René Chargoy Guajardo/ Gaceta UNAM

Ciudad de México; 3 de julio de 2022.

Como parte de las actividades paralelas a la exposición Un Cauduro es un Cauduro del Colegio de San Ildefonso, el narrador, promotor y crítico musical Gerardo Kleinburg ofreció una conferencia en la que relató la incursión del reconocido artista visual mexicano en el mundo de la ópera, cuando participó en el montaje de Salomé, de Richard Strauss, a finales de los años 90 del siglo pasado.

Al inicio de la conferencia que tituló La ópera en Cauduro, Kleinburg leyó un texto suyo incluido en el libro que se editó con motivo de la exposición, en el que cuenta qué lo motivó a producir Salomé durante su gestión como director de la Ópera de Bellas Artes. Dijo que en él surgió una “peregrina idea”: ¿por qué no emular a su idolatrado Gerard Mortier, ese belga que revolucionó totalmente el Festival de Salzburgo? Fue entonces cuando planeó hacer una nueva producción con la propuesta visual de un artista plástico mexicano poderoso y en plena actividad. Pensó inmediatamente en Rafael Cauduro para que diseñara la escenografía y el vestuario.

Con esa idea primigenia lo invitó a que diseñara Salomé, proyecto en el que además sumaría al cineasta Arturo Ripstein como director de escena. “Cauduro aceptó la propuesta de inmediato, mucho más que entusiasmado. Fue cálido, directo y sonriente. En poco tiempo Rafael ya había aprehendido, así con h, a Salomé y la había hecho suya.


“No intentó acercar su obra pictórica a la hipersexual princesa de Judea y a esa suerte de basilisco esenio y sentencioso que es Juan el Bautista, sino que sus palabras, su discurso e ideas generaban en mí la ilusión de que Salomé siempre había sido un cuadro suyo, que era parte de su obra y simplemente ahora cobraría volumen, corporeidad, en ese escenario extremo y turbulento que es el operístico”.

Kleinburg consideró que lo que hizo Cauduro para la producción no era propiamente pintar. “Estaba narrando, tal y como lo ha hecho siempre en cada una de sus obras. Y en ese narrar a través de imágenes descansaba la gran virtud de su propuesta, y acaso la complejidad intrínseca para ensamblarla a la de Ripstein”.

Más adelante se refirió al estreno de la ópera: “El camino hacia ese 12 de septiembre de 1999 fue muchas cosas: la súbita concepción y maduración de una amistad familiar permanente; la retroalimentación entre un inmenso creador y un mundo entero al que nunca había ingresado; la posibilidad para mí de acceder a la cocina, al laboratorio visual de Cauduro; los malabares entre perturbadores e hilarantes que tuve que hacer para conciliar los mundos de ese pintor y de ese cineasta. Hablamos mucho de ópera, escuchamos muchas veces Salomé juntos, lo vi dibujar y comprobé sus facultades sobrenaturales para ello, percibí su seguridad absoluta y lo que era capaz de ver y hacernos ver; así como su curiosidad insaciable respecto de todo lo que desconocía: la mecánica teatral, la transformación de sus dibujos y bocetos en planos de construcción, y su metamorfosis final en corporeidad: la pintura escenográfica, la luminotecnia”.

Aclaró que el escenario no era del todo ajeno para el pintor, pues en 1977 había diseñado la escenografía del ballet Día de Muertos. “Cauduro entendió cabalmente en aquella ocasión que la danza precisaba de una propuesta visual, que era un espacio para el desplazamiento escenográfico… En su aproximación a Salomé, comprendió que su propuesta debería ser el espacio al que se integrarían cantantes, comparsas y bailarinas. El milagro había sucedido. El imaginario pictórico y la realidad plástica de Cauduro habían cobrado cuerpo, textura, luz, voz, música y carne a través de ese espectáculo sin límites que es la ópera”.

El autor del libro Hablemos de ópera presentó en video algunos fragmentos del montaje de la pieza. Por primera vez en 23 años se hacen públicos, y de los cuales comentó, destacando el trabajo artístico visual de Cauduro. Incluyó otro donde se apreciaban bocetos del vestuario.

Kleinburg reconoció el “involucramiento excesivo” de Cauduro con el proyecto. “Se acercó a éste con enorme humildad, entendiendo que no entendía el fenómeno operístico, sabiendo que no sabía cómo se diseñaba una ópera, y eso es una actitud de alguien profundamente inteligente”. Confesó que los diseños de Cauduro fueron la primera manzana de la discordia del proyecto, pues provocaron el primer choque frontal de trenes con Ripstein. “No reparé en si podían tener una concepción similar. Era muy complicado tratar de que el barco no se hundiera, donde teníamos a Rafael remando para un lado y Arturo lo hacía para el otro”. La ópera es por definición para Gerardo Kleinburg un conflicto, una anomalía y un milagro, en la que al final se impone el trabajo en equipo. En su opinión, la obra de Cauduro ya es operística y lo ha sido siempre, pues mantiene un carácter narrativo, abrupto, extremo. “Salomé estaba en su obra, no tuvo que acercarla a ella. Se hallaba en la condición femenina, los jodidos, el dolor humano, la violencia, el fanatismo, los submundos; pero también en la luz, la belleza y la esperanza”.

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