Miguel Alvarado

Tejupilco, México; 24 de noviembre de 2019. La niña acompaña a su abuela y las dos se sientan en el suelo, junto a las sillas donde otros esperan, en los 40 grados centígrados que hay, a que un político venga y les hable de esperanza. No se sabe por qué casi todos son ancianos que llevan en la mano su credencial de elector, la cual usarán luego para firmar pliegos contra la reforma energética. Pero también eso es una farsa, la firma y la reforma.

Esta es la tierra narca mexiquense, en el sur de la entidad, y enfrente está la Sierra de Nanchititla. Llegar al municipio de Luvianos -uno de los más violentos porque aquí los Zetas, los Pelones, los Marranos y la Familia Michoacana han sido los dueños, uno tras otro, uno por uno, de la atónita miseria de los que viven aquí, cuya tierra todo lo da- ha resultado fácil cuando uno va en medio de un pelotón de soldados que han abierto el paso con sus tanquetas para que a Andrés Manuel López Obrador no le pase nada. Un convoy va adelante, a unos dos kilómetros de la camioneta donde viaja el sempiterno candidato presidencial, quien recorrerá El Salitre, Luvianos, Tejupilco y Cuentla en San Simón de Guerrero para decirle a la gente, a los pocos que verá, que ya no pertenece al PRD, y que ellos tampoco pertenecen al PRD, porque ahora hay algo que se llama Morena, que es la casa de todos. Al final, en la cola de los autos que acompañan a Obrador, otro convoy de militares cuida la retaguardia. Esos, aunque uno trate de buscarlos, tampoco se verán porque todo es cerro y la carretera todo el tiempo es una curva, de esas que parecen serpientes.

 – Esta escolta que hacen los soldados no la conoce Obrador, no se lo dijeron porque no lo habría aceptado, está contra el ejército- dice Félix Santana, quien lleva en el maletero de su auto un armatoste que ya ensamblado resulta ser una especie de centro de afiliación -una mesa, como la ventanilla de un banco- para que la gente firme cosas y se inscriba con Morena. Santana hizo todo casi a mano, desde el diseño y los esquemas que luego repartió entre sus compas para que pudieran replicar aquello. Compró los materiales para elaborar algunas, que resultaron de ayuda para los que recorrían las comunidades, porque desde que empezaron y hasta que terminaron nunca tuvieron nada, ni siquiera un lápiz y todo lo que hicieron lo pagaron ello mismos porque estaban convencidos de que un día Obrador sería presidente y, entonces sí, todo cambiaría en el país y la suerte negra podría enderezarse, la suya, sobre todo.

Qué raro era verlos armar esas cosas, con los martillos que también habían llevado para meter los clavos en los trozos de plástico, madera y aluminio que también compraron.

– La idea es que se refunde México- dice Santana, quien para entonces no sabe que años después será el secretario de la Comisión de la Verdad por Ayotzinapa, mientras maneja en aquella inmensidad, medio optimista y convencido a medias de que algo se tendría que hacer, lo cual uno entiende aunque al mismo tiempo se desbarranque el lugar común.

– ¿Y si no se puede? ¿Si nunca se gana?

– Pues entonces habrá que buscar otros medios- responde.

– El único medio sería la lucha armada. ¿No? ¿No? ¿No?

Entonces, ya sin respuestas, apareció enfrente el primer letrero que anunciaba Luvianos, que estaría en algún lado entre el verdor de los cerros, que a veces parecían tan escarpados como el acento de un dolor que no se quita.

¿Qué es lo que miro mientras llegan las camionetas en convoy, se estacionan detrás y descienden los políticos anunciados, que son recibidos con una porra?

Pero por qué.

Qué es esto.

No cierres los ojos, todavía no.

II

Debajo del toldo o la lona se congrega la población indefensa de Luvianos, la que ya no puede decidir ni el pan o la marca de leche que quisieran. Las horas aquí se parecen a un desahucio, desparramadas en una plaza construida a fuerzas, metida con calzador entre la iglesia y un árbol titánico que en realidad es una ceiba muy antigua

no tan grande pero se siente como lo único real en esta bruma de sol y paciencia mexicanas

que invisibilizan el palacio municipal, cuyas puertas están atrancadas, custodiadas por policías vestidos de negro. Ni parece que haya tantos muertos pero sí, los hay, y sus sombras marcan el rostro de casi todos.

Esto es Luvianos, capital del narco que no tiene ni 30 cuadras de extensión. Así como así, la avenida principal es terrosa y desdentada y los niños andan en bicicleta como si no supieran de enfrentamientos. Hace cinco año eran los mismos rostros, los mismos juegos de canicas. Pero las calles eran diferentes. Estaban recién barridas y reflejaban el sol en la calma de las dos de la tarde mientras las casas ondeaban orgullosas sus banderas estrafalarias de equipos de futbol, como los Pumas y el América entre esculturas de pegasos y águilas rapaces. Y es que las casas de los narcos a los que les ha ido bien pueden distinguirse porque son grandes y estrambóticas, con entradas diseñadas para tráileres y camiones de carga que se estacionan o guardan en negocios inútiles de construcción en un pueblo de menos de 20 mil habitantes que prefiere estructuras de adobe por frescas y duraderas, a excepción de aquella alcaldía amarilla decididamente fea y un galerón que tal vez sea un mercado y que también está cerrado. Enfrente de ese mercado un guardia sostiene su metralleta mientras hábilmente escribe algo desde el celular, deshaciéndose en sonrisas.

A los narcos locales les ha ido bien pero ahora no están en el pueblo porque los buscan, o eso dicen. Los operativos de seguridad simulan que persigue para no incriminar más balaceras o muertos a destajo, y es que nadie quiere arriesgarse. Así que se van a la Sierra, a Nanchititla, a 10 kilómetros de Luvianos y viven en casitas de campo y cuando todo se pone peor las abandonan y buscan las cañadas, barrancos, las piedras grandes como techumbres y se meten debajo. La gente del pueblo les lleva comida y los atiende porque hay algunos que han recibido ayuda, aunque esos ayudados ya tengan sus propios muertos, ejecutados en bailes públicos o sacados de sus casas para meterles bala, coserlos a puñaladas y hasta quemarlos vivos.

En la espera por Obrador alguien traza una raya en su cuaderno. Desde aquí se ve: no dibuja al hombre tatuado en el cuello que entra a la tienda de enfrente, que compra un refresco y una bolsa de papas. Que luego se recarga en un pilar y se queda viendo como si a nadie mirara. No, no es así, ahora se mueve y mira mientras le tomo una foto cuando está moviéndose.

Hasta aquí todavía nadie buscaba muertos.

III

Las casas de los narcos están construidas para no habitarse pero diseñadas para la vigilancia. Todas tienen una torre, propia de un castillo medieval y ventanas en su circunferencia por donde se domina la región. Son mansiones de tres pisos o más y deben sobresalir, mostrar carácter, así que las pintan de verdes pistache porque las casas de los narcos parecen pasteles de cumpleaños, de quinceañeras, para compararlas con algo, o de azules claros que reflejan todavía más la intrincada psicología de quien nada tiene y un día amanece comprándolo todo. Y matan, pues es así. Deben matar entonces a destajo y encima proteger la espalda de otros que ni sus amigos son.

Que morirse valga la pena, aunque eso cómo lo sabemos.

Hay una razón formal, cargada de lógica inimputable que los obliga a meterse a ese negocio y que es el hambre o la pobreza de los suyos y la propia, aunque no todos fueron desafortunados, algunos ya nacieron en familias dedicadas al narcotráfico y lo trabajan incansables, en horarios de 9 a 5 con checador incluido y jornadas extras pagadas con cierta puntualidad. Luvianos es un pueblo migrante donde viven las mujeres en espera del marido o del novio que vendrá para diciembre, a veces cargado de regalos y siempre cargado de las ganas de su mujer, a quien deja después de unos días para regresar por donde vino. No todos vuelven porque allá se encuentran con otras familias y dicen que son más felices porque ganan más, eso ni duda cabe. Aquí las mujeres pueden vivir solas, pero no a todas les irá bien.

Las casas, ahora se dirá, guardan autos importados, desde porsches hasta ferraris que hace algunos meses todavía se enseñoreaban por las calles empedradas pero emparejadas para que puedan circular las máquinas bajas.

A las casas las deshabita la desgracia porque entonces por qué están deterioradas y calcinándose hasta de noche. En otras bardas, las de los pobladores nativos, se permite la pinta política y aparece el rostro del actual alcalde, José Benítez, trazado a la usanza del Ché, un altocontraste sobre fondo amarillo en el que la mirada del funcionario se pierde en la distancia. Amarillo del PRD, un partido proveniente de las guerrillas entregado hoy al proyecto totalitario de Enrique Peña Nieto. El alcalde Benítez es un sobreviviente porque hace un año, el primero de noviembre de 2012, libró cada una de las balas que le rociaron a la camioneta en la que viajaba, sobre la carretera que conduce al poblado de Acatitlán, no se sabe por qué. El secretario municipal, Gabriel Jiménez Tavira, que viajaba con él, no tuvo tanta suerte y fue herido aunque tampoco fue de consideración. Pero se sabe y no se sabe, porque en las elecciones que lo llevaron al poder de Luvianos, el perredista ganó apenas por una diferencia de 76 votos, lo cual le valió que su triunfo fuera impugnado por el PRI. Aquí, hablar de partidos políticos es hablar de cárteles porque uno y otro representan a narcos que patrocinan sin más las elecciones.

El alcalde Benítez no puede hablar, ni siquiera está, pero es mejor que no esté. Pues cuáles serían sus respuestas. ¿Es usted narco? ¿Trabaja para los narcos? ¿Los narcos pagan su nómina? ¿Lo obligan o son sus amigos?

IV

Los policías toman foto de todos y cada uno de los que están ahí. Un joven casi niño filma todo el tiempo con un celular o una cámara pequeña. En Luvianos el árbol de la placita hace sombra para los más cansados, que se paran debajo mientras comen raspados, toman refrescos. Los policías son altos pero no imponen aunque llevan las armas desenfundadas. Lo que más llama la atención no es la escopeta ni el AK-47, sino las cámaras fotográficas que usan, simios, en cada cara que se les atraviesa. Uno toma fotos y yo le tomo fotos al mismo tiempo. Ni siquiera nos miramos ni reconocemos nuestros gestos. Los dos reímos o sonreímos como una escena actuada y al mismo tiempo –es cierto, todo al mismo tiempo, sincronizados como si pudiéramos vivir dos veces- volteamos a decirle a alguien, al que está a nuestro lado. Hoy nadie disparará pero no venimos a eso, no habrá muertos cuando el calor es tan duro y apenas se puede sostener la cámara, que se queda sin batería.

Ella –la abuela- fuma un cigarro sin filtro y ella –la nieta- observa aburrida, como casi todos, la concentración. Todos estamos secos, cada quién cargando sus propias armas. Ellos sus pistolas, la cámara que semeja un misil y la anciana un cigarro y una niña, los ojos de una niña que sabe pero no, que detrás de nosotros, los sentados ahí, llenos de sombreros para el sol, hay algunos que ven de otra manera. Uno, alguien, se compra un pan, recargado en un pilar de los portales, se desabrocha la camisa, se ajusta la hebilla, se calza las botas y algo le dice al de junto –porque siempre hay alguien junto, y uno más después del primero, hasta que las palabras o las cosas llegan a donde tienen que ir- que masca un bolo seco, reblandecido y blando, al fin y al cabo masa que apenas se coció.

Ella -la niña- se irá de aquí y vivirá en Illinois o Carolina del Norte, adonde van los despatriados de Luvianos y será registrada como una estadística en cuanto envíe las remesas, tenga los hijos allá, desposeídos de la tierra que, aunque sangrante y jodida, es la tierra de uno. O se quede y también sea un número, la columna de alguien en un diario o ni siquiera eso sino lo que quieran que sea los dueños del pueblo, que hoy no están aquí y no verán a López Obrador.

La niña juega con el suéter y le dice a la abuela que qué están haciendo, mirando un estrado vacío, a dos metros del suelo. Todo está tan tranquilo que dan ganas de no regresar.

Uno sabe, o lo va a aprender, que el infierno es algo que se obtiene a trozos.

Y esto no es el infierno, todavía no.

V

Andrés Manuel López Obrador es un ex candidato presidencial que hasta 2018 lo había ganado todo, excepto las elecciones federales. Decíamos en ese entonces que nunca ganará cuando a su alrededor el poder presidencial le tejía historias de esquizofrenia y megalomanía que aún hoy la mitad del país considera posibles. Eso se pensaba, hasta que ganó porque el sistema -político, económico, y hasta moral- lo permitió, porque López Obrador siempre ha formado parte de él. Si fuera de otra manera, en un país como éste, ya estaría muerto.

Alguna vez él movilizó a la mitad de México porque perdió en esa oportunidad electoral por un margen de 0.56 por ciento de los votos contra la ultraderecha de Felipe Calderón, quien iniciaría en su mandato una guerra formal contra las drogas, que aparecía en su Plan Nacional de Desarrollo y que tuvoun costo de 60 mil muertos, hasta ahora unos 120 mil.

Obrador es de izquierda o eso pretende y su negocio es la política. Es liviano, de palabra fácil y voz fuerte para cuando se ocupa. ¿Cambiará después? ¿Hay alguna diferencia con el resto de los políticos? ¿Son solamente las ganas de que algo suceda, pero ya?

Cuatro capos de los cárteles del narcotráfico se han unido y formarán uno solo, que hará frente a los Templarios y la Familia Michoacana, jefes de jefes en las plazas del sur mexiquense y que han logrado transmutarse desde las piedras, los cerros y las cañadas que los escondieron al principio, en líderes sociales, alcaldes, políticos de poca monta pero muchas armas y, en fin, sombras, marchas fúnebres y todo eso que aquí, en El Salitre, en el municipio de Tlatlaya y primera parada de Obrador por la mañana, es lo que es, porque no se puede ir en contra de quienes mandan, aunque tengan el corazón entristecido.

Aquí la rabia tiene otra forma y es más lenta, como un río que a veces no tiene agua.

Está bien que llueva, que se sienta el frío.

VI

Este sur anfetamínico, cocainómano, mariguano no me deja en paz y aunque abre mis ojos también traba mis manos. ¿Qué quiero con este sur? ¿De verdad lo necesito y necesito saber de esa sangre y eso muertos y esas cosas que algunos me contaron gritando y otros también, desde el silencio?

Allí están Luvianos, Amatepec, Otzoloapan, Zacazonapan, Tlatlaya y Tejupilco, ninguno es el peor pero ni falta les hace. Esta es la frontera entre el Estado de México, Guerrero y Michoacán y se llama Triángulo de la Brecha. Hace cinco años era diferente, y hoy es lo mismo. Aquí está el país todo, volcándose encima para hacerse sangre.

Son las 4:19 de la noche y junto a la ventana pasa un arroyo pequeño pero inconmensurable.

Me levanto.

Este aquí se llama Otzoloapan y las cuijas cantan atoradas en los travesaños mientras comen escarabajos, algunos del tamaño de mi puño. Esto que parece niebla no halla acomodo en su propia, inútil metamorfosis, el otro lado de esta angustia que quiere decir la puerta abierta, los zapatos al pie de la cama, la ropa sucia, los cigarros que saben a todo lo podrido.

Los escarabajos juegan inmóviles en las vigas y las sombras los acunan para que nada los aprese.

¿Cómo se atraviesa este día, todavía sin luz?

VII

En otro tiempo daría la vuelta y volvería por la carretera que hace años transitaba descuidado, con el acelerador a fondo y desnudo de la cintura para arriba. Hoy en Tejupilco me encuentro a salvo, 21 años después, sentado en el jardín frente a la iglesia de altas escaleras que trepan viejas descalzas con una vela en las manos.

En la esquina venden hamburguesas, perritos calientes.

Los hombres, escabiados, terminaron el trabajo de la jornada por ahora y se sientan en las bancas nada más para mirar y acomodarse el sombrero, erizada su piel, arrugada en profundas rayas rabiosamente encarnadas.

Uno de ellos escupe su gargajo de plata y cuando exhala la caldera de su respiración, se tuerce el día, se espantan los pájaros. El esputo atraviesa medio metro y se desintegra, detenido en seco por el suelo abrasado, cubierto de hojas. Dios no está aquí, y no es que sobre o que haga falta.

(Y si le pido o le agradezco. Y si yo subo descalzo las escaleras de la iglesia).

Alguien arrulla un bebé.

No. No es la hora ni tampoco el día.

Tejupilco es una de las plazas tomadas por el narcotráfico desde hace años, en el Triángulo mexiquense de la Brecha. Los ancianos se reúnen en las esquinas del portal para jugar lotería en bancas improvisadas, sobre cartones milenarios, sudados y maltratados como las manos que los manipulan. Marcan las figuras con piedras equivalentes a pesos y el que gana, formando una línea, grita “¡lotería!”. Allí se descartan La Estrella, El Diablo, El Valiente, La Jícara, El Mundo.

El Soldado.

Desde hace mucho el soldado es una de las figuras más repetidas en los parajes de Tejupilco, municipio agrícola y comerciante que tuvo la suerte de establecerse en un lugar que lo tiene todo, encrucijada geográfica que lo mismo conduce a Toluca o que se interna todavía más al sur, en territorios más salvajes. Todavía se recuerda la visita de un secretario del Estado de México a Tejupilco, en el 2007, para leer discursos sobre prosperidad que se conocen al pie de la letra de aquí a Colombia. Las autoridades locales armaron un presídium frente al palacio donde aparecerían, a las 12 del día, junto a otros personajes como Zeferino Cabrera Mondragón, en ese entonces diputado local y quien siete años más tarde sería secuestrado por el cártel de los Guerreros Unidos. Ellos lo liberaron luego de pagar 2 millones de pesos, negociados después de que el rescate se tasara en 100 millones, unos 7 millones de dólares.

La suerte negra de Tejupilco indica que ese año, en el 2007, Zeferino Cabrera se sentaba junto al secretario aquel y, soporífero pero actor, navegaba de punta a punta en las líneas talladas por ayudantes de escritorio, talentosos y hasta empáticos con el poder. Zeferino debió fingir poco, pues la llegada de un convoy pondría las cosas en su lugar. El secretario, enviado de Enrique Peña, no perdió la compostura pero se le atragantó su vida inútil en un minuto. El discurso aquel, tachonado con enmendaduras de último minuto, se le cayó de las manos mientras observaba una fila india motorizada que se detenía a 15 metros de donde estaba. La corte de funcionarios se abrió, literalmente, mientras de una camioneta bajaba un hombre, joven de unos 24 años que encontraba en su cuerno de chivo la mejor de sus joyas.

– Y buenas tarde, señores –dijo el que se bajó- venimos a presentarnos nosotros, las verdaderas autoridades y a ponernos a las órdenes de los que vienen de Toluca para que nos conozcan.

Parado en el estribo de la camioneta, su voz sonó clara, sin rencores, incluso divertida. Pero esa no fue la percepción de Zeferino ni del resto de la comitiva que, pálida, observó sentada mientras el secretario estatal buscaba un punto de apoyo, la falsa ayuda del gobierno peñanietista, la cerveza prometida para el final la jornada que después no llegaba.

– Yo soy El Z-12 –siguió el hombre, quien, como el estereotipo dicta, gastaba casquete militar y un bigotillo que no terminaba de gustarle, que le restaba estatura a los 1.80 metros que, luego se supo, medía el líder de la plaza de Tejupilco y de otros cuatro estados del país. Chato, de anchas fosas nasales, lo cubría un chaleco negro antibalas y una barba de tres días que en aquel rostro apenas era veladura adolescente. Sus ojos, demasiado juntos, siempre despertaron sospechas pero también imponían, como sucedió en aquel ejercicio de poder improvisado.

– Yo soy el Z-12, encargado de Tejupilco y les damos la bienvenida a los señores secretarios, a quienes les decimos que estamos aquí pa’ trabajar juntos y lo que se les ofrezca –terminó Luis Reyes Enríquez, a quien lo identificaron algunos, pero en ese momento no dijeron nada. Capturado después, ese mismo año 2007, perteneció a los Zetas cuando eran brazo armado del Cártel del Golfo. Sargento del ejército primero y sicario después, a Reyes o el King se le hizo fácil echar un vistazo a los enviados de Peña. Luego de ofrecer, subió a su camioneta y se fue, seguido por otros seis vehículos. El acto se suspendió pero no lo del apoyo pa’ trabajar juntos, eso no, porque resultó demasiado tentador.

Eso, por hacer memoria.

– Pero eso fue una cosa chusca. Los que mandan ahora son los de laFamilia y sus sicarios, y los que trabajan con ellos son de esta región –dice el que bebe enfrente, mientras pide otra jarra de cerveza.

Todavía en el 2008 Tejupilco y algunos municipios de Guerrero, como Arcelia, se encontraban en disputa. Pero con la llegada de José Manzur a la jefatura de la PGR en la delegación mexiquense, las cosas se arreglaron a finales de ese mismo año, aunque todo tuvo un costo.

El delegado Manzur fue acusado de recibir sobornos de hasta un millón de pesos por parte de los cárteles de los Beltrán Leyva y la Familia Michoacana. El funcionario, hábil para hallar interlocución y un gerente para negociar sus pretensiones, era ambicioso y llevaba prisa, así que ofreció el mismo trato a los dos bandos, que según testigos protegidos se pagaron en efectivo. La trampa se descubrió después, cuando ya era tarde. Los reclamos no se hicieron esperar pero no hubo respuesta que contentara a ninguno. El cobro de los daños debió resarcirse a la antigua y José Manzur, medio-hermano del secretario de Gobierno del Edoméx que lleva el mismo nombre que él, fue separado de su cargo. Luego desapareció en las entrañas de esa dependencia o a causa de un levantón, dicen otras versiones, que no esperaron al 2016 para verlo pasear con sus guaruras, muy quitado de la pena en la plaza central del pueblo de El Oro, al norte del Estado de México.

Ese millón de pesos que pagaron por separado los cárteles sólo confirmó lo que ya se sabía. La policía y los sistemas gubernamentales están cooptados por el narco o, como ellos se hacen llamar, por el crimen organizado. El ex delegado Manzur siguió, nada más y nada menos, las reglas que se habían establecido tiempo atrás y de las que ningún funcionario de seguridad en el Estado de México ha conseguido librarse.

Aquí algo sobra pero falta el sol, más voces que pidan en la tienda de esa esquina de las loterías una botella de cerveza y se sienten a beberla en el parque de enfrente hasta que el calor baje y sople el frío.

Y luego se vayan.

Todos se vayan.

Pues para qué.

– Aquí manda la Familia –vuelve a decir el que bebe, y que vive en los límites de Tlatlaya y Guerrero.

VIII

Tampoco es así, que se llegue a Luvianos o Tejupilco para respirar un ambiente específico, lleno del miedo. Se puede andar, caminar como si nada aunque eso tampoco es del todo cierto. Luvianos representa todavía más tensión que otros pueblos del sur y después de las matanzas un terror líquido, el salvaje silencio o los ruidos amortiguados de los que no saben con quiénes están hablando se posan en las calles. Ni siquiera voltear es pertinente. Aquí se caminó, durante muchos días, con los ojos abajo y la furia en la piel. Luvianos es así. Es directo, casi franco y las cosas se resuelven de otra forma. Siempre salvaje, el sur mexiquense se volvió más cuando el narco tomó el control y se apersonó en forma de sicario en la vida cotidiana. La trastocó poco a poco hasta engullirla y vomitarla luego, ya mascada, en una paz de mentiras, impuesta a como dé lugar.

Aquí no hay falsos positivos.

– Aquí manda todavía la Familia, pero dentro de poco ya no, o no sé, no depende de ellos –dice en Tejupilco uno que bebe cerveza mientras se levanta y hace que busca un billete, antes de irse.

A’i la pagas, ni que fuera tanto.

Más allá, más lejos aunque ya no tanto, están las minas, el oro o el uranio que algunos no queremos. – Bueeeenas tardes, gracias por estar aquí… dice entonces López Obrador a la gente que lo ha esperado dos horas, a 40 grados, en la plaza de Luvianos.

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