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Guadalajara, Jalisco; 27 de noviembre de 2023.

Lía Ramírez / Texto y fotos.

Frente a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara —pegadas en las rejas que impiden paso de peatones por lugares prohibidos— están las fichas de búsqueda de decenas de desaparecidos y desaparecidas; luego, casi en la entrada principal, mantas con el rostro de personas y con diversas consignas que exigen la aparición de los ausentes.

En México, más de 100 mil personas han sido reportadas como desaparecidas, más de las que caben en el Azteca, el estadio de futbol más grande del país; aun con el esfuerzo de imaginación, la cifra es abstracta hasta que se tiene ante sí las historias reales, hasta mirar los ojos de las madres, hermanas, hijas de los desaparecidos.

Lo de la desaparición resuena en la opinión pública desde hace muchos años, pero el acercamiento con las mujeres que buscan a sus hijas, a sus esposos o a sus hermanas ha sido siempre insuficiente al momento de intentar explicar las razones.

Aunque casi siempre son mujeres las que buscan, hoy, en la entrada de la FIL, en el intento de una vez más abordar el tema, es un hombre quien da la entrevista: Héctor Flores, fundador del colectivo de búsqueda Luz de Esperanza, desparecidos Jalisco.

Héctor viste una playera blanca con la foto de su hijo, él y otros integrantes del colectivo esperan el momento para entrar a la conferencia de prensa que darán en esta feria, “cónclave de la derecha”, como la ha nombrado el presidente Andrés Manuel López Obrador.

La información que ha dado Héctor y que se escribiría en este texto se guarda en la grabadora porque la intensidad de la situación se rebasa cuando, por la tarde, el Foro 1 del Hotel Barceló se abre para dar cabida a la actividad denominada “La desaparición de personas en México. Lucha, memoria y resistencia desde la sociedad civil”.

Los disparos de las cámaras de la prensa buscan capturar la imagen de las mujeres con playeras blancas y las fotos de sus desparecidos, antes del comienzo hablan sobre la fortaleza que Dios le habría dado a una de ellas, se consuelan mutuamente, en la primera fila las mujeres hacen un bloque, una especie de bloque de resistencia emocional.

En el foro se habla de una cifra de 121 mil desaparecidos hasta el pasado septiembre en todo el país y de más de 16 mil en Jalisco, con sólo 43 consignaciones. Se aborda la labor de búsqueda que hacen en el Semefo y de la aceptación de que a la mayoría de los desaparecidos los encuentran muertos.

Por turnos, investigadoras y representantes de colectivos coinciden en que las autoridades están coludidas con la delincuencia, en que la lucha es cada vez más difícil, en que los mecanismos implementados no funcionan, en que se requieren investigaciones reales y precisas.

Martha Leticia García, coordinadora del colectivo Entre Cielo y Tierra Jalisco, devuelve el rostro a las cifras y muestra la fotografía de su hijo, desaparecido desde hace seis años en esta entidad, pide a la audiencia que cierre los ojos y haga un esfuerzo de evocación hacia una persona querida, sus gestos, sus complicidades, sus particularidades: “su sonrisa, su mirada, su mueca distraída, sus bailes al cantar”, pide imaginar que al abrir los ojos la evocación ha desaparecido. El hijo de Martha, el desaparecido, ya no está, no lo mira, no puede ni bromear ni discutir con él, ni siquiera verlo de lejos: “nada, no sabemos nada de su destino […] desapareció, como un terrorífico acto de magia del peor espectáculo”.  Martha dice que no tiene más vida y que sólo sobrevive para buscarle, para hacerlo volver a casa.

Las participaciones continúan. “La enésima vez que el gobierno pierde el expediente”. “Aquí estamos”. “Los familiares de los desaparecidos son revictimizados”. “Las dificultades administrativas”, “no hay presupuesto para los vehículos frigoríficos que guardan los cuerpos”, “los murales son borrados”, “las fichas las arrancan casi inmediatamente después de las pegas”, “el gobierno quiere desaparecer a los desaparecidos”.

Ningún testimonio es tan fuerte como el de los integrantes de los colectivos, pero Héctor Flores invita a las mujeres a colocarse al frente: “díganme ustedes, mirando a la cara a los familiares de los desaparecidos ¿qué vamos a hacer? ¿Qué van a hacer ustedes que están sentados?”.

La rabia de Flores se traslada, dice que no debían existir los colectivos ni los desparecidos, que en México a nadie le importan, que el pinche gobierno es incompetente, que llama a la Unión Europea, comunidad invitada a la FIL de Guadalajara, a pronunciarse, pero en el salón no hay nadie de esa comunidad europea, sólo un silencio contenido, un niño de unos siete años cuya playera, en la espalda, dice “hasta encontrarte mamá” y un par de jóvenes que cuchichean y se ríen porque llegaron tarde.

No obstante, tras las doce participaciones, vendrán las poesías para los desaparecidos. En el salón también hay un aplauso prolongado para las mujeres, un par de gritos de no están solas, un grupo de investigadoras que intentan explicar el problema, un periodista que cubre cada actividad y, entre todos, la firme convicción de los familiares para visibilizar la situación y encontrar a sus hijas, hermanas, esposas vivas o muertas, sin herramientas oficiales pero con el amor como incentivo.

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