Miguel Alvarado

Toluca, México; 6 de abril de 2021.

Ha sido un golpe que a Onésimo Cepeda Silva, obispo emérito de Ecatepec, lo bajaran el 5 de abril por la noche de la candidatura a diputado plurinominal por el distrito 21 de Ecatepec. Había sido postulado por la alianza Vamos por México apenas el fin de semana. El golpe, por supuesto, ha sido para él y para nadie más. La razón de su abandono es también el dinero, aderezado con el poder: prefirió dar un paso atrás en la carrera política emprendida “que perder el obispado” que tantas satisfacciones le dio. Así, su incursión en los comicios de 2021 duró un día y medio, pero ha dado más de qué hablar que el resto de los competidores juntos, de todos los partidos.

A Onésimo Cepeda Silva le sobraban razones para buscar el poder político, a los 84 años de edad. Una de ellas es que cuando se jubiló fue lo que más extrañó. Y es que desde su púlpito consiguió que por lo menos los feligreses lo respetaran desde el miedo, pero también que lo identificaran con la alharaca, la extravagancia y el dispendio. Porque la aprobación de la clase política y empresarial ya la tenía desde que fue fundador de Inbursa, junto con Carlos Slim. Como prueba de su incursión en los negocios consta su trabajo o su presencia en Banamex, en ICA y en Televisa, siempre dentro de los consejos consultivos.

La verdad es que las campañas electorales en el Estado de México siguen siendo una desgracia. Payasos y saltimbanquis son parte de la Tremenda Corte que algunos candidatos a diputaciones federales han armado, como Teresa Castell, quien de ser una aspirante independiente -sí, pero abrazada de Eruviel Ávila, de Alfredo del Mazo Maza- pasó de plano a representar al aquelarre que ya es la alianza Vamos por México, formada por el PRI, el PAN y el PRD, que ni así ganará, por lo que se pulsa, a su mitad siniestra, Morena y sus aliados. Castell, que confunde a Capultitlán, un pueblo de Toluca, con un municipio, es parte de la fiesta de brujas que se gastará 214 millones de pesos, repartidos entre 11 partidos, dice la reportera Claudia Hidalgo, quien precisa que “Morena tendrá 69.1 millones seguido del PRI, con 40.3 millones; PAN 29.5 millones y PRD, 17.9 millones de pesos, cada uno podrá sumar dinero privado sin rebasar el tope”.

Para Onésimo Cepeda, hoy obispo emérito o lo que es lo mismo, obispo en retiro, el dinero tampoco es lo de menos

La alianza Fuerza por México lo postuló para candidato a diputado local plurinominal por el distrito 21 de Ecatepec y cuando se supo, de inmediato se armó el escándalo. Que un impresentable como él tuviera oportunidad de acceder al poder era suficiente para eso, aunque no iba solo en esa lista de deslustrados que, sin embargo, reúnen todas las características de quienes gobiernan el país: ignorantes, ambiciosos, sumisos, sin ética ni compromiso social y con una gran disposición para ayudarse a sí mismos.

Onésimo tiene ahora 84 años y atrás quedaron los días en los que llegaba a la catedral de Toluca acompañado de edecanes que le abrían la puerta de su auto y le sostenían el paraguas para protegerse de los rayos del sol. Abrazado a sus cinturas, de sombrero al estilo de los gángsteres y con las gafas de sol colocadas como si se tratara de Luis Miguel, el obispo era partidario del montaje mediático desde entonces. Burda y cínica, esa representación resultaba lo mismo que su actor principal, que además se protegía entre las filas del Grupo Atlacomulco en las que estaban Enrique Peña, Arturo Montiel y Eruviel Ávila como su gran protegido.

Esta vez nada le salió bien. El 5 de abril de 2021 la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) emitía un comunicado oficial en el que se deslindaba de la decisión de Cepeda de participar en el proceso electoral. Sujeto a otra figura que se llama Derecho Canónico, y que es más bien la representación moral de algo que no se respeta, señalaba que “no consta que Mons. Cepeda haya pedido ni recibido el permiso prescrito por las leyes canónicas y después deja al Estado la decisión de permitirle participar en las elecciones”. En suma, el CEM decía que Onésimo seguía siendo cura y por eso no debía participar.


Después le llegaría también la amonestación del nuncio de México, en la que le hacía saber que podría perder sus privilegios, tan duramente ganados.

Una conferencia de prensa lo revela igual que siempre. Cepeda no había cambiado nada. “Ustedes se preguntarán que por qué acepto yo ser candidato. La primera porque quiero a México; y la fundamental porque estoy harto de tanto pendejo que gobierna y que se sienta en curules por todos lados. Yo creo que México merece algo mejor”, dijo el emérito hace unos días.

Después de eso, todo fue rumor. Si Cepeda ha desistido de participar puede considerarse una decisión extrema para alguien que ama el poder más que a Dios.

La amistad de Carlos Ahumada

Escándalos le sobran. En 2009 era citado el ministerio público en el Distrito Federal en calidad de indiciado, acusado de fraude por la cantidad de 130 millones de dólares, derivado de un préstamo que le hiciera a Olga Azcárraga Madero sobre una colección de pinturas y que tratara de cobrar después de su fallecimiento. En su comparecencia se negó a responder los cuestionamientos de la autoridad y se comprometió a hacerlo de manera escrita en enero del 2009. La comparecencia del obispo fue histórica pues nunca se había citado a un jerarca de la iglesia. Según abogados de la parte acusadora, Onésimo Cepeda había mandado decir al ministerio público que “a él se la persignaban, pues ya había hablado con el señor presidente de la república”. En otra arista, el empresario argentino Carlos Ahumada asegura que le entregó un millón de pesos en efectivo al obispo de Ecatepec, para que éste le comprara un coche del año a su madre y con el resto realizara obras piadosas.

Cuenta Ahumada en el libro Derecho de Réplica, que “con Onésimo compartimos muchísimas reuniones, desayunos, comidas y cenas. Dos de ellas fueron en casa de su madre, ubicada en Tlalpan. En una de ellas le entregué un millón de pesos en efectivo, que me había pedido argumentando que le quería comprar un coche del año a su madre y que el resto serviría como aportación a sus obras piadosas”. Dice Ahumada que entregó el dinero porque sería “un gran incentivo” para el obispo, quien intercedería “ante Dios Nuestro Señor” para el bienestar de él y de su familia.

Recuerda que el obispo de Ecatepec ofició la misa de primera comunión de sus dos hijos, Carlos Emiliano y Ana Lucía, el 11 de octubre de 2003, en la residencia particular del empresario, en San Ángel. Ahí, “Onésimo pidió para brindar, como era su costumbre, una botella de Petrus”.

Ahumada cuenta que a instancias de Onésimo tuvo que apoyar al candidato del PRI en Ecatepec, Eruviel Ávila. Lo mismo que al alcalde panista de Tlalnepantla, Ulises Ramírez.

El empresario señaló que en enero de 2003 intercedió para que el prelado y Rosario Robles, entonces dirigente del PRD, dejaran la “guerra” que estaban sosteniendo en la prensa. Ambos “hicieron las paces” durante una “larga cena en Au Pied de Cochon, un lujoso restaurante de la Ciudad de México. Onésimo siempre insistía en que quería hacer negocios conmigo”, narra Ahumada. Pero el obispo le advertía que de obtener alguna obra, “tendría que caerme con el diezmo correspondiente”.

Menciona las “varias tardes taurinas” que en Acapulco compartió con Onésimo Cepeda, y que “se prolongaban” en “cenas bohemias y hasta en amaneceres en ese bello puerto”.  

Sin embargo, Ahumada se lamenta porque Onésimo le dio la espalda cuando cayó preso y más necesitaba de su auxilio espiritual: “nunca aceptó la única petición que le hice cuando fui privado de mi libertad, en el sentido de que fuera a mi casa (el mismo domicilio donde se había celebrado la comunión) para que hablara con mis hijos y les infundiera un poco de paz, de tranquilidad y de fe”.

Sobre su amistad -“o como se le pueda calificar”- con el polémico obispo de Ecatepec, Ahumada concluye señalando que “una vez más me equivoqué”. Onésimo Cepeda, quien estuvo 17 años como obispo de Ecatepec y se retiró en 2012, también ha hecho gala de declaraciones insólitas y decía que “Jesús es el jefe y a él le hacen los mandados”, dijo durante la controversia que se generara por la construcción del aeropuerto en Texcoco y declaró que no importaba si había que matar 500 ejidatarios para hacerlo. Algunas de esas tierras las compró y después revendió, tal como lo hizo el grupo político de Higinio Martínez, líder del Grupo de Acción Política y militante poderoso de Morena hoy en día, a la Conagua, que las destinó al predio ciclópeo del aeropuerto. Que esa construcción se cayera por cancelación no importaba porque el negocio estaba hecho: con la venta de tierras era suficiente.

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