Miguel Alvarado

Toluca, México; 26 de julio de 2021.

A Mario Casarrubias Salgado no lo mataron sus enemigos ni las fuerzas de seguridad que lo enfrentaron cuando era el jefe de los Guerreros Unidos. Lo mató el coronavirus, o eso es lo que dicen las autoridades federales que lo trasladaron hace tres días al Hospital Central Militar de la Ciudad de México, desde el penal federal del Altiplano, en el Estado de México. El fallecimiento ha sido confirmado por autoridades federales, que precisaron que el 8 de julio Casarrubias fue trasladado desde el hospital López Mateos de Toluca a la instalación militar. Diabético e hipertenso, tuvo además un cuadro de coronavirus complicado por neumonía atípica, así como insuficiencia respiratoria aguda. El 21 de julio fue conectado a tubos porque oxigenaba al 72 por ciento. Finalmente, el 25 de julio de 2021 falleció a las 8:42, de un paro respiratorio derivado de covid-19.

Le decían El M o el Sapo Guapo y era temido y respetado primero porque había tenido la entereza de formar parte del cuerpo de seguridad que por un tiempo cuidó las espaldas de los hermanos Beltrán Leyva cuando andaban por acá, entre Morelos, Guerrero, el Estado de México y la capital, y después porque aprovechó que todo se había ido al diablo con sus patrones sanguinarios para formar su propio cártel o terminar de darle forma, según otros.

La cosa, como haya sido, es que Mario Casarrubias era uno de los fundadores de los Guerreros Unidos y abrió las puertas de esa organización para que sus hermanos la controlaran y por algún tiempo se proclamaran oscuros señores de Iguala, gobernantes sin trono de una región violenta y que lo es hoy más, después del levantamiento de los 43 normalistas de Ayotzinapa, el 26 de septiembre de 2014. Si alguien sabía lo que había pasado con los estudiantes era el Sapo Guapo, porque seguía en contacto con la organización que le dio todo, pero que también se lo quitó.

Mario Casarrubias padecía diabetes desde que fue ingresado al penal, después de que lo apresaron fácil los marinos en Toluca, cuando circulaba en un vehículo cargado de armas y drogas. Sin embargo, ya había abierto las rutas de distribución hacia Chicago, para las que usaba tráileres de fruta y después camiones de pasajeros, que llegaban full de mercancía a Estados Unidos.

Toluca y Metepec se convirtieron desde entonces en sedes operacionales alternas para los Casarrubias, e incluso les dieron asilo y cierta seguridad para controlar Iguala a distancia. Así, dos de los Casarrubias pudieron vivir en el número 8 del fraccionamiento La Joya, en Metepec, y planeaban poner negocios de autolavados, lo cual quería decir estaban repitiendo los esquemas de narco-control estructurados en Iguala, donde la banda de los Peques controlaban el narcomenudeo de la región desde un lavado, que convirtieron en oficina y hasta en escenario de ejecuciones por años.

El Sapo Guapo no estaba acusado de los hechos de Iguala porque su detención se registró en abril de 2014, cinco meses antes de la tragedia de Ayotzinapa, y fue acusado por delitos contra la salud, delincuencia organizada, portación de armas de uso exclusivo del ejército, homicidio, extorsión y secuestro.

Él no fue el único de los Casarrubias que enfermó de coronavirus porque también su hermano Ángel, el Mochomo, se contagió cuando lo ingresaron hace un año, de acuerdo a fuentes de la Comisión para la Verdad de Ayotzinapa.

II

En 2014 Mario Casarrubias se encontraba preso en Toluca pero no por eso había perdido el contacto con sus Guerreros Unidos. Habían sido detenido en la capital mexiquense durante un operativo encabezado por la Marina, el 30 de abril del 2014. Casarrubias había sido escolta de los Beltrán Leyva y trabajó algún tiempo en Chicago, donde halló la manera de encontrar protección de los norteamericanos para transportar droga en tráileres desde México. Era uno de los más importantes proveedores de heroína y había nacido con el don del convencimiento. Hasta un video circulaba en redes sociales que lo demostraba, por lo menos de dicho, porque desde allí un hombre llamado Carlos Campos Hernández, el Comando, vinculaba a funcionarios del Estado de México con el grupo de los Casarrubias. Entre algunos, mencionaba al ex alcalde de Ixtapan de la Sal, Ignacio Ávila Navarrete, a quien ubica como compadre de los capos.


Casarrubias todavía peleaba contra la Familia Michoacana en 2013 por el control del sur mexiquense y esa guerra se extendía desde Tejupilco hasta Iguala y Telolalpan, en Guerrero, e involucraba a municipios de Morelos y Michoacán.

Fue Mario Casarrubias quien consolidó el poder de los Guerreros Unidos y logró crear un corredor natural hacia el valle de México, un emporio capaz de pelear por el control de la Tierra Caliente a pesar de la oposición de Johnny Hurtado, el Mojarro, quien desde Arcelia, Guerrero, pelea todavía contra ellos, los Rojos y el ejército.

Al Sapo Guapo en 2017 le dieron 10 años de prisión, acusado de posesión de cocaína y de uso de armas exclusivas del ejército, pero no fue vinculado con el caso de los 43.

Después de la desaparición de los normalistas, una violencia inusitada se desató en Iguala. Primero fue sorda, soterrada porque la presencia de las fuerzas de seguridad y la atención constante de los medios de comunicación la inhibían. Pero desde el año pasado ejecuciones y desapariciones pasaron en esa ciudad a un nivel que no puede ser ignorado, y que integrantes de la propia Comisión para la Verdad de Ayotzinapa acepta. “Nada ha cambiado en la ciudad, excepto el nivel de violencia, que ahora es peor porque hay una campaña de “limpieza” contra quienes están relacionados con los hechos de la normal Isidro Burgos”, señalan.

Por lo menos desde mayo se registran ejecuciones diarias en Iguala, algunas de las cuales tiene que ver con las detenciones de capos y sicarios de los Guerreros Unidos, y con la participación de militares aquella noche, así como de policías de todos los niveles de gobierno. Iguala, con la muerte del Sapo Guapo, no se tranquilizará, pero tampoco el misterio de los 43 será resuelto en el corto plazo.

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