Fragmentos de Grieta, libro de relatos en proceso

Alonso Guzmán

Plaga II

“297. También hay unos árboles en las florestas que se llaman macpalxóchitl, en que se hace las flores que son a manera de mano con sus dedos, quiere decir flores dedos; tienen las hojas gruesas y muy ásperas: también este árbol se llama macpalxóchitl, porque sus flores son como la palma de la mano con sus dedos (y) toma nombre de la palma de los dedos”.

Libro XI, capítulo 7, “De toda clase de hierbas”, Códice Florentino, Fray Bernardino de Shagún

Plaga III

Las pequeñas manitas parece que acarician el aire del valle. Por ahí en la constitución de la grieta se apilan los árboles como una infección en el prepucio de la noche. Los huskies orinan determinantemente ahí, sobre la madera que se afianza a la tierra con furor mecánico. Orinan litros y litros de su crispada herrumbre. Al parecer, el antiguo Chiranthodendron penthadatylon, ¿quién pudiera asegurarlo?, se hibridaría con los orines de los huskies. Sea el malévolo plan de esos dioses enfadados que moran en la grieta; sea el transcurso de la evolución, sea un capricho o una maldición o una pesadilla.

Plaga IV

No se sabe quién de todos los ociosos de la ciudad inventó un mecanismo sencillísimo para moler las flores secas y fumarlas. En su afán, aquel pionero secó una a una cada especie de flor de la ciudad hasta que llegó al árbol de las manitas. Después de arrancar y secar bajo el sol abominable del valle las flores, cedían su humedad y se resecaban listas para ser molidas y fumadas por aquella máquina infernal, aunque, dicen los que han fumado esa barbaridad, las flores, secas ya, muertas ya, hacen con su mano vegetal una seña obscena que deleita a los adictos a tal placer.

Plaga VI

Lo cierto es que uno, cuando fuma las flores del árbol de las manitas, viaja en el tiempo. Han desaparecido miles de fumadores de manitas. Se han “quedado en el viaje” y no es para menos. Si uno fuma macpalxóchitl, su cuerpo se desvanece ante la mirada atónita de los demás. En minutos el cuerpo se encuentra en el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, respira el olor a flores, piedra y moho. Camina por sus enredados laberintos y, de frente, se inclina ante la dominante figura de Arnaldo de Bassacio. Poco más, entre los claroscuros, los fumadores pueden encontrarse con la voz metálica de Martín de la Cruz recitando en náhuatl el Libellus de Medicinabilus Indorum Herbis, mientras un atento indio, llamado Juan Bandiano, lo escribe en latín a toda prisa. Los que han regresado de ese momento subrayan la paz y el equilibro entre esa lengua y el espacio.

Plaga VII

Uno a uno comienza a crecer y el salpullido de sus dedos se movía con la pastosa solemnidad de la ciudad. De aquí para allá se agitaban sus manos inciertas, daban, al parecer, una dirección enloquecida que no terminaba en ninguna parte o en todas. Poco a poco el rojizo volumen de su flora trazó líneas sobre la grieta, desde el antiguo y clausurado barrio de San Cristóbal Huichotitlán hasta el macizo grano rocoso de Ciudad Universitaria. Todo lo que la grieta había devorado, fierro, láminas, ladrillos, convivía con su naturaleza dactilar y vegetal. En poco tiempo la ciudad y el valle se tiñeron de manos rojas que aplaudían la locura del aire. 

Plaga IX

Era el lenguaje de los vagos, el slang que derivó de dos épocas o eso se suponía. Fue curioso cómo los adictos a la macpalxóchitl se dieron cuenta de que la orina de los huskie era el elemento necesario y obligatorio para potencializar los efectos de la planta de la manita. Se le decía “churro axixyo” cuando se mojaba el cigarro de macpal en una orina vieja de huskie. Por otro lado, se le decía “porro axixa” a la forja de macpalxóchitl con orina fresca de huskie, esto es, cuando los adictos pagaban una buena cantidad de dinero para que un huskie les orinara sus porros. Pronto quedó claro que la orina de huskies hembras preñadas era aún más potente; sin embargo, su violenta negativa a vender su orina hizo que los adictos dedicaran su vida a anhelar dicha axixtli y que otros, más arrojados, perdieran la vida en el absurdo intento de hacer que una huskie preñada les orinara la mano.

Alonso Guzmán (Toluca, 1980). Es licenciado en Letras Latinoamericanas. Ha publicado libros de relatos, novelas y poesía. Coordina el taller de narrativa de Grafógrafxs.

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