifestaciones fueron seguidas de represiones policiacas y de más violencia del lado rebelde. Las imágenes han recorrido el mundo. En Washington, una gota derramó el vaso. Trump llamó al ejército a controlar la situación, por la fuerza. La intervención militar viola la Constitución de los EU, como ha expresado el General James Mattis, respetado ex Jefe de la Marina.

Así, de la posición de poder y liderazgo absoluto alcanzada en 1945, los EU han caído en la condición de, si no un estado fallido, al menos de un estado en franca declinación, con una deuda moral, tras la represión policiaca. Se trata de un estado víctima de una austeridad auto-infligida, sin instituciones capaces de hacer frente a la peor crisis sanitaria de su historia, que enfrenta la más aguda crisis económica moderna y que optó por llamar al ejército para controlar las protestas de la parte más humillada de su pueblo. Esto último suele ocurrir con alguna regularidad en América Latina, más no en los EU. Roma no cayó en un día. Tampoco ocurrirá con los EU, pero es hora ya de anunciarlo: adiós al imperio estadounidense.

* Profesores de la Universidad Autónoma Metropolitana y de la Appalachian State University en Carolina del Norte. Este artículo apareció originalmente el 14 de junio de 2020 en el diario El Universal.

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