Marco A. Rodríguez.
Toluca, México; 19 de enero de 2019. A lo largo de los años, la música ha sido voz de quien no la tiene, de la represión: la libertad marchita o arrebatada; un recurso para evidenciar fracturas sociales. No puede hablarse del rock sin pensar en Vietnam, ni del jazz ni del blues sin recordar a los esclavos africanos trabajando en campos de algodón mientras entonaban plegarias o memorias.

Ha sido cómplice y aliada de hippies, punks, skatos o trovadores, quienes no tendrían razón de ser si no estuvieran acompañados de esta expresión artística; sin embargo, han transcurrido diversas etapas de la historia para lograr la libertad con la que se crea e interpreta. En Europa, cuna de la música docta, existió por muchos años una barrera que impedía difundir el conocimiento musical, el cual era únicamente para la nobleza y supervisado por la iglesia que, en diversos episodios, definió la instrumentación que debía emplearse y su ejecución.

No es casualidad que la notación musical haya surgido de un himno a San Juan Bautista en el siglo viii. El “Ut queant laxis” da nombre a la notación musical del pentagrama (do, re, mi, fa, sol, la, si) y que se deriva de la primera sílaba del primer verso del mismo. Otras etapas de la historia han sido parteaguas de movimientos sociales y musicales como en 1939, cuando Eleanora Fagan Gouh, conocida en el mundo artístico como Billie Holiday, pronunciaba, acompañada de un piano seco y deseoso de tregua, cada frase de “Strange Fruit”, considerada por muchos la mejor canción de protesta de la historia.

En 1999, fue premiada por la revista Time como la mejor canción del siglo xx. La letra denuncia un caso de linchamiento a un miembro de Música: el derecho a la libertad 15 la raza negra en Norteamérica, ocurrido entre 1889 y 1940, época en la que mayor registro se tiene de este crimen. El padre de la cantante, según documentan medios especializados, murió por negligencia médica, pues ningún centro de salud quiso atenderlo por ser afroamericano.

Septiembre de 1973 es otra fecha que ha dejado huella en la historia de Latinoamérica y la violación a los derechos humanos. El 11 de ese mes fue asesinado el presidente chileno Salvador Allende, como consecuencia de un golpe de Estado orquestado por el general Augusto Pinochet. Ese mismo día Víctor Jara —trovador, profesor, director de teatro, simpatizante de Allende y autor también del himno de su campaña “Venceremos”— salió de su casa rumbo a una presentación en la Universidad Técnica del Estado (ute); sin embargo, jamás volvió, pues fue asesinado por al menos 44 detonaciones el 16 de septiembre de ese año por apoyar la candidatura de quien figuraba como símbolo de la oposición.

Jara fue y es, sin duda alguna, ícono de la canción de protesta en Chile y fuente de inspiración de nuevas generaciones musicales y sus ritmos como el ska y la trova, por ejemplo. Por décadas, el rocanrol se ha considerado por excelencia el género de la rebeldía y la protesta social. Tanto en Norteamérica como en Latinoamérica, pero principalmente en la primera, la cultura hippie de los años 60 tuvo un auge exponencial a través de músicos icónicos y subculturas que generaban, a su vez, comunidades que renegaban del nacionalismo y la guerra de Vietnam, mostrando su total rechazo a los valores tradicionales de la clase media estadounidense.

Coreando a los emblemáticos Doors con sus conductas empapadas de heroína al igual que a Janis Joplin con su voz rasposa, a Jimi Hendrix con su guitarra distorsionada, al cuarteto más famoso en la historia del rock: The Beatles o a Bob Dylan, por mencionar algunos, los jóvenes del momento se hacían notar en un ambiente con olor a mariguana. El movimiento hippie es, para muchos, la etapa en la que, acompañados de acordes psicodélicos, podían gritar un alto a las injusticias y las imposiciones político-sociales del tiempo; la época en la que se le abre la puerta al mundo laboral a la mujer, por lo que, inspirados en este contexto, hippies y no se pronunciaron a favor del amor, de la paz, la igualdad, la revolución sexual y su idea del amor libre, siendo preludio de un movimiento más político: el punk.

El punk tiene su apogeo en Europa a mediados de los 70 e inicios de los 80 con bandas de cochera o “garaje bands”; su nombre se debe a la clandestinidad de su música y a que sus ensayos eran improvisados por la necesidad y el gusto de hacer música, muy a pesar de su escueta preparación musical. De ahí surgen bandas como The Ramones, Dead Boys, The Clash, The Who, Sex Pistols y otros que, con música descuidada, simple, pero eso sí con mucha distorsión, se apoderaron de un público enérgico que buscaba ir contracorriente. Mediante la música, expresaron repudio total a las normas socioculturales del momento y los estereotipos del ciudadano “correcto”. Luchaban, desde su trinchera, contra la opresión social y cultural de los jóvenes, quienes, para entonces, se enfrentaban a una crisis económica muy marcada.

La historia musical a través de sus pasajes, infortunados y no, permite comprender su trascendencia e influencia en la vida social para, entonces, asumirla como valor humano, como un ejercicio de libertad creativa, como medio alternativo de comunicación, como grito contra la violencia, la represión, la tiranía y la crisis sociocultural. La música es un derecho y, más que eso, una necesidad; el medio, la voz y la razón de tantos para expresar pensamientos, ideas y sentimientos. Tal es su importancia que es considerada en tratados como la Declaración Universal de Derechos Humanos y en el artículo cuarto de la Carta Magna.

En sentido estricto, la música no es indispensable para vivir, pero también es cierto que sin ella la vida no sería la misma. Con sus limitantes, sus abusos y polémicas libertades creativas y discursivas, no siempre tan afortunada para unos ni importante para otros, la música es un derecho humano, el claro ejemplo de que, al menos en un vinilo, una bocina, un instrumento, un escenario o unos auriculares, ¡somos libres!

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