Lucía María/ Periódico de Poesía

Ciudad de México; 18 de enero de 2021.

Presentamos a continuación algunos fragmentos del ensayo autobiográfico que acompaña, a manera de epílogo, al poema largo Delta de sol, de Lucía María, publicado recientemente por Dharma Books & Publishing.

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Delta de sol es un discurrir desde la voz de una mujer, un acercamiento desde el cuerpo femenino a las mismas preguntas que se planteó Octavio Paz en “Piedra de sol” , pero con otras respuestas y en este tiempo. Es una mujer-agua que seduce a la piedra-hombre hacia la vida. Porque si el hombre, como Ícaro, es el que intenta llegar al sol (exterior) celebrando su propia soledad y quemando sus alas en ese acercamiento al imposible fulgor del fuego, mientras se aleja del resto de la humanidad, las mujeres somos el agua susurrando el regreso a la vida (verdadera) y hacia el mantenimiento de ese fuego interior. Si el hombre penetra a la mujer, la piedra penetra en el agua; si la piedra penetra con fuerza, se templa gracias al agua; se suaviza en el agua, se transmuta, viaja y vive gracias al agua.

Mi contrapoema nació de la costilla del poema de Octavio Paz. Porque “Piedra de sol” iba a suceder como el poema del ser humano universal y libre; pero, como a todo hombre le pasa, y ahora también a toda mujer sometida al discurso del capitalismo pulverizador, se queda en el límite de la muerte, viviendo en la espera de la muerte, sintiendo ese miedo a morir, volviéndose piedra en sus últimos momentos de vida. Porque hombres y mujeres solo alcanzamos a sentir y a formar parte del todo a través del dolor, de ese mismo dolor que todos experimentamos, pero al ser lo único que se conoce y a lo que una persona está acostumbrada, se queda en el dolor y el sufrimiento hasta volverse piedra…

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Delta de sol vino como un deseo de impregnar, expandir, abarcar todas nuestras posibilidades como seres humanos, pensando en esa agua como un flujo cargado de sol. El inicio es un impulso hacia el amor, provocado por un ojo-agua, que se vuelve arrojo, río, mar, hasta ser un delta que se bifurca continuamente, compartiendo el amor, tomando la totalidad con sus aguas. El agua es creación, es vida; está más allá de la muerte, está en la continua transformación de lo que somos. Y si ya se ha dibujado la posibilidad de una grandeza individual, entonces toca difundir el agua de las posibilidades infinitas y hacernos sentir el poder de la creación.

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Hacia la mitad del trabajo de la segunda versión del poema, mientras lavaba mi ropa en los lavaderos del edificio adonde recientemente me había mudado, reconocí mis circunstancias tan distintas a las del hombre que creó “Piedra de sol”: en ese momento escuchaba, con los audífonos puestos, su charla en el Palacio de Minería por YouTube, donde aparecía Paz acompañado de Jorge Luis Borges y Salvador Elizondo. Y sin dejar de tallar la ropa (quizá hice una pausa), reconocí mi ignorancia, me di cuenta de que mi intento de poema era más una ilusión que una posibilidad real. Por primera vez cuestionaba de frente la hazaña: ¿cómo no había visto la complejidad de querer escribir un contrapoema que retara al poema de este hombre sentado en un sillón rojo, al centro del Palacio de Minería, conversando con Borges y Elizondo como si fuera un rey? Pensé en desistir, enojada por haber emprendido el intento, porque me sentía atada a continuar; me di cuenta de mi poca convicción de llevar el texto hacia un “final”. Mi mente, encasillada en una serie de solidificaciones del ser —como piedra, plantándose en palabras límite, asumiéndome, convenciéndome de rendirme—, me llevaba a reconocer que, más que creer que podía decir algo, tenía las bases para evidenciar que no había absolutamente nada que pudiera decir, y menos en la forma que había delineado el premio Nobel. Pero tallando esa piedra imaginaria, pensando y sintiendo lo que se siente al perder todo (pues yo había perdido casa, pareja, trabajo y sentido); convenciéndome de que entonces, verdaderamente y otra vez, no había nada que perder al hacerlo, seguí y volví a comenzar.

Es cierto que nací dentro de una familia que me lo dio todo. En mi primera casa en Mexicali, mi padre tenía una obsesión con el Quijote y los libros de Stephen King que, entre otros, estaban en un librero grande ubicado en la sala. De chica, no me acerqué a ese librero más que para leer mis cuentos de niña y mi versión infantil del Quijote, que estaban acomodados a la altura del piso, a mi alcance. Por otro lado, alguna vez mi madre, antes de que partiera a un campamento cuando tenía como doce años de edad, me regaló un cuaderno para que fuese mi diario y, desde entonces, también empecé a escribir como lo hace una niña. La pulsión me llevó de diario en diario, se volvió parte de mis días y de los años. Tempo después, durante mis estudios en la universidad, en Monterrey, comencé a leer con cierta obsesión y, a la par, a escribir una columna para un periódico de Mexicali. Más adelante me decidí a estudiar una maestría en apreciación y creación literaria, becada por mi abuelo hasta concluir. Durante ese par de años pude entregarme a leer y a escribir desenfrenadamente, y creí que iba a sostenerme así, sin otra supervivencia económica (confiaba en que algo mágico iba a pasar), hasta que —muy rápido, de hecho— se me acabaron esos días. Durante diez años intenté todas las combinaciones de una rutina de trabajo con la escritura, hasta que se me hizo imposible. Fui y vine a Mexicali tantas veces como me dictó el instinto, más que el sentido común; escribía sin parar y me avocaba a los textos más en forma durante los periodos libres entre trabajos. Pensaba que, con más tiempo, iba a escribir algo que me evidenciara que podía escribir; pero el tiempo, el dinero, la paciencia de mi familia y la credulidad de mis padres se terminaron antes de que pudiera terminar un libro con algún valor.

Terminé sin un peso, renuncié a mi trabajo en una agencia por una crisis de salud emocional y me refugié en casa de mi madre, pero yo sola (nadie vivía allí en esos años), con un muy moderado apoyo económico, mientras sobrevivía a la más rotunda y larga depresión que he vivido. Me di cuenta de cómo había avanzado la vida de las personas a mi alrededor, de cómo seguía cambiando y se volvía estable; mientras tanto, yo reconocía la marea interminable a la cual me había arrojado, yendo y viniendo sin alcanzar tierra firme, sin alcanzar nada. Creí que nunca más iba a salir de esa temporada (que no era en el infierno, pero casi); que no estaba hecha para una vida real de trabajo, de adulta, ni para una vida en la Ciudad de México; que no tenía la capacidad de combinar ambas necesidades —porque escribir y leer eran ya necesarios para mí, y esto es una desgracia: cualquier necesidad, tarde o temprano, se convierte en un ancla.

Volví a la Ciudad de México, convencida de que tenía un texto con el cual podía reivindicarme. Comencé a trabajar, de manera independiente, como correctora de estilo. Al poco tiempo de ver que mi texto no estaba a la altura de su publicación —había sido rechazado—, me di cuenta de que este último intento por vivir en la Ciudad de México empezaba, de nuevo, a desmoronarse y, en un arranque de ira surgido de la impotencia, tomé “Piedra de sol” y comencé a transcribirlo en un cuaderno, verso por verso, dejando un espacio para responder a cada uno de los que iba leyendo —para reaccionar con mi propia versión de lo que intuía o sentía en lo que iba leyendo—. Esta primera versión sucedió sin conteo de sílabas. Las emociones prevalecientes eran la angustia, la desesperación, la desolación y la rabia. El mensaje era, más bien, violento; por medio del sexo, el susodicho yo poético quería romper y deshacer a la piedra, pero en su totalidad. Nada de volverla más blanda, nada de intentar el diálogo: se trataba de romper, romper, romper hasta acabar con ella.

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Comencé a trabajar la segunda versión del texto, esta vez con mayor conciencia de la forma, además de que se me ocurrió la idea de proponer una serie de versos libres hacia el final del contrapoema a Paz.

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Las palabras son impulsos de vida (o de muerte) en el cuerpo. En mi caso, no creo ser yo la que escribe: son mis manos y mi voz como parte de un cuerpo esponja, alimentado con las sensaciones de alrededor y los paisajes, de las personas, de las palabras y las historias —y, sobre todo, con la capacidad del agua que emana desde dentro—. Con eso voy entregándome hacia algún tipo de expresión.

Cuando comencé el contrapoema sentía arder las manos, el cuerpo, la voz; incluso mi alrededor parecía consumirse. Fueron cayendo las estructuras de una batalla perdida contra la realidad. Con las manos vacías sentía que debía demostrarme que seguía viva, trascender el dolor, mi egoísmo y mi ignorancia, realizando una absurda hazaña de supervivencia. Fue un impulso, un largo impulso para sobrevivir la derrota que sentía. Así fue como se me ocurrió enfrentarme con una de las creaciones más conscientes del hombre alzado como el más impecable símbolo de la literatura en nuestro país hasta este momento. No lo pensé en un inicio; simplemente me senté, día tras día, a escribir una serie de versos que conversaran y discutieran con, le gritaran, susurraran o cantaran a, los versos de “Piedra de sol” —como sucede con el efecto dentro de un prisma, impregnando al cuerpo con reflejos de luz.

Lucía María / Mexicali, Baja California, 1983. Editora en Dharma Books + Publishing. Ha impartido clases de arte y literatura en diferentes instituciones, así como algunos talleres de creación. Ha publicado algunos textos en diversos medios como Tierra Adentro. Reside en la CDMX desde el 2010. Delta de sol es su primer libro.

Periodicodepoesia.unam.mx

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