Bernardo Cruz Bello/ Fotos y texto/ Escuela Superior de Fotografía Lumière

Toluca, México; primero de agosto de 2021.

Cuando alguien que amas se va, al principio, muchas veces no cabes en el dolor que sientes: te falta el aire, las piernas no soportan tu peso, te desvaneces, la noticia de su partida te devasta, te deshace, te seca.

Los días posteriores parece que pasaran en cámara lenta; pierdes la cuenta de las horas y de los días. Duermes poco, o no duermes nada. Saludas, abrazas y atiendes a toda la gente que viene a verte, a darte el pésame, y a acompañarte. Como en automático, pero el vacío sigue ahí, te sientes mutilado, despojado, a la deriva.

Poco a poco, vas saliendo del entumecimiento que genera el impacto de la pérdida, y te vas incorporando a tu rutina: a veces todavía lloras, o te cuesta trabajo dormir por las noches, Las conversaciones que tenías con la familia de pronto se vuelven silencio; un dolor compartido que parece mirar fijamente la televisión, mientras esconde un nudo en la garganta que no se va en ningún momento del día.

El tiempo sigue su curso y sin darte cuenta, de pronto vuelves a sonreír, y a disfrutar cosas, películas, comidas, compañías, pero te sientes un poco culpable, porque piensas que la persona a quien amaste se merece que honres por más tiempo su memoria: que lleves su luto por más tiempo, y que todos tus pensamientos estén centrados en recordarle. Una pequeña voz te dice desde el fondo de tu mente que no tienes derecho a disfrutar de esta vida sin tu ser amado, que eres un egoísta por si quiera considerarlo, ya que a él/ella, le fue arrancada de repente la oportunidad de hacerlo.


Cada día se vuelve una negociación, un constante “darte permiso” de disfrutar, de -por momentos- dejar de pensarle, y no sentir que le has fallado, o has deshonrado su memoria por hacerlo, o que eres egoísta por tener momentos en los que te empiezas a sentir bien de nuevo.

Es entonces, cuando poco a poco, vas haciendo las paces con su recuerdo, empiezas a caber en el dolor que sientes y te permites estar “en el aquí, y en el ahora”, sabiendo y entendiendo que, al hacerlo, no estás transgrediendo a quien se fue, sino que puedes llevarle contigo, como una parte de ti, un “algo” que te constituye y que te hace ser quién eres.

De pronto, quien se fue se hace presente en algún comentario a la hora de la comida, o al abrir el closet y ver su ropa; al encontrar sus objetos personales en el librero, o cosas que dejó en los cajones del tocador, incluso al escuchar su música favorita en la radio; y tus ojos, antes vacíos y perdidos por el dolor de la despedida, se llenan de algo. Es como una luz, como una alegría extraña; la alegría de saber que, a pesar del dolor (con el que, para este punto, ya te has acostumbrado a vivir) le llevas siempre contigo, más allá del tiempo.

Fb @Bernardo Cruz Bello

Igm @cruzbellob

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