Brenda Cano: diseño. Miguel Alvarado: texto. Ramsés Mercado: Fotografía.

Huichochitlán, México; 2 de febrero de 2022.

La gente acude a la iglesia de San Cristóbal Huichochitlán. Y lleva en sus manos las figuras que han arreglado para que hoy sonrían, porque se trata de los Niños Dios, que salen de sus cajas o nichos dos veces al año, una en Navidad y otra ahora, cuando son presentados a la comunidad arropados con las mejores vestimentas. Porque no es lo mismo ser dios solamente, que además ser niño y milagroso, porque al niño se le piden cosas, los milagros cotidianos que necesitamos todos pero que sólo algunos pueden conseguir.

Si el niño concede, entonces debe honrársele, darle lo que haya y compartirlo con la gente, que al final entiende la diferencia entre una figura y uno mismo, un niño de carne y hueso, la enfermedad, la carencia, el agradecimiento. El Niño Dios es un depositario de algo amorfo que sin embargo tiene nombre porque ha encontrado cuerpo y espíritu y es capaz de mover a las comunidades. ¿Hacia dónde? Primero que nada, hacia allá, a las calles de San Cristóbal Huichochitlán, un pueblo otomí muy duro y muy castigado por su propio municipio porque lo ha hecho a un lado. A las autoridades de Toluca no les gusta la zona norte porque ahí sólo hay problemas y cuando un funcionario acude es porque se acercan las elecciones. Por eso la importancia del Niño Dios, porque no falla, pero si fallara, ya habría oportunidad para un nuevo intento y esta vez podría ser distinto. El Niño Dios habla y señala, se va con uno cuando alguien se encomienda a él y participa además de los tamales, del chocolate, de los atoles, de las tortas de tamal, d ellos bailes que se organizan en las calles y del fervor, que se desborda porque a veces es lo único que uno tiene.

Por eso hay que caminar ahí con respeto, con agradecimiento, con vigor pues siempre se camina hacia adelante.

Francisco Vicente Romero Velázquez vive en San Cristóbal y conoce muy bien la tradición del día de la Candelaria, que es el momento en el que la virgen María se purifica, se lleva al niño a la iglesia y terminan oficialmente las fiestas de la natividad.

Romero narra que los padrinos este día van por el Niño Dios a la casa en la que se encuentre y lo traen en procesión a la iglesia principal, al templo, como una acción de gracias para, con él presente, se celebre una misa. Al final hay una convivencia en la casa de los mayordomos, muy sencilla, para darle gracias a Dios y a los padrinos.

Esta ha sido una fiesta pasada por el enjuague mortal del coronavirus, que en Toluca ha dejado 2 mil 767 muertos oficiales, de acuerdo a la Secretaría de Salud federal, y que en los últimos días ha exhibido un rastro de enfermos tan grande como el de hace un año, aunque no tan mortal porque ahora el 47 por ciento de la población se encuentra vacunada. Pero las grandes colas en los laboratorios locales dicen que el ómicron está muy lejos de estar controlado. Ahí en la iglesia de San Cristóbal el atrio ha sido acondicionado para recibir a los fieles.

-De acuerdo a donde vivan los mayordomos de la iglesia, en donde viva el principal, ahí es donde se concentra la gente. Los mayordomos se escogen a través de una oración y de un sorteo, ponemos los nombres de los interesados en una tómbola y van saliendo quiénes serán. Ellos se encargan de organizar las festividades y cuidar de los templos.
En San Cristóbal hay siete barrios y en cada barrio se realiza una celebración, porque el pueblo es muy grande, así que cada barrio hace su propia fiesta.

Allí en el atrio de la iglesia la gente ha llegado con cazuelas de comida que humean en tanto se preparan quienes recorrerán ese barrio. Al menos cuatro ollas, pero grandes, gigantescas, son cuidadas por algunas ancianas que saben mejor que otros los secretos de esa ebullición de pollo para el mole. Enfrente otro grupo de mujeres atiende detrás de unas largas mesas donde están los bolillos, recién salidos y colocados en cestas tejidas de palma. Aquí se prepara la comida, se preparan las tortas. Y junto, ahí, la banda de música ha llegado y se ha enfundado en sus sacos amarillos, sus camisas negras, sus pantalones oscuros y ajustados. Es una banda de viento y percusiones que acompaña en algunas festividades a los santos y a las vírgenes. Se trata de la banda La Nevadora, proveniente de San Antonio Buenavista, otro pueblo de Toluca, que le canta a todo pulmón las Mañanitas a los primeros niños que ya han llegado al lugar y que muy serios, muy trajeados, encabezarán la procesión.

Adentro, en un salón de la curia, un grupo de mujeres se ha vestido de rosa, blanco y negro, y escuchan las palabras del sacerdote en tanto observan a los Niños Dios ahí sentados, que las miran a ellas fijamente, con sus manos rígidas y la mirada clavada en alguna parte porque esta parte de la ceremonia es muy seria, muy profunda. Hay que entender que la virgen se purifica este día y eso no es cosa fácil.

La procesión se detendrá en algunas casas y capillas. Ahí espera a los caminantes una tonelada de tamales y tortas que comerán gustosos mientras bailan y cantan, para reponer las fuerzas. Así será durante un rato y después vendrá el convite principal.

La caminata continúa y un par de jovencitos vestidos de blanco son los encargados de iniciar la marcha. Antes que ellos, sin embargo, van los mayordomos cargando pancartas y haciendo sonar una campana, la cual anuncia que viene el Niño Dios. Detrás de ellos, las mujeres vestidas de rosa van custodiando las espaldas de los niños mientras en las baquetas la gente se arremolina con las manos llenas de flores, de otros niños arropados. Si pudieran, se taparían las orejas para no escuchar tan fuerte a la banda y a los cuetes que se van lanzando.

La fiesta de los Niños Dios está muy lejos de perderse. Todos los años hay alguna cosa nueva que se incorpora a la tradición, que la apuntala de una u otra forma. Tienen razón los fieles: para comer tamales, primero hay que saludar al Niño Dios.

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