Karen Colín: diseño. Miguel Alvarado: texto.

Ciudad de México; 17 de enero de 2022.

El contagio por ómicron se parece una gripa muy seca, como si el efecto de un golpe envolviera al cuerpo y no lo abandonara, como si el cuerpo se quedara para siempre con la anestesia que significa recibir un impacto. Vacunado dos veces con la dosis de Pfizer, corroboro sin embargo lo que ya había visto y sufrido aquí en esta Redacción, con los familiares de mis compañeros, a muchos de los cuales la infección se los arrebató. Eso sucedió antes de que llegaran a México las vacunas y los enfermos luchaban como podían. Sucedió cuando un tanque de oxígeno en Toluca llegaba a costar 30 mil pesos o un concentrador hasta 150 mil pesos. Sucedió cuando se cerraron comercios y oficinas y cuando los hospitales públicos fueron rebasados. Pasó cuando un internamiento en un hospital privado costaba hasta un millón de pesos, que había de pagarse por adelantado. A ellos les tocó atravesar por una especie de zona medieval del coronavirus, que nos enseñó a todos de qué estábamos hechos cuando se trata de solidarizarse con el otro, que ha enfermado.

Hoy, con el 57 por ciento de la población mayor de 12 años vacunada, la del ómicron ha demostrado ser la enfermedad más contagiosa, y también mortal. Se salvan quienes decidieron vacunarse y aquellos cuyo organismo es más apto. Enfermo uno, dos en el caso de mi familia, la infección nos ha interrumpido la vida cotidiana y también nos impide hacer gran cosa. Las elementales, ir a la tienda, hacerse de víveres, entregar trabajos porque no tenemos salario fijo, se han convertido en una preocupación de primer orden que no se ha podido solucionar porque hasta este día el ómicron nos ha robado la fuerza física.

El ómicron llegó en forma de una pequeña carraspera que más o menos desaparecía tras tomar agrifen, pero luego se instaló de manera definitiva en el cuerpo de cada uno. Para confirmar la presencia de la enfermedad hay que hacerse una prueba que se llama PCR, y que tiene diferentes costos. En el Laboratorio del Chopo ese precio es de 2 mil 748 pesos, de acuerdo a su propia publicidad, aunque si uno hace el trámite de inscripción por internet, entonces ese costo baja hasta 2 mil 199 pesos. Los laboratorios de Salud Digna, uno de los que más denuncias y señalamientos presentan en Toluca, tiene sin embargo precios más accesibles. Una PCR en “tiempo real” sale en 950 pesos. Una prueba covid de antígenos, la cual se desaconseja porque es necesario hacerse otra para corroborarla, vale 260 pesos. Entre todo eso, el laboratorio también puede hacer estudios de anticuerpos por 245 pesos y ofrece un paquete de seguimiento integral por 505 pesos. Interdiagnostic, Laboratorios de Análisis Clínicos en Metepec, Estado de México, cobró, por dos pruebas de PCR, 3 mil 400 pesos. Entregó los resultados, uno positivo y otro negativo, 48 horas después del tiempo pactado para hacerlo y el lunes a las 3 de la tarde no habían entregado la factura correspondiente.

Enfermarse significa, para quien no tiene acceso a los servicios de salud, públicos o privados, que tendrá que curarse casi solo. Una familia de seis personas, por ejemplo, deberá pagar en un laboratorio como Interdiagnostic la cantidad de 10 mil 200 pesos para saber quién tiene coronavirus. Claro, los médicos recomiendan un solo examen porque se supone que si hay contagio, la familia entera estará infectada. Pero si el médico no lo advierte, la familia deberá esperar hasta 48 horas o más por conocer los resultados y después pelear por que le entreguen una factura. ¿Cómo puede una familia pagar una cantidad así?

Comprobada la infección, lo que sigue es peor. Una consulta médica, al menos la que nos tocó a nosotros, nos fue cobrado en 2 mil 400 pesos. No fue presencial, tampoco hubo una llamada por zoom y todo fue desde la conjetura. Uno no puede sino pensar en lo patético que resulta el ser humano en tiempos de crisis con sus semejantes. Esa consulta no valía ni 200 pesos pero la imposibilidad de salir a buscar, pues uno ya estaba aislado, obligó a aceptarla confiados también en el buen razonamiento del médico. No fue así. Después, la primera batería de medicinas costó otros 600 pesos. ¿Y si requiriéramos de otra consulta? Es claro que no la tomaremos con el mismo médico, pero los costos con otros deben ser más o menos los mismos. Hasta ahora, en este medio de comunicación, no hemos recibido un solo reconocimiento para doctores particulares que trabajaron desde ese ámbito en la pandemia. Pero sí cientos de agradecimientos al personal médico del sector público.

La salud en México, como la justicia y otras minucias, es para quien puede pagarlas.

Por eso, que el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador salga en sus espots diciendo que ha enfermado y que se ha curado con limón y vaporub ofende en lo más profundo a quienes no pueden pagar por un tratamiento privado ni ser atendidos por las razones que sean en los centros públicos. La imagen de AMLO con su pistolita de temperatura y su sonrisa inversa, torcida, hacia abajo, se refleja en esos 2 mil 400 pesos que un médico particular cobró, y que un laboratorio capitalizó como iniciador de un proceso de “curación”.

En 2020 y 2021 los infiernos de las salas de hospitales públicos revelaron la realidad de México, a la que no hay más que rascarle un poco para encontrarla en forma de un virus, de un narco, de un empresario abusivo, de un juez corrupto, de un asesino, de un funcionario sin la menor idea de que si se va aponer en los zapatos de otro, es para que se quede ahí y no salte a otros, a los que verdaderamente utiliza cuando la exposición pública termine.

Faltan decenas de contrastes: los salarios de cada uno, desde el mío hasta el del presidente. Los aumentos a los salarios mínimos que en millones de casos no aplican en lo más mínimo. El lugar en el que uno vive, la manera en la que se ejecuta el trabajo que uno hace, las cifras de muertos y contagiados hasta ayer, que indicaban que había 315 mil 109 defunciones estimadas en el país, que en el Edoméx hay 44 mil 954 muertos, 71 de las cuales han ocurrido en los últimos 17 días. Y que en Toluca, la capital mexiquense, hay 2 mil 750 muertos en una población que apenas alcanza el millón de habitantes.

Ahora me siento profundamente triste, aunque no hay una razón para estarlo porque cada día em encuentro mejor, aunque muy lentamente.

A veces, casi siempre, qué patético resulta ser funcionario público en esos niveles.

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