Miguel Alvarado/ Ramsés Mercado

Toluca, México; 22 de abril de 2021.

A Wendy Ricardo Sevilla la mataron sin que nadie supiera quién, el 22 de marzo de 2021. Su muerte conmovió al valle de Toluca y a Xonacatlán, sobre todo, el municipio de donde era originaria. Ella tenía 16 años y un novio, con quien había salido a dar la vuelta, en el centro de su comunidad. Pero el novio, un chico como ella, refiere que alguien le marcó a su celular y que después de eso Wendy decidió que iría con quien se había comunicado. Nadie sabe quién era ni qué le dijo a la niña para convencerla tan fácilmente.

Así que el novio regresó a la casa de Wendy solo, creyendo que la niña ya habría llegado, pero no era así. Lo único que encontró fue a la madre de la niña ansiosa primero, preocupada después y angustiada por último. Como nunca regresó, dieron aviso y luego la buscaron por su cuenta. Pero quienes la encontraron fueron unos vecinos, que los llamaron para decirles que había una niña flotando en un canal de aguas negras cercano, que tal vez se trataba de Wendy.

Era el 22 de marzo cuando los padres de la chica la reconocieron. Ella se encontraba todavía en el agua y la policía dijo después que había sido asesinada, que revisarían las cámaras y que en base a eso comenzarían a construir la investigación.


Hoy, un mes después, el caso de Wendy no se ha resuelto y se suma a los cientos que ocurren en el Estado de México, cuyas autoridades se empeñan en decir que no pasan de 50 y que de esos muy pocos son feminicidios.

Wendy, quien a sus 16 años se ha convertido en un símbolo como lo son también las niñas masacradas en la entidad, es parte de una salvaje oleada de asesinatos de mujeres en Xonacatlán y la zona boscosa de Jilotzingo y Villa Cuauhtémoc, la cual presenta además una inusual estadística de desaparecidos y ejecutados que coincide con la llegada de fraccionadoras y constructoras que arrasan los bosques de esa región, así como con la presencia de patrullaje de las fuerzas armadas, la operación de minas de arena y actividades ilegales de tala.

Hoy, a un mes, la familia de Wendy se reunión en el centro de Xonacatlán para recordar que su asesino sigue libre y su asesinato impune. Con pancartas y consignas, los primos de la niña se hicieron presentes. Incluso los muy niños llevaron en sus manos la voz de Wendy, que hoy es de papel pero sigue siendo potente. “No es tan rockstar agredir a las mujeres”, decía el letrero de un niño no mayor de diez años, que encabezaba a un grupo que cargaba una bandera de México pintada de morado, con la palabra “feminicidio” atravesada entre el blanco y el rojo, de modo que el águila parecía posarse sobre ella.

La foto de Wendy que le tomaron cuando cumplió 15 años volvió a ser mostrada y ella, enfundada en su vestido rojo, con la mano izquierda tocándose el rostro, lucía radiante, como la estrella que dice que ya es una de sus primas, tan grande como la cartulina en la que ha escrito el nombre de su familiar.   

Que la justicia en México favorezca a los asesinos y los bribones no puede discutirse pero sí combatirse. Ninguna más tiene por qué morir.

Fotografía: Ramsés Mercado.

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